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El coronavirus llega a la calle: "¿Nos damos dos besos o nos saludamos? Lo que prefieras"

El COVID-19 ha cambiado los usos y costumbres de muchos aragoneses. Mamás que alejan a la gente de sus bebés, jubilados que suspenden sus vacaciones... Las medidas de prevención son de lo más variado.

Heraldo TV ha salido a la calle para averiguar si los zaragozanos están tomando alguna medida de precaución frente al coronavirus.

Una trabajadora cambia de empleo en Zaragoza. Mesa por mesa, se acerca a dar la noticia a sus ya excompañeros y a despedirse de ellos. Pero cuando entra en la zona de posible contacto con cada uno, se detiene. “Bueno… ¿Nos damos dos besos o nos saludamos? Lo que prefieras”, plantea. “Si por ti no hay problema, por mí tampoco”, le contesta un compañero. Y allá que van esos dos besos. Otros, en cambio, se quedan con la opción del saludo a una prudencial distancia. Al final de la ronda por la oficina, “han sido mitad y mitad” los que han optado por una u otra opción, recuenta.

La situación es real y ejemplifica que el coronavirus está en Aragón. Ha llegado a sus calles, a sus casas y a sus pueblos. Y no solamente en forma de contagios. También ha impregnado las costumbres del día a día en el trabajo, en el autobús, en las iglesias o en el tractor. El estadio de esta infección social depende, fundamentalmente, del grado de concienciación (o de aprensión) de cada uno.

Cuando uno piensa en aglomeraciones en Zaragoza, se va al tranvía. Allí, como en los autobuses urbanos, el Ayuntamiento ha ordenado desinfectar el interior de los convoyes todos los días. Pese a ello, cuando hay apreturas a bordo, quien más quien menos piensa en el coronavirus. Y más si alguien estornuda. “Yo veo que cuando alguien tose o estornuda la gente alrededor se alarma”, cuenta María Aznar, estudiante de periodismo en el campus de San Francisco de Zaragoza.

En la Universidad no se han adoptado medidas especiales para los estudiantes, al menos a nivel general. Las que se toman van por cuenta y riesgo de cada uno. Jaime Redondo, estudiante de Nutrición en Huesca, señala que en su familia se toma el coronavirus “como si fuera algo espantoso o terrorífico”. “No tenemos contacto físico, mantenemos las distancias y no damos la mano a desconocidos”, cuenta.

Silvia Mur se dispone a subir al tranvía en el paseo de la Independencia. Lleva a su bebé de ocho meses con la capota del capazo completamente cerrada. “Evito al cien por cien que se acerque la gente, lo llevo siempre tapado”, afirma. Con su hija de 7 años también ha trabajado el tema y está “muy concienciada”. “Va al colegio con el líquido desinfectante en la mochila y sabe que tiene que usarlo”, señala.

En el entorno de los hospitales, esa sensación de alerta ante el coronavirus va a más, por razones obvias. Sin la epidemia presente ya se podían ver pacientes o visitantes con mascarilla. Ahora, su presencia es más que habitual. “Tengo 85 años, tuve una neumonía, tengo problemas de pulmón, de riñón, de corazón… Para estar en el hospital llevo la mascarilla, pero cuando me voy alejando ya me la quito”, apunta un vecino de Zaragoza a las puertas del Miguel Servet.

En el exterior de los hospitales, la sensación de alerta ante el coronavirus va a más

María Jesús, médico de este centro hospitalario, señala que ahora se lava las manos “cada tres minutos”. “Se me van a despellejar”, apunta. En el interior del Servet observa que los protocolos se están cumpliendo, aunque la desinfección constante de algunas zonas sea engorrosa. “Más problemas veo yo en el autobús o en el tranvía. Cuando me bajo, lo primero que hago es lavarme las manos”, apunta esta sanitaria.

En la mayoría de los supermercados y de las farmacias se ha agotado el líquido desinfectante de manos. No es fácil de encontrar. En la farmacia Torrero, en Fray Julián Garcés, han decorado su cristalera exterior con mensajes que tratan de frenar la “coronahisteria”. “No tenemos mascarillas. Y no las necesitáis, las mascarillas de farmacia no servirán para no pillar el coronavirus”, es uno de ellos; y otro: “No tenemos gel hidroalcohólico. Ojo, los geles ayudan, pero si las manos están sucias no hacen milagros”.

Cristalera de la farmacia Torrero, en Fray Julián Garcés, con mensajes sobre el coronavirus.
Cristalera de la farmacia Torrero, en Fray Julián Garcés, con mensajes sobre el coronavirus.
Jaime Uruen

El coronavirus, o más bien la prevención del mismo, ha entrado también en las iglesias. Manuel Liarte es sacerdote de la parroquia de San Andrés del Actur, formada por cuatro templos que atienden a 65.000 fieles. “Seguimos las pautas de la Conferencia Episcopal y decimos que no se dé la paz, nos lavamos las manos con alcohol antes y después de dar la comunión, hemos quitado el agua bendita...”, enumera. Señala que a los parroquianos les parecen medidas “prudentes”, aunque en la intimidad tengan dudas “de si sirve para algo”.

A las puertas de la Basílica del Pilar, Ángeles Martín aplaude la medida de no tender la mano para dar la paz. “Tendría que ser siempre así, a mí no me gusta”, cuenta. Alfonso Lezcano añade que antes besaba a la Virgen “y ahora no”. Sus precauciones van más allá y afectan hasta a sus vacaciones. “Por esta época siempre voy a Oropesa y bajo un día a las Fallas de Valencia, pero este año no voy a ir por el coronavirus”, afirma. El COVID-19 ha llegado a Aragón y a algunos, como a este vecino de Zaragoza, les quita las vacaciones.

Hasta los futbolistas de élite han cambiado las rutinas. En algunos encuentros de Primera División, los jugadores no se dan la mano, solo se chocan con el codo. Una medida, eso sí, más ejemplificante que eficaz, ya que los agarrones en el área y los abrazos sudorosos después de los goles no se los ahorraron. En el caso del choque del Real Zaragoza en la Rosaleda el saludo fue el habitual.

Los jugadores del Real Zaragoza y el Málaga se dieron la mano con normalidad, a diferencia de otros campos.
Los jugadores del Real Zaragoza y el Málaga se dieron la mano con normalidad, a diferencia de otros campos.
Carlos Guerrero/LOF
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