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Cuarentena en un crucero: "Hemos estado en una burbuja, en el fondo teníamos miedo de volver"

La zaragozana Pilar Aguelo acaba de regresar de una travesía de cinco semanas sin bajar del trasatlántico en el que estaba dando una vuelta al mundo que la pandemia interrumpió en Tasmania.

María Pilar Aguelo, en uno de sus últimos desembarques.
Pilar Aguelo, en la que sería su última bajada del Magnífica antes de un confinamiento en alta mar.
Heraldo.es

A mediados de marzo, mientras los españoles nos encerrábamos en casa para las que este lunes son ya seis semanas de confinamiento, la zaragozana Pilar Aguelo estaba en Tasmania. Aquella parada era una escala más de la vuelta al mundo en crucero siguiendo la ruta de Magallanes que, junto a su marido, Ángel, había comenzado en enero. Pero en Tasmania no pasaron del puerto. El estado australiano les prohibió la entrada y comenzó así para Pilar y Ángel un confinamiento muy especial: el que les ha tenido a bordo del barco Magnífica, de MSC, mes y medio, en una larga travesía con solo paradas técnicas, que les ha traído de los mares del sur a, finalmente, el puerto de Marsella. Un tiempo en el que han pasado por muy variados estados anímicos y en el que han podido comprobar que ni los océanos escapan a los efectos globales de la pandemia.

"La clave ha estado en la confianza que todos hemos tenido en el capitán", asegura Pilar. A su juicio, su actuación tanto en los primeros momentos de la pandemia como durante la larga travesía han sido claves para que hayan podido llegar sanos y salvos a casa. "En el momento en que empezó a extenderse el miedo al virus las autoridades portuarias empezaron a prohibirnos la entrada", recuerda Pilar. "Tras intentarlo en Tasmania, surgió la oportunidad de bajar en Australia. Hubo gente que lo hizo, pero el capitán nos advirtió de que el que bajara no podría volver a subir". Pilar y Ángel, junto al resto de españoles de un nave en el que viajaban 3.000 personas, decidieron permanecer a bordo. Ahora lo ven como un acierto. "No sabemos cómo hubiera sido ese viaje de vuelta desde Australia, de avión en avión. El capitán enseguida se dirigió a todo el pasaje. Nos dijo que a partir de ese momento el crucero acababa, que pasábamos a ser sus invitados, que el barco era nuestra casa y que él la iba a cuidar".

Así, la obsesión del capitán del Magnífica, Roberto Leotta, fue la de mantener el barco libre del virus.

Siempre se fondeaba lejos del puerto y los sunistros entraban en el barco con todas las precauciones. Hacia el final, ya ni eso, puesto que la idea fue ir agotando las existencias.

En su larga ruta hacia aguas mediterráneas, hacia casa, pero también hacia el epicentro del contagio, pasajeros y tripulación pasaron por sentimientos encontrados. Que ahora Pilar cree que se supieron manejar bien. "El capitán fue muy psicólogo. En todo momento nos mantuvieron entretenidos; la gente en general estuvo conformada con todo, el personal fue extremadamente amable...", relata Pilar. Pero también hubo momentos de congoja, sobre todo al principio. Y de tristeza, como la veces que se guardaron minutos de silencio por los fallecidos. "Hemos vivido como en una burbuja y a la vez nos llegaban noticias de España. Así que en el fondo, aunque suene mal, teníamos miedo de volver, pero luego te acordabas de la familia...". O cuando, a escasos días de llegar al Canal de Suez, se les advirtió de que atravesaban zona de piratas, lo que les obligó a renunciar a ciertas actividades de ocio nocturnas porque las luces del barco debían permanecer apagadas para no llamar la atención.

Para Pilar y sus ya amigos españoles del Magnífica el capitán "nos ha salvado la vida" y una tripulación que "ha hecho las mil y una para entretenernos". "¡Imagínate un motín a bordo!", dice.

Al llegar a Marsella, en un día muy lluvioso, decenas de autobuses esperaban a los pasajeros, que iban hacia diversos puntos de Europa: Alemana, Italia, la propia Francia o España. La tripulación, formada por trabajadores de medio mundo, se quedó en el barco.

"La llegada a la Junquera fue un 'shock'", describe Pilar. "Lloviendo a mares, sin actividad ninguna. Al llegar a Barcelona, las calles desiertas, pero, eso sí, todo el mundo amabilísimo".

De surcar los mares, a su casa de Zaragoza donde pasarán como el resto de paisanos, lo que quede de confinamiento.

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