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Aragón

Opinión

Halagos y apariencias

ACTUALIZADA 02/08/2020 A LAS 02:00
Halagos y apariencias
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La política requiere de una especial autocrítica, de la capacidad para reconocer los errores propios y de la fortaleza necesaria para enmendar el rumbo de los acontecimientos. Las estrategias de defensa de lo propio empequeñecen a quien las practica.

Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez está inmerso en un preocupado empeño por ofrecer una imagen de frenética ocupación y solvencia gestora ha trascendido que el Ministerio de Sanidad nunca contó con un comité de expertos para decidir los pasos de la desescalada del confinamiento. No lo asegura la oposición; lo confirma en respuesta al Defensor del Pueblo la directora de Salud Pública, Pilar Aparicio: "No existe ningún comité de expertos encargado de la evaluación de la situación sanitaria de las comunidades autónomas y que decida las provincias o territorios que pueden avanzar en el proceso de desescalada del confinamiento, puesto que la responsabilidad de la toma de decisiones corresponde al ministro de Sanidad".

Durante las semanas que duró la desescalada las decisiones vinieron supuestamente amparadas por un comité técnico -así lo comunicó Moncloa y así lo creímos todos- que otorgó credibilidad a un proceso especialmente delicado para las Comunidades. Según el ministro Salvador Illa, el Ejecutivo contó con un comité científico y un grupo multidisciplinar de expertos, coordinados estos últimos por la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, que ahora resulta que solo tenían un papel menor de asesoramiento. El asunto no es baladí porque la sospecha de que la arbitrariedad política formaba parte de las decisiones que concedían cada salto de fase llevó a la Comunidad de Madrid a presentar ante el Tribunal Supremo un recurso contra el Ministerio. Al parecer, el aval técnico y la apariencia de objetividad solo buscaban amparar las decisiones ministeriales y quitar presión sobre el director del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón.

Ignorar la intencionalidad en la comunicación lanzada desde Moncloa durante estos meses de pandemia resultaría tan complejo como negar la falta de pudor del presidente Pedro Sánchez ante los bien dispuestos aplausos de sus ministros a su regreso de la cumbre europea. Una facilona estrategia que causa un flaco favor al éxito de una negociación que bien podría haberse mostrado como un acierto colectivo. Halagos y parabienes que recortan los méritos personales al empequeñecer una figura presidencial que se muestra necesitada del reconocimiento mediático. Un refuerzo arquetípico de la figura del líder que el miércoles llevó a todo el grupo parlamentario socialista a sentarse en sus escaños del Congreso para mostrarse como la claque del presidente.

La mentira, la media verdad o la edulcorada escenografía de la defensa de los intereses partidista nos han llevado a un extraño lugar donde nada ocurre en la política nacional cuando los comités de sabios entran en una caja mágica que los hace desaparecer. Idéntica desolación que causa descubrir que el recuento diario de enfermos de esta segunda ola -negada por el Ministerio, pero que todos padecemos-, parece ser en un capricho estadístico con el que juegan algunas comunidades. Que Aragón traslade con limpieza sus datos, primera norma básica de la transparencia política y objetiva necesidad sanitaria para controlar una enfermedad que concede a cada brote la complejidad de un rastreo, se ha convertido en un lastre que además daña la imagen de marca de la Comunidad.

Esta profunda crisis sanitaria, que sigue matando personas y destruyendo trabajos y economías, no se gestiona desde la oportunidad que otorga la utilización caprichosa de los datos. Asumir y soportar el peso de la verdad, al igual que la aceptación de la crítica, es el mejor sistema para que los ciudadanos admitan solidariamente su responsabilidad.

miturbe@heraldo.es

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