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Los bares: la mayor red social de Aragón

En la Comunidad hay unos 200 pueblos, cuyo único comercio es un tozudo y resistente bar. Estos establecimientos son pequeños bastiones y emergen como un arma contra la despoblación.

Pilar Aranda se niega a bajar al persiana del bar de Castejón de Alarba.
Pilar Aranda se niega a bajar al persiana del bar de Castejón de Alarba.
MACIPE

A echar la partida o una charradica. A ahogar las penas o, simplemente, a ver a alguien porque es posible que en toda la jornada no hayan coincidido con un solo ser humano. En muchos municipios aragoneses se escuchan quejas por la falta de comercios, de centros sanitarios o de escuelas rurales, pero a los más despoblados que no les toquen el bar, que es el último recurso de la convivencia y el único punto de reunión de los pocos vecinos que pasan el invierno en los pueblos más deshabitados. Quienes regentan los últimos bares de Aragón explican que su historia es la de una resistencia casi numantina, pero también la del amor a su tierra y sus raíces, porque no quieren que sus pueblos sean los próximos en desaparecer del mapa.

No es sencillo mantener un bar abierto en un pueblo de 20 o 30 habitantes. El osado emprendedor debe, primero, renunciar a hacer caja porque su inversión está llamada a ser deficitaria. "El mes de agosto es el bueno, pero el resto... olvídate. No te da para pagar las facturas del agua o de la luz", coinciden estos sufridores condenados casi a "vivir del aire", bromean. El humor y un buen talante aderezado con cierta resignación es algo que no falta detrás de sus barras.

En España, los bares aportan más del 3% del Producto Interior Bruto del país y hay un establecimiento por cada 132 personas. En Aragón la estadística es un poco peor (155 habitantes por bar) y según explican desde el sector la crisis del consumo y la subida de los impuestos han puesto en jaque a lo que durante un tiempo fue un auténtico motor económico. "La gente tiene menos dinero en el bolsillo y eso se nota. De hecho, los bares son el fiel reflejo de cómo está la sociedad. Si la sociedad lo está pasando mal, los bares también", comentan.

La puerta abierta

Fórmulas para tratar de mantener vivos y abiertos estos establecimientos las hay muy diversas, pero pocas pasan por tener a un camarero tras la barra. Una estampa triste es la de un local con cuatro máquinas de ‘vending’ y tres desvencijadas mesas de publicidad con un mantelito de guiñote. "Siempre es mejor que nada", dicen resignados los usuarios...

También está quienes ofrecen casi una atención personalizada y a las puertas del bar cuelgan su teléfono móvil para que acuda el propietario a abrir, incluso, a deshoras. Pocos bares de pueblo prestan servicio, como antaño, de 7.00 hasta la medianoche y menos aún abren los domingos que han pasado de ser "un día magnífico" a "uno muy normal".

En varias localidades de las Cinco Villas cotizan al alza los ‘bares-centros sociales’ que se mantienen, por ejemplo, en Layana y Orés. Ya no son los establecimientos tradicionales sino que se trata de espacios que han abierto los ayuntamientos para sustituir a los restaurantes que existían. En Layana está en las antiguas escuelas e incluye el aula de manualidades a la que acuden las mujeres del pueblo. Estos, además, los ‘han cogido’ inmigrantes que contribuyen con su desembarco y su esfuerzo a luchar contra la despoblación. El bar de Valpalmas lo lleva una joven búlgara, el de Asín una colombiana y el de Layana lo gestionan unos refugiados kurdos.

Otro ejemplo palmario del poder de cohesión grupal de los bares en un Aragón que va quedándose vacío es el local social del municipio ribagorzano de Lascuarre. El alcalde, José Luis Lloret, considera "imprescindible buscar un punto de encuentro y socialización para los vecinos" y por eso el centro está abierto todos los días del año.

Coincide con él Amalio Murciano, primer edil de Veguilla de la Sierra, para quien sin el bar "muchos no saldrían de sus casas en invierno". "El pueblo cuenta que tiene 20 habitantes censados, pero que apenas ocho pasan estos meses en el municipio. En verano la cosa cambia y podemos llegar a juntarnos 200, sobre todo, para fiestas patronales". Entonces, entre fuegos, petardos y disfrutando de un vermú casero, conviene recordar a quienes con la labor ardua y callada mantienen vivos los bares, la mayor red social de Aragón.

Veguillas de la Sierra
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Veguillas de la Sierra (Teruel)

Luis Hernández reabrió el bar Los Tres Reinos tras casi un lustro cerrado. Aunque la localidad está en un cruce de caminos, "el mes bueno es agosto, pero después... poco o nada", comenta. Su teléfono está en la puerta por si el cliente le pilla en el corral y abre todos los días menos el lunes, que aprovecha para ir a Teruel a hacer la compra.

Castejón de Alarba
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Castejón de Alarba (Zaragoza)

Pilar Aranda lleva toda la vida trabajando tras el mostrador de la taberna que abrieron sus padres en 1943. Recuerda que antes se hacía el café de puchero, "había menos tipos de alcohol y se iba mucho a las bodegas". Atiende a unos diez clientes al día y, aunque podría estar jubilada, se niega a bajar la persiana. J. Z.

Navardún
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Navardún (Zaragoza)

Los tres hermanos Iralde llevan el bar de Navardún desde hace más de 30 años. "No es Benidorm, pero no me quejo", bromea Antonio (en la imagen), que explica que las visitas de ciclistas o de cazadores suelen animar la jornada. Eso sí, han de tener otras ocupaciones porque solo con Casa Artieda sería difícil subsistir.

Lascuarre
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Lascuarre (Huesca)

Óscar Pérez es gerente de un activo local social y se multiplica como dinamizador vecinal, alguacil y cuidador de las piscinas. "Vivir en un pueblo es muchas veces menos idílico de lo que puede parecer en algunas ensoñaciones, pero si te haces al tempo de los acontecimientos, sobre todo en invierno, es una vida gratificante", sostiene. A. G.

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