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Aragón

historia

El chapucero informe de la Stasi sobre un diplomático aragonés en el Berlín oriental

Los archivos de la policía política de la Alemania comunista atraviesan, 30 años después de la reunificación, un momento de máximo interés con unas 40.000 solicitudes de acceso en lo que va de año. José Luis Martín (Leciñena, 1943) fue uno de los ciudadanos espiados.

José Luis Martín Cárdaba, diplomático aragonés al que la Stasi siguió de cerca durante su desempeño en la capital germana.
José Luis Martín Cárdaba, diplomático aragonés al que la Stasi siguió de cerca durante su desempeño en la capital germana.
Toni Galán

“Cuando pude acceder, con la emoción de revivir una importante etapa de mi vida, al acta que la policía política de la Alemania oriental había redactado sobre mí, me llevé una gran sorpresa por las falsedades que contenía. Se me calificaba de hombre del Ejército, se ponía en duda mi etapa de seminarista y se describía el talante de mi mujer de forma poco acertada, entre otras incorrecciones”. José Luis Martín Cárdaba (Leciñena, 1943) guarda frescos los recuerdos de su desempeño profesional como diplomático en el Berlín oriental, donde desembarcó en 1973 y vivió una década dividida en dos períodos. Sus memorias no siempre encajan con la versión oficial, recogida en los archivos de la Stasi, que atraviesan un momento de máximo interés: en los últimos cursos están recibiendo 40.000 peticiones anuales de consulta.

El aragonés había trabajado con anterioridad como agregado a la Representación Consular y Comercial en Hungría, "un estado comunista menos severo, pero que no tenía relaciones diplomáticas plenas con la España del momento, a diferencia de la Alemania oriental, que no tuvo ningún tipo de escrúpulo en desarrollarlas". Una vez firmado el tratado de bases (Grundvertrag) entre las dos alemanias comenzaron a llegar diplomáticos de países no afines, como la España franquista. El hotel Unter den Linden fue la primera parada del zaragozano… pero, antes de poner un pie en tierra, los servicios secretos ya estaban al tanto de algunos detalles de su vida privada: "En las más de cuarenta páginas relativas a mí y que pude ver años después ya había apuntes que habían trasladado los funcionarios húngaros a sus colegas alemanes sobre los dos años que había pasado en aquel país".

La literatura y la producción cinematográfica han retratado un cuerpo policial omnipresente e infalible, cuyos férreos marcajes a los sospechosos de disentir protegían la pureza doctrinal del Estado. "Se habla de que uno de cada cinco ciudadanos trabajaban para la Stasi, y bien puede ser una realidad, yo notaba que alguna de la gente que iba conociendo se me acercaba demasiado y se interesaba por detalles muy concretos de mi vida. Como también es cierto que esos servicios de inteligencia fueron más bien poco discretos. Todos sabíamos que nos estaban vigilando", relata José Luis, cuya calle estaba custodiada en sus extremos por agentes: "No entraba nadie de noche sin el permiso de los policías, nunca me he sentido tan seguro ni he disfrutado de semejante vigilancia privada".

Cuando España destinó a sus primeros diplomáticos en Berlín, el CNI se comunicó con ellos mediante telegramas cifrados para avisarles de que sus pasos podían ser escrutados. "No era ningún secreto, todo el mundo lo sabía. Lo que sí me sorprendió años después es lo poco certero y aleatorio de sus anotaciones. Dejaron por escrito, por ejemplo, que yo no podía haber sido seminarista porque tenía amigos 'borrachines', en referencia a algunos homólogos de Perú y México que gustaban demasiado de la noche o que se dejaban ver en el Casino. Lo cierto es que en mi juventud había ido al seminario en Tarazona y después a la Universidad de Comillas, donde estuve solo un año". La ficha de José Luis también mentía al decir que era el hombre del ejército español en la embajada. "Y lo afirma por razones que desconozco, siendo que incluso me liberé del servicio militar después de tres prórrogas bienales por estancias y estudios en el extranjero. No hice ni la mili y me pintaron de figura castrense, no tiene ningún sentido”, aclara.

El Ministerium für Staatssicherheit (Ministerio para la Seguridad del Estado) tampoco acertó a la hora de abordar la vida de los otros miembros de su familia. "A mi mujer la tildaban de persona muy selectiva con sus amistades, cuando siempre ha sido una persona de lo más abierta y que nunca ha hecho distinciones por clases sociales. También afirmaban que llevábamos a nuestras dos hijas a un 'kindergarten' de la iglesia protestante por motivos religiosos, cuando el único motivo de elegir ese centro es que era el más cercano a nuestra casa. En el momento en que pasaron a la etapa de educación primaria las matriculamos en un centro público".

Una llave duplicada

La información poco contrastada -escrita en ruso- que los agentes húngaros compartieron con sus camaradas alemanes iba acompañada de un valioso objeto: un duplicado de las llaves de su vehículo particular. "Tengo plena constancia de que miembros de la Stasi entraron en mi coche para realizar labores de espionaje, buscar información personal y objetos comprometedores, con algún tipo de cariz político. Lo único que me llegaron a quitar fue un misal al que tenía mucho aprecio y en el que no tenía ningún tipo de documento escondido. Pero podrían haber introducido propaganda u objetos prohibidos en un vehículo con inmunidad diplomática”.

El chandrío de los dossieres de la Stasi se redondeó con fallos de espía principiante. "Cuando uno caminaba hacia el distrito de Treptow había un gran edificio desde el que se controlaban las comunicaciones internas de la RDA y de 50 kilómetros a la redonda. Aquellos aparatos se estropeaban y una vez a mi mujer, al coger el teléfono, le saltó la grabación de la conversación que había mantenido durante la mañana con una amiga. Es imposible meter más la pata", recuerda el leciñenense.

Queda patente que los servicios secretos del SED (el partido comunista gobernante) no siempre ponían todo de su parte para pasar desapercibidos. Así lo aclara José Luis: “A unos conocidos les entraron en casa y les revolvieron la ropa interior. Vaciaban el alcohol, adquirido con divisas, en los fregaderos y enviaban muchachas a los hoteles internacionales para hacer evidentes labores de espionaje. El general Erich Mielke era el oficial al frente de la Stasi y se bromeaba a espaldas de su figura con motivo del poco esmero mostrado a veces por sus subordinados”.

Un Berlín en precario

José Luis accedió a los estudios diplomáticos en la escuela de Viena y trabajó como agregado diplomático en la propia capital austríaca, Bonn, Berlín oriental (en dos períodos, antes y después de la muerte de Franco), Roma y París, donde concluyó su carrera profesional en 2007. Hoy disfruta de la jubilación en Zaragoza y recuerda con cariño sus días en la capital alemana, “una ciudad vibrante que, tras el derrumbe del muro, ha cambiado de la noche al día. Sólo hay que pensar que una de las primeras cosas que llamó mi atención cuando llegué al Berlín oriental, una ciudad plagada de solares y con la bóveda de la catedral protestante al aire como consecuencia de la II Guerra Mundial, es que todo el mundo llevaba siempre encima una bolsita de tela para ir a la tienda por si Cuba enviaba una remesa de plátanos o de alguna otra fruta. O si justo ese día había carne o tomates en el súper, las mujeres de las oficinas bajaban a hacer la compra en plena jornada laboral".

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