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Aragón

La lucha contra la epidemia, vista desde la primera línea

HERALDO recorre el hospital Quirón de Zaragoza para conocer de primera mano cómo se combate la crisis. El complejo se ha dividido en dos para aislar a los contagiados.

De izquierda a derecha, las sanitarias Elena Marco, Vanesa Giménez y Patricia Carranza, en la uci del hospital Quirón.
De izquierda a derecha, las sanitarias Elena Marco, Vanesa Giménez y Patricia Carranza, en la uci del hospital Quirón.
José Miguel Marco

No tiene la misma presión asistencial que los centros públicos, pero desde que se declaró la pandemia ha atendido 173 urgencias de enfermos con síntomas compatibles con la enfermedad, de los cuales 72 han requerido su ingreso y 49 han dado positivo en la prueba PCR. Este jueves aún permanecían trece ingresados en planta y otros tres en la unidad de cuidados intensivos. HERALDO ha pasado una mañana en el hospital Quirón de Zaragoza para conocer de primera mano cómo se combate una crisis sanitaria, "el mayor reto" al que se ha enfrentado el jefe de Medicina Interna del centro, Francisco Mora, a sus 65 años.

Lo peor ha sido los dos fallecidos por la enfermedad, a los que se suman otros cuatro a los que se les detectó. Por contra, han salido por su propio pie 27 personas tras superar esta enfermedad que afecta a las vías respiratorias.

El equipo médico se preparó hace menos de un mes para la pandemia, lo que le llevó a ‘montar’ un hospital dentro de otro para atender a pacientes con Covid-19. Dos de las cuatro plantas se reservaron para posibles ingresos, aunque solo ha hecho falta ocupar una de ellas, y se dispuso de espacios propios de urgencias y cuidados intensivos para aislar a los pacientes afectados para minimizar al máximo los contagios.

No sacan pecho, pero los números confirman el éxito de una estricta sectorización del hospital. Solo ha habido tres positivos entre los 450 empleados del hospital y de las consultas de Quirón en la Floresta, tras descartarse dos casos con una prueba PCR. "Entre el personal asistencial no hay ninguno", señala el director gerente, Miguel Ángel Eguizabal.

Este experimentado gestor con título de médico señala que compartimentar el hospital fue "complicado y fácil al mismo tiempo", dado que ayudó la drástica reducción de pacientes. Si a diario se hacen unas 60 cirugías, ahora se limitan a una sexta parte. "El fin de semana que se anunció el estado de alarma, a mediados de marzo, llamamos a los 1.200 pacientes citados el lunes para saber qué les pasaba y a los que consideramos que se podía, les ofrecimos atenderles por teleconferencia. Y lo mismo hicimos en los días consecutivos para que no coincidieran en la sala de espera", recuerda.

La pauta desde entonces se repite como un reloj. Cualquier persona que acude al centro con síntomas de coronavirus se le entrega una mascarilla para evitar posibles contagios y debe desinfectarse las manos con gel hidroalcohólico en el punto de control de urgencias. Y ahí empieza un circuito hospitalario diferenciado que evitará que a lo largo de su estancia pueda cruzarse con otro paciente. De hecho, los afectados que requieren ingreso son trasladados en camilla o silla de ruedas y utilizan un ascensor propio.

El jefe de Urgencias, Julián Cremallet, y el director de Enfermería, Daniel de Roque, especifican que dos de los tres equipos del servicio, cada uno compuesto por un médico, una enfermera y un auxiliar, atienden pacientes con síntomas de coronavirus. "Y ha habido días en que todo el personal se ha dedicado a ellos", recuerda De Roque.

Derivación de la red pública

Todos los atendidos han sido clientes de las aseguradoras que trabajan con Quirón, a excepción de tres enfermos graves que se derivaron desde la red pública y que directamente fueron a la ucien lo peor de la crisis, entre los días 26 y 31 de marzo. Entonces, se llegaron a contabilizar 254 casos en una jornada en Aragón.

El pico en este hospital situado junto al Parque Grande se vivió el 1 de abril al llenarse una de las dos plantas reservadas para contagiados, dotada con 24 camas, y casi completarse su uci, con siete de sus ocho puestos ocupados. "Al principio venían con síntomas catarrales, pero conforme se extendió la enfermedad venía ya gente apurada, con saturación muy baja, neumonía y fiebre alta", detalla Julián Cremallet.

La planificación es fundamental y se intenta no dejar nada a la improvisación, para lo que los jefes de servicio se reúnen con la dirección a diario a las 9.30 en el área administrativa. En poco más de media hora repasan los asuntos y cada uno acude a su servicio.

Uno de ellos es el jefe de la uci, Jesús Cortés, que enseña con orgullo una unidad que cuenta con ocho boxes acristalados, controlada desde un puesto central iluminado con luz cenital. Todos van con el típico pijama sanitario porque trabajan, o más bien viven estos días, en la "zona limpia". Solo se enfundan en una doble piel (traje impermeable y bata superpuesta)y se protegen con calzas, guantes, doble mascarilla y máscara facial cuando deben tratar a los pacientes, ya sea para ponerlos boca abajo porque se complica su cuadro clínico o para someterlos a algún tratamiento, realizar una intubación o una aspiración. "Son los momentos en los que se generan más aerosoles y se requiere máxima protección", explica.

Máxima protección

El mismo material de protección utiliza el personal situado en una planta superior. Tres médicos internistas y 22 enfermeras y auxiliares se reparten en tres turnos para atender a los trece enfermos que permanecen ingresados. Si no fuera por el personal que lleva estos equipos en la denominada "zona sucia", nadie notaría la diferencia con las otras dos plantas que siguen tratando a pacientes oncológicos, a infartados o los que se han roto la cadera. Allí también han ingresado 75 parturientas desde el 1 de marzo, aunque ninguna contagiada. Si se diera el caso, como sí ha pasado en el Miguel Servet, hay dos salas de dilatación y dos paritorios reservados, como especifica el jefe de Ginecología, Fernando Colmenarejo, tras salir de una operación de mama.

Uno de los internistas, Álvaro Flamarique, coincide con Cortés en explicar que los avances en el tratamiento, fruto de la experiencia acumulada en China, Lombardía y España, está permitiendo reducir la gravedad de los casos. "Los antiinflamatorios estaban al principio contraindicados y su aplicación ahora en dosis altas junto a las eparinas de bajo peso han permitido reducir la gravedad de los casos", apuntan.

El jefe de Medicina Interna indica que, a diferencia del ébola, esta enfermedad contagiosa es asintomática hasta quince días, lo que dificulta su detección y, además, cuando se manifiesta, no provoca el mismo temor y respeto. "La esperanza es lograr un antiviral, que podría ser una realidad en dos o tres meses", apostilla.

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