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La lucha de los misioneros aragoneses: “En los países pobres una crisis sucede a otra”

Mozambique, Ecuador, el Chad, Bolivia o Zimbabue son solo algunos de los destinos en los que trabajan (y asumen riesgos) los más de 200 misioneros aragoneses repartidos por los cinco continentes. La actual pandemia dificulta e invisibiliza aún más su altruista labor.

Jesús Negro, con algunos chavales de Kinkonka, en el Congo.
Javier Negro, con algunos chavales de Kinkonka, en el Congo.
Heraldo.es

La controversia por el asesinato hace ahora un año de la misionera Inés Nieves en la República Centroafricana ha vuelto a poner de manifiesto el riesgo que corren muchos de los cooperantes con vocación religiosa en las áreas de conflicto del planeta. “Ser misionero es una opción de vida”, aseguran, al tiempo que dicen ser conscientes de los peligros que asumen aunque prioricen su labor comunitaria. En los últimos años el número de misioneros ha descendido, al igual que el de las vocaciones religiosas, pero aún hay más de 200 aragoneses ejerciendo labor pastoral, sobre todo, en América Latina y en África. En paralelo, ha habido un notable incremento de las organizaciones que se dedican a cuestiones de cooperación y de desarrollo del tercer mundo, si bien la de los misioneros suele ser una labor más perseverante: “Siempre se dicen que somos los primeros que llegan y los últimos que se marchan”, apuntan. Acaso por este compromiso que llevan hasta el final, la edad media de los misioneros españoles ronda los 70 años, aunque los hay de más de 90 que continúan en activo en zonas tan conflictivas como el Congo, Camerún, Zimbabue… Quizá el relevo en las misiones lo presten los llamados ‘misioneros laicos’, que mantienen lazos espirituales con la Iglesia aunque no sean consagrados.

El escolapio zaragozano Javier Negro tenía pensado regresar este verano al Congo pero sabe que no podrá hacerlo. “Todos los días hablo con mis compañeros por Whatsapp para ver cómo están las cosas. Tenemos dos misiones, una en Kikonka, que es una zona de selva, y otra en Kinshasa, la capital donde viven unos 12 millones de personas y el 90% de ellos lo hace en chabolas”, explica el misionero. Con este panorama es difícil hacer frente a una crisis sanitaria como la del covid19 y, a veces, es casi peor el problema que la enfermedad, pues desde que las autoridades decretaron el cierre de la ciudad está habiendo muchas dificultades para la entrada de alimentos. “Allí la gente muere de hambre o de otras enfermedades ya superadas en los países ricos, como un violento brote de sarampión, que en el Congo ha causado la muerte de 5.000 niños el último año”.

Este diagnóstico desolador se comparte en otros rincones del planeta, si bien en África el panorama es especialmente penoso. Misioneras aragoneses como Teresa Ríos llevan más de 40 años promoviendo la construcción de escuelas y pozos en países como el Congo, Camerún o el Chad, y agradece el compromiso de los zaragozanos cuando en Navidad se ponen a la venta los belenes de la Fundación Pueblos Hermanos, que sirven para financiar pizarras, pupitres y material escolar. Desde su misión de Cristo Jesús apuntan que funcionó muy bien una campaña con la que se donaba un euro por ladrillo (hasta 12.000 consiguieron) y que permitió levantar un centro escolar para 200 niños que antes tenía el aula bajo un árbol. “Antes venían niños que tenían que hacer hasta 15 kilómetros a pie para llegar a la escuela. Algunos venían sin comer y hasta se desmayaban. Les dábamos leche con azúcar, un plátano o unos cacahuetes para que se les pasaba", explica Ríos, admirada siempre por el ansia de aprender de los niños.

Ríos y una de las escuelas levantadas en Impuru, cerca de Kinshasa.
Teresa Ríos, en la construcción de una de las escuelas que se levantan en Impuru, cerca de Kinshasa.
Heraldo.es

A lo largo de su trayectoria Ríos se ha enfrentado a muy diversos conflictos y su última estancia en el Chad no ha sido precisamente un ocaso dorado. El país hace frontera con Camerún y Nigeria “y el gobierno es enemigo de Boko Haram, por lo que a veces hay represalias y los terroristas ponen bombas o, incluso, queman aldeas”.

