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Aragón

entrevista

Cristina Aranda: "Que las niñas sean lo que quieran pero que usen la tecnología"

Cristina Aranda preside la asociación Mujeres Tech que fomenta la tecnología entre las mujeres. Nacida en Madrid en 1976 y criada en Huesca, estudió Filología Hispánica en Zaragoza. Actualmente es responsable de Negocio para Europa de la firma tecnológica Taiger.

Cristina Aranda asiste el jueves que viene a una jornada en Zaragoza Activa.
Cristina Aranda asiste el jueves que viene a una jornada en Zaragoza Activa.
Enrique Cidoncha

¿Cómo termina una filóloga hispánica trabajando de responsable de desarrollo de Negocio en Europa de una empresa de inteligencia artificial?

Comencé con todo lo relacionado con las tecnologías del habla, el reconocimiento de voz y el procesamiento del lenguaje natural. Lo descubrí casi de forma azarosa pero luego hice un master en Internet Business y ya me metí de lleno. Mi tesis ya versaba sobre la creación e interpretación de nuevas palabras. Cómo los hablantes interpretamos el mundo y generamos nuevas palabras. En Taiger trabajamos para que las máquinas entiendan el lenguaje.

Entonces, ¿trabaja enseñando filología a las máquinas?

Eso es. Nosotros entrenamos a las máquinas para que entiendan nuestro idioma y sean autónomas a la hora de interpretar un texto, lo que se llama ‘machine learning’. En nuestro caso, textos jurídicos y administrativos para que luego a bancos, compañías legales o aseguradoras les ayude a automatizar procesos en vez de que sean continuamente varias personas las que estén leyendo esa documentación.

¿En esa automatización qué límites ve a la hora de sustituir a trabajadores por máquinas?

Va a haber puestos de trabajo que supla esta automatización, pero en contrapartida van a crearse otros. Las personas van a dedicar más tiempo a tareas relacionadas con la estrategia, lo empático, la atención al cliente, la creatividad, aspectos que a día de hoy una máquina difícilmente puede conseguir. Puede hacer tareas específicas, pero le cuestan las de corte asociativo cognitivo, que requieran capacidad de relación o intuición, de contextualizar, algo que los hablantes hacemos muy bien por experiencia y porque vivimos en un entorno social.

¿Se ampliará la brecha entre las personas que puedan adaptarse al mundo digital y las que no?

A día de hoy existe una doble brecha. La digital afecta a todas las capas, incluso a la gente joven, porque pueden tener un ‘smartphone’ pero no tienen competencias digitales. Por otro lado, vemos la brecha de género y el sector digital es el motor de la economía.

¿Por qué cree que se da esa falta de vocaciones de mujeres hacia carreras tecnológicas?

Sobre todo por los estereotipos. En los libros de texto solo aparecen un 8% de mujeres y un 11% en la Wikipedia.

¿Cómo puede potenciarse que se logre un mayor equilibrio?

Formando al profesorado en lo que llamamos ‘hackear’ los estereotipos de determinadas áreas como ingenierías y científico-técnicas. Hay que ser conscientes de que existen sesgos. Se concibe que las niñas están predeterminadas para el servicio, el cuidado, las letras y los chicos para áreas más científico-técnicas y no es verdad. Que se dé visibilidad en los libros de texto a las mujeres que han hecho grandes avances, para que las niñas vean que ellas también pueden hacer grandes cosas.

¿Esto les movió a fundar la organización Mujeres Tech?

Nosotras no queremos que todas las niñas sean ingenieras, al revés, que sean lo que quieran ser pero que utilicen la tecnología como herramienta para poder cambiar el mundo. Les decimos que no somos princesas consumidoras sino reinas creadoras. Y que tomen como referencia a chicas como Alai Blanco, Digital Girl of the Year, o a la aragonesa Valeria Corrales, una joven ‘maker’ que tiene su propio canal de Youtube.

¿Cambiaría su vocación si empezara a estudiar ahora?

No. A mí me encanta la literatura y la lingüística. Digo que soy ingeniera de la lengua. Además, ahora con la inteligencia artificial está habiendo una gran demanda de personas licenciadas en Humanidades porque se han dado cuenta de que las máquinas necesitan de ese componente humanístico.

¿Las cuotas son necesarias?

Sí. Primero por justicia social y también para ‘hackear’ sesgos. Son un buen sistema para compensar

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