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"De forma súbita, ha cambiado la forma de vivir y de morir"

Carlos Miguel Sánchez Polo es médico intensivista en el Hospital Clínico Lozano Blesa.

Coronavirus
Carlos Sánchez, en la puerta del Hospital Clínico.
Laura Uranga

Un domingo más, un domingo menos... Atrás quedó la ciudad silenciosa y fantasmal, los días en que la parada del autobús hablaba sola, esa voz grabada que anunciaba al vacío horarios y destinos. Continúan los aplausos y las cacerolas. Continúan también alerta en la uci. Allí los sanitarios lo exponen todo sin miedo a nada. Como Carlos Sánchez Polo, que ha regresado al frente de la enfermedad en el Hospital Clínico tras superar la covid-19.

Cambio de rol: de médico pasó a enfermo durante unos días.

En esta ocasión, estuve al otro lado. Ha sido una experiencia personal dura y, a la vez, el motivo de un agradecimiento enorme hacia mis compañeros.

Empecemos con la experiencia personal.

Comencé a sentir los síntomas que definen la enfermedad: tos, fiebre, agotamiento… El siguiente paso fue cuando saltó la fiebre alta. Me faltaba el aire y acudí al hospital. También recibí asistencia desde atención primaria. El trato, tanto en lo profesional como en lo humano, ha sido extraordinario.

¿Ha sentido miedo durante la enfermedad?

Mi mujer, que es psicóloga, también pasó la covid, aunque de forma algo más leve. Tenemos dos hijas, de 21 y 15 años. Evidentemente, teníamos miedo y preocupación porque nuestras hijas pudieran contagiarse en casa. Tomamos todas las medidas de aislamiento para que no se produjera el contagio.

Atravesamos un claro periodo de cambio en el comportamiento humano. El virus ha mutado. ¿Ha mutado también el ser humano?

Es irrebatible que, de forma súbita, ha cambiado la forma de vivir y de morir. Con el confinamiento y las medidas de protección, tenemos limitada la vida, la distancia, los hábitos… Igual que el coronavirus, la relación humana ha cambiado. Los hospitales también han cambiado para adaptarse a una enfermedad nueva y extraordinariamente contagiosa.

El reto era y es de envergadura…

Se trata de un reto sin precedentes. Afortunadamente, el pico ya pasó. Incluso, el viernes pasado salió de la uci el último enfermo con la covid-19, dato esperanzador. El hospital ha sabido responder dando cobertura a avalanchas humanas de una enfermedad que, insisto, ofrece la dificultad de su carácter novedoso y muy contagioso. Las 34 habitaciones de la uci aumentaron. Todo el personal sanitario se vuelca: desde el personal de la limpieza a celadores, médicos, enfermería… No se ha escatimado nada.

Usted en la uci ha vivido abundantes experiencias al borde del acantilado de la vida. ¿Los enfermos de la covid-19 utilizan las mismas palabras que el resto de enfermos críticos?

Generalmente, en la uci los enfermos están sedados. Cuando se les despierta o antes de ser sedados, hay que explicarles determinadas cosas… En cualquier caso, la covid es especialmente dura porque el enfermo está aislado cuando la padece. La información es facilitada a los familiares por vía telefónica. El distancimiento lo sufre tanto el enfermo como el familiar.

Durísimo el distanciamiento en el momento del dolor.

El distanciamiento social es básico para evitar el contagio, pero para la rehabilitación del enfermo es un factor positivo el acercamiento, y esto no se puede dar en la covid por motivos obvios.

Hablaba de evitar contagios: ¡póntela, pónsela!

La mascarilla es fundamental. Las medidas de profilaxis son esenciales. Hay que seguir las indicaciones de la OMS y de Sanidad. La comunidad científica está trabajando sin cesar en busca de la vacuna, pero la prevención continúa siendo decisiva.

¿Cuántos enfermos le esperan hoy en la uci?

Alrededor de diez. Hay que valorar en planta y Urgencias. Pero, como le digo, ni yo ni mis compañeros escatimamos nada. Igual ahora con la covid-19 que antes.

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