En varios de los citados países la actual pandemia del coronavirus se considera “una enfermedad de blancos” porque, como recuerdan los cooperantes, “allí las crisis se suceden una tras otra y las epidemias también se van sumando”. “El ébola todavía está presente y las vacunas son insuficientes o cuesta hacer entender que son necesarias”, comentan.

A buena parte de los cooperantes laicos que recogen el testigo iniciado años atrás por sacerdotes y clérigos les sorprende el gran número de mujeres misioneras que abarcan distintos proyectos. Aunque el tópico de novelas y películas señala que el misionero es un hombre intrépido y avezado, son más las monjas que llegan a países exóticos para impulsar pequeñas infraestructuras o impartir formación educativa o sanitaria. Al mismo tiempo predican el Evangelio, pero “en el fondo se trata de ayudar a las comunidades, que es algo que ya está implícito en la religión”, afirman. “Allí no se va a convertir, se va a trabajar y a ayudar. La idea del misionero que va a rezar y evangelizar forma parte del siglo XIX”, explican.

A pesar de que en ocasiones por motivos de salud tengan que abandonar los proyectos, “un misionero nunca se jubila”, en opinión de Carmen Acín, que regresó a sus 85 años a Zaragoza tras más de 50 años en Mozambique, donde pasó tres guerras.

También Pilar Plaza, cooperante de Acción Solidaria Aragonesa (ASA) en Colombia, ha trabajado en zonas en las que no eran raros los enfrentamientos entre las guerrillas y los paramilitares. La zaragozana está a punto de cumplir 30 años en el país de García Márquez y lleva a cabo su labor social con la comisión Vida, Justicia y Paz de las diócesis de las regiones de Urabá y Chocó.

Pilotos voluntarios colombianos atraviesan el país con ayudas contra COVID-19
Voluntarios colombianos atraviesan el país hasta la zona selvática del Chocó con material sanitario.
Mauricio Duenas Castañeda

“Mi trabajo en esta crisis sanitaria se ha ralentizado. No es posible visitar las comunidades rurales y es necesario permanecer en aislamiento. Hay que conformarse con la comunicación vía teléfono donde hay señal, lo que es poco probable en la mayoría de la zona rural”, explica en referencia al coronavirus que ahora se hace fuerte en América latina. “En las ciudades, el 70% de las personas viven del trabajo informal y quedarse en casa supone no tener que comer al día siguiente. Las ayudas que les han llegado son muy insuficientes y en muchas ocasiones deben escoger entre evitar el contagio o no tener qué comer”, explica. “En el campo, el aislamiento supone que no pueden salir a vender sus productos y por consiguiente no tienen con que comprar aquellas cosas que no producen como jabón, aceite, sal...”, continúa. Apunta también que la pandemia ha puesto al descubierto aún más las brechas sociales porque las clases virtuales no las puede seguir quien no paga internet y “eso saca del sistema educativo los hijos de las familias mas vulnerables”. Más preocupa, no obstante, que por mucho que repitan que es clave lavarse las manos, “en mucho barrios marginales no hay agua, las viviendas son pequeñas y con un clima tropical es difícil confinarse en ellas”.

Plaza entiende que su trabajo y el de sus compañeros es totalmente vocacional y, de hecho, no lo considera una profesión sino un “estilo de vida”. Proyectos educativos, de atención a discapacitados y de formación de la mujer, como los que divulgó la oscense María Luz Guiral por Ecuador, son algunas de sus principales ocupaciones en Hispanoamérica, donde se concentra el mayor número de misioneros y cooperantes aragoneses. La atención a los presos en las cárceles es otra de las labores habituales, como dan testimonio el zaragozano Jorge Viejo en su estancia en Honduras y Mozambique o su compañero Germán Sánchez en Cochabamba, Bolivia.

Todos coinciden en que su labor ha de hacerlos inservibles, esto es, que su fin último es contribuir a que las comunidades funcionen solas sin la necesidad de su ayuda. De hecho, en un mundo ideal, con mecanismos internacionales de ayuda a la población necesitada, dicen que su esfuerzo no haría ninguna falta, pero el presente -y más con las nueva amenazas- dista mucho de ser un mundo de película.

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