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La ruina acecha a uno de los últimos vestigios de la apicultura tradicional en Épila

Un antiguo horno de alrededor del siglo XVII y ubicado a escasos metros del casco urbano está a punto de desaparecer.

José Alfredo Polo señala parte de los pocos restos que quedan aún en pie.
José Alfredo Polo señala parte de los pocos restos que quedan aún en pie.
JMACIPE

Entre la antigua ermita de Santa María Magdalena y el cabezo de Puitiños, bajo el trazado de lo que en la actualidad sirve de circuito de motocross en Épila y al abrigo del cierzo, una particular construcción parece vivir sus últimos momentos en pie. Se trata de los restos de lo que se conoce como horno o arnal, un abejar tradicional construido en la antesala de una pequeña cueva y cuyo origen podría remontarse hasta los primeros compases del siglo XVI y que recibe el nombre de Corral de Putero.

Los vestigios que hoy se aprecian son parte de la pared de piedras en la que se enmarcaba y parte de las seis cavidades donde alojaban a las abejas, ya que la otra media docena de huecos están sepultados por los cascotes y la maleza.

"Está orientado hacia el sureste, protegido de los vientos y, sobre todo, del cierzo. Verlo así me produce nostalgia y pena, pero los tiempos cambian", confiesa Jesús Ripa, apicultor veterano y miembro de la Apícola Abuelo Vicente. "Hace 10 años se apreciaban las dos hileras, ahora ya solo queda una y cada vez quedará mucho menos, porque incluso podría haber otra más pero ya es difícil saberlo", se lamenta José Alfredo Polo, vecino de la localidad y apasionado de su patrimonio histórico. "La gente tiene que conocerlo para saber de dónde venimos, porque si se pierden nuestras señas de identidad… Lo que queda se podría compactar y exponer en otro espacio, al menos guardarlo", propone Polo.

Otra de las razones de la ubicación de este espacio, remarca Polo, es la materia prima que en aquella época abundaba en la zona. "Antes de que hubiera frutales y cereales, aquí había un amplio romeral para el ganado, pero que también abastecía a las abejas", recuerda. Los huecos que hoy se observan estarían protegidos por un enlucido con una pequeña apertura, y en el interior, con inclinación al exterior, estaría habilitado para recoger la producción de miel, jalea, veneno, cera… "De este tipo en la zona solo queda este, porque hay otro pero más moderno. Yo llegué a conocer las colmenas hechas con caña", puntualiza Ripa.

Polo, para fechar la construcción, se basa tanto en registros escritos como en los usos del sector apícola. "En un libro editado en 1620, Jaime Gil de Magallón apuntaba que Épila era una zona buena para los peones, o colmenas de caña, por lo que no sería descabellado que este sitio estuviera en activo en esa época", puntualiza. Para obtener lo producido por las abejas, Ripa recuerda que "la tapa posterior se iba cortando a trozos hasta llegar donde estaba la cría las abejas, se echaba a un cesto y debajo se ponía un balde, para que fuera decantando y no se desaprovechaba nada".

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