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Marcelino Iglesias: "Bonansa estaba en un mundo lejano y aislado"

El que fuera presidente de la Diputación General de Aragón entre 1999 y 2011, entre otros cargos, repasa los episodios que más recuerda de su infancia y juventud en la localidad oscense.

Marcelino Iglesias en Bonansa, Huesca, en los años 50.
Marcelino Iglesias en Bonansa, Huesca, en los años 50.
Heraldo.es

¿Qué es lo primero que le hizo reír?

Nadie puede elegir ni el tiempo ni el lugar de su nacimiento. A mí me tocó en plena guerra fría. En España todavía era la época del racionamiento. Tuve suerte con mi familia de campesinos del Pirineo, gente humilde pero de gran dignidad. En esos años un batallón de presos políticos todavía estaba construyendo la carretera. No teníamos ni agua corriente, ni teléfono, ni coches, ni siquiera bicicletas. El horno no estaba para bollos.

¿Qué es lo primero que le hizo llorar?

En la escuela del pueblo estábamos todos revueltos alrededor de una estufa de leña donde se calentaba el agua para la leche en polvo de la ayuda americana. Hacíamos palotes en un pizarrín. Mis padres decidieron sacarme de allí y a los siete años me llevaron a los Escolapios, después a los Salesianos y luego al Seminario de Barbastro. Fui un alumno bastante mediocre con problemas de dislexia. En los internados lloré muchas noches.

¿Se sentía raro, especial?

Estuve un poco acomplejado. Los primeros años utilizaba expresiones del pueblo y eso provocaba chanzas de los compañeros y mucha inseguridad. El examen de ingreso de bachiller me pareció imposible. El castellano era un problema desde el principio. No digamos nada del latín, el griego o el francés.

¿Recibió algún castigo que le dejara huella?

Pasaron los años. Había superado los primeros problemas de adaptación. Fue cuando me expulsaron del seminario por desaparecer en una excursión en el valle de Benasque y marchar a Francia con unos compañeros. Cuando volvimos el rector echaba chispas. Fuimos unos irresponsables. Tenían más razón que un santo para echarnos.

¿Qué le gustaba hacer cuando no estudiaba?

Leer tebeos, jugar a las canicas y cuidar el árbol. Teníamos asignado un árbol en los patios que había que cavar y regar.

¿Cuál fue la calle de su infancia?

Un pueblo pequeño como el mío no tenía límites, no había coches ni demasiados peligros. Teníamos una sensación plena de libertad. En la plaza, la única zona plana, jugábamos al aro.

¿Qué es lo que más y lo que menos le gustaba de Bonansa?

Era una especie de Arcadia pero muy perdida y lejana. No había coche de línea. Cualquier desplazamiento suponía caminar casi una hora para coger un autobús destartalado.

¿Cuál es el episodio de su infancia que más le vuelve a la memoria?

El primer día que fui al cine Olimpia de Huesca. Y, también, cuando volvía a casa en vacaciones de Navidad después de tres meses de curso.

¿Echa de menos haber hecho algo en su infancia?

Creo que le saqué todo el partido posible a la formación fundamental que recibí de mi familia y de mis profesores. Con esos conocimientos afronté la vida con bastante dignidad, incluso en un mundo tan proceloso y competitivo como el de la política. Una de las asignaturas más útiles de aquellos cursos fue la urbanidad, que tiene mucho que ver con el civismo. Me sirvió mucho en mis actividades públicas. Mis padres me enseñaron que no debía olvidar nunca de dónde venía.

¿Tenía mucha conciencia política?

No. Los curas nunca nos hablaron de política, tampoco de Franco. No nos hicieron cantar himnos, ni pusieron banderas, no estudiamos formación del espíritu nacional, ni tuvimos retratos de Franco en las clases. Recordándolo ahora, tuvieron una actitud muy elegante.

¿Qué imagen tenía de Franco?

Alguien nos dijo que cuando muriera nos darían un mes de vacaciones y, como es natural, deseábamos que ocurriera cuanto antes. En casa tampoco me hablaron de Franco, ni para bien ni para mal.

¿Era muy religioso?

Mi familia me educó en sus creencias religiosas. Después llegó la omnipotencia de la juventud, los aires de libertad del 68 y la necesidad de buscarle explicación racional a todo. Con la mayoría de edad, me instalé en las dudas y en un incómodo agnosticismo.

¿De qué modo le hizo sufrir el sentido del pecado, de la muerte y la sensación de mala conciencia?

En los colegios de religiosos hacíamos cada mes el ejercicio de la buena muerte. Nos explicaban lo de aquel joven virtuoso que en el último minuto de la vida pecó y se condenó para toda la eternidad. No había nota media. Demasiado cruel.

El cine, los toros, el fútbol reinaban en aquella época. ¿Qué relación tenía con ellos?

Los toros me interesaban poco. El fútbol era lo único que veíamos en la tele. Si te portabas mal, el domingo no veías el partido. Nunca fui muy forofo. Prestaba más atención a las chicas de los anuncios del descanso. La primera película la vi en el Olimpia de Huesca: ‘Ben-Hur’. El Olimpia era lo más grande que había visto nunca: aquella enorme pantalla que desbordaba el escenario, el technicolor, el sonido estereofónico... fue una tarde inolvidable.

¿Qué libro le deslumbró?

En las veladas de invierno mi padre nos leía la novela de Julio Verne ‘Miguel Strogoff’. Aquellas aventuras me parecieron fascinantes.

¿Cuándo le empezó a preocupar la política?

A partir de los años 70. El entorno general, los compañeros. Algún viaje por Europa. Las socialdemocracias del norte me parecían el mejor modelo para nuestro país. En España se intuía un gran cambio político. Franco ya no aguantaba más; estaba desbordado por las ansias de libertad de la sociedad. El camino, sin duda, era: libertad, democracia, autonomía y Europa.

¿Ha habido alguna situación en la pandemia que le haya recordado su infancia?

Me ha recordado lo frágil que es la especie humana. Un minúsculo virus invisible de unas pocas micras ha conseguido parar el mundo. Ni las guerras convencionales, ni las mundiales, ni las bombas atómicas habían conseguido algo parecido.

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