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en primera persona

Diario de un confinamiento: El señor Murphy de las mascarillas

Día 44. Unas veces se tiene suerte y otras, un niño amenaza con dar un recital de armónica bajo tu ventana

A combination photograph shows fashionable masks worn by people in Hong Kong to protect themselves against the Severe Acute Respiratory Syndrome (SARS) in this April 2, 2003 file photo. Residents of Hong Kong, always quick to spot a fashion trend, are turning to colourful surgical masks to beat the blues as a deadly virus stalks the territory. Facewear in psychedelic colours, bold prints and even polka dots are increasingly seen on the streets, in the subway and in offices as residents try to ease the daily strain of living behind a mask. REUTERS/Kin Cheung/Bobby Yip/Files [[[HA ARCHIVO]]] ODD HEALTH PNEUMONIA FASHION
Un combo de mascarillas (algunas de fantasía) para todos los gustos.
Heraldo

En el día 44 de aislamiento me entero de que la mascarilla que llevo usando desde el 15 de marzo es ‘no reutilizable’. Gracias míster Murphy. Por fortuna han sido muy escasos mi escarceos callejeros, pero ahora quisiera hacerme con una mascarilla buena, y cuqui, y unos guantes a juego, y una visera de esas que te cubren la cara. No me importa que sea opaca, chocaré contra árboles y farolas, pero me sentiré más seguro. Ojalá tener un fondo de armario de mascarillas como el del alcalde Azcón. Aquello debe ser como el baúl de la Piquer, pero con ‘sepis’ con motivos de honda raigambre aragonesa. Tras las del Real Zaragoza y el Casademont, espero sus mascarillas de Fluvi, o la castañuela de metacrilato de Berna, o la boda del Forano y la Forana… Alguna hecha en perlé, en media de garbanzo, también sería simpática, aunque dudo que efectiva.

Las mascarillas van a ser un ‘must’ este verano, aunque da pavor pensar es qué haremos en julio, con la asfixia de 43 grados, y la nariz y la boca a buen recaudo. Como las gorritas aquellas con hélice, llegarán la mascarilla con ventilador, al tiempo…

"Mamaaaá, ¿has bajado la armónica?", los gritos de un chaval bajo mi ventana me sacan de mi ensoñación. ¿La armónica? ¿Perdón? ¿Qué estamos, en Luisiana? ¿Y el acordeón? ¿Y una escalerita de aluminio para que suba la cabra? Los paseítos con los niños a veces son un circo. Veo con temor que la madre rebusca en su bolso y, señor Murphy, si la encuentra, le juro que esta vez me doy a la lejía. La mujer empieza a sacar adminículos como si fuera Mary Poppins: unas témperas, un bocadillo, ¡unos patines! Ay, madre, que igual saca la escalera y a la cabra Fortunata… Pero no, la armónica se ha quedado en casa. Supongo que la habrá confiscado algún vecino y la habrá arrojado al río para alborozo de los siluros. Es lo que yo hubiera hecho. Y no, no piensen que soy un monstruo, son mis cambios de humor con la pandemia. Ni que fuera yo Bin Laden. O lo que es lo mismo desde la perspectiva del Gobierno: ¡Ni que fuera yo un autónomo!

El espíritu del señor Murphy –que, por cierto, era ingeniero espacial y respondía al nombre de Edward Aloysius– me vuelve a visitar en la cola del súper, donde todos avanzan menos yo. Me resigno. Me resigno, incluso, a encontrarme con mi vecina (la de la Stasi) al volver a casa. Que ahora se quiere hacer youtuber. Pues muy bien, adelante. Teniendo en cuenta que ayer quiso hacerse selfis con el mando a distancia, creo que llegará lejos.

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