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Aragón

en primera persona

Diario de un confinamiento: Los signos apocalípticos y el doble tic azul

Día 30. La paranoia crece por momentos cuando a uno se le funden dos bombillas de golpe. Las tinieblas y palmatorias no generan –precisamente– ideas muy luminosas

Parece romántico pero no les recuerdo que estoy confinado a solas.
Parece romántico pero no les recuerdo que estoy confinado a solas.
Heraldo

En esta sucesión de días apocalípticos que estamos viviendo, anteayer me ocurrió algo que fue signo ya del acabose más absoluto. Hablaba Trump por la tele, creía escuchar yo de fondo unos jinetes y, de pronto, ¡boom!, se me fundieron dos bombillas de vez.

Me quedé casi en tinieblas. Con la linterna del móvil me las apañé para desmontar dos pequeños tubitos halógenos que, ahora, vaya usted a saber cómo los repongo. Pensé que las ferreterías seguirían abiertas, pero las dos de mi barrio tienen un cartel sobre su persiana en el que ofrecen un número de teléfono "solo para emergencias".

Busqué por internet los comercios que abren durante el estado de alarma y yo, que soy de natural disperso, me entretuve leyendo un artículo que contaba que en California... ¡las tienda de cannabis son de primera necesidad! Allí el que no corre, vuela, y sin Red Bull ni nada.

Pensé en escribir una carta a los moradores de la Moncloa pidiendo que reabran de urgencia los bazares chinos, que –para mí– esos sí que son esenciales. Sospecho que Pedro y compañía estarán a otras cosas, así que rebusqué en los cajones esas ristras de velas de Ikea (24 por paquete) que uno compra de forma nerviosa y compulsiva imaginando que celebrará una Navidad nórdica algún año.

Al prenderlas tuve la sensación de que regresaba a las cavernas porque, además, para darle mayor patetismo, dado que me gusta un pelín el drama, me movía muy lentamente para no alterar la llama.

Iluminado como en ‘Like a prayer’ estaba yo cuando –no me pregunten por qué– me dio por consultar en un foro de exégetas cuáles son los signos previos a la apocalipsis. Los estudiosos repasaban hasta cuartetas de Nostradamus y a mí, con una palmatoria en la mano (también, menudo nombrecico) me entró un escalofrío.

Leí que habría tinieblas, como es mi caso, y que también nos asolarían plagas, pestes, virus y epidemias: doble tic azul. Vi que mencionaban una pequeña edad de hielo y corrí a chequear los témpanos de mi congelador para comprobarlo. Ay, madre. ¿Qué más? ¡La lucha de Satanás en cada uno de los cuerpos! Pues mira, tengo una contractura que ni envuelto en cintas de esas de colores se me pasa. También hablaban de algo llamado Némesis (leí entre líneas, era un texto largo) y caí en la cuenta de que Nessy es el nombre del perro de mi vecina.

No me hacían falta más pruebas, aunque ahí seguían debatiendo sobre asteroides, llamas solares y trompetas, que yo identifiqué con las recientes cornetas de Semana Santa… Mira, a todo sí, es el fin del mundo, ya está.

De pronto, llamaron a la puerta. El corazón me dio un respingo y me dispuse a entregarme al Maligno. Ah, no, que es el repartidor de Amazon con mis halógenos. "¿Le firmo?". "No, no hace falta. Que tenga un buen día". "Sí, si no es el último...".

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