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A la ruleta con mochila: así enganchan los salones de juego a los jóvenes en Zaragoza

Una ronda por varias de los 80 casas de apuestas de la capital sirve para comprobar el drama que se vive en su interior. Gente de todas las edades, algunos muy jóvenes, son seducidos por las máquinas a diario.

Imágenes del interior de varios locales de apuestas de Zaragoza.
Imágenes del interior de varios locales de apuestas de Zaragoza.
Heraldo

“El Bayern va perdiendo contra un Segunda, esa sí que era una buena apuesta. Además, no juega Lewandowski”. Manuel N. P., de 57 años, mira las teles gigantes de un céntrico salón de juegos de Zaragoza. “Suelo pasar de vez en cuando, aunque no siempre juego”, asegura. Su actitud relajada contrasta con los nervios de un treintañero pegado a una de las cuatro máquinas de apuestas. En menos de diez minutos saca cinco tiques con sus envites, todos llenos de combinaciones. Mira de reojo el final del Alavés-Atlético de Madrid, pero sobre todo revisa su móvil para controlar otros resultados de a saber qué deporte. En el local ponen fútbol en dos pantallas, pero además se retransmiten partidos de tenis, carreras de galgos, de caballos… Todo lo que permita que alguien meta algún que otro euro en la máquina.

Estas son solo dos de las cientos de personas que este martes, que fue un martes cualquiera, decidieron pasar la tarde-noche en uno de los más de 80 locales en los que se pueden hacer apuestas deportivas en la capital aragonesa. En Zaragoza hay cinco locales específicos, pero además hay un casino, diez bingos y alrededor de 70 salones de juego en los que también se puede jugar dinero en eventos deportivos, ya que cuentan con espacios específicos para ello. Se reparten por toda la ciudad con llamativos carteles y pantallas luminosas y, ya en su interior, despliegan un amplio catálogo de trucos para enganchar a los clientes. El año pasado, en estas máquinas se jugaron 62 millones de euros, más del doble que el año anterior.

Halloween ha llegado a un céntrico local de Zaragoza. Las paredes están decoradas con brujas y telarañas y en una mesa se ofrecen, gratis, canapés y una bebida roja que simula ser sangre. Ahí dentro no hay relojes ni entra la luz exterior. Las butacas son cómodas y las consumiciones, muy baratas. Para algunos, gratis. Hay quien se enciende un cigarro. La ley antitabaco parece no haber llegado a estos locales. Hay carteles que advierten de que está prohibido, pero la gente fuma y nadie dice nada.

“El objetivo siempre es crear un ambiente de aislamiento”, señalan Jesús y Sara, de la plataforma Fuera Casas de Apuestas de Zaragoza. Salir a la calle, aunque sea un momento, sería entrar en contacto con la realidad, por lo que dentro de los locales si se quiere beber, se bebe (gratis o casi gratis); si se quiere comer, se come; y se se quiere fumar, se fuma. El tiempo no pasa.

En otro local del Casco Histórico de Zaragoza, unas 20 personas se reparten entre la zona de apuestas deportivas, la ruleta electrónica y las máquinas tragaperras, reconvertidos en modernos terminales multipantalla. Es un mini-Las Vegas en el que el control de acceso está hacia la mitad del local. Piden el DNI pero lo hacen tarde, por lo que siempre se puede colar, al menos un rato, algún menor o algún ludópata inscrito en la lista de autoprohibidos. Todos son hombres, la mayoría inmigrantes y (en apariencia) de clase media-baja. “Se ofrece dinero fácil a gente con pocos recursos y muchos acaban enganchados”, dicen desde la plataforma.

Hay carteles en los que se explica cuánto se puede ganar por apuestas sencillas, algo que está prohibido por la normativa aragonesa. Un decreto de 2006 impide cualquier publicidad que incluya “imágenes, símbolos, anagramas, gráficos o textos que muestren la facilidad de conseguir premios o la cuantía de los premios, incitando a jugar de manera compulsiva”. Justo lo contrario de lo que se hace ahí adentro casi en cada rincón.

Algo más alejado del corazón de la ciudad, en otro salón de juego de dimensiones considerables se repiten los mismos patrones. Un cartel ofrece cuatro cervezas por cinco euros. Un chico de no más de 20 años llega con zapatillas de baloncesto, pantalón corto y el bolso del entrenamiento. Va directo a la ruleta electrónica y mete una moneda.

Ahora juega el Barça, y varios chavales ven cómo Messi golea al Valladolid. Pese a ello, no hay un ambiente futbolero. No se percibe el clima relajado de un bar tradicional, en el que los parroquianos ‘solo’ se juegan que gane o no su equipo. Aquí se juegan su dinero, los colores dan igual.

La presencia de menores, habitual en los primeros años de proliferación de estos locales, parece haberse controlado, pero hay algunos que se quedan fuera y piden a otros que apuesten por ellos. Muchos jóvenes de 18, 19 o 20 años han tomado los salones “como un punto de reunión social”, comentan Jesús y Sara. Termina el partido del Bayern, que ha remontado al equipo de Segunda. Manuel no tenía razón, no era una buena apuesta. El chico de las zapatillas de baloncesto se queda en la ruleta. Se muerde las uñas, se echa las manos a la cabeza. Para él, la tarde-noche del martes aún no ha acabado.

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