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Aragón

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Cambiar la hora en relojes con solera

Las nuevas tecnologías han transformado los relojes de iglesias e instituciones, restando romanticismo. Sin embargo, todavía hay localidades de Aragón que siguen cambiando la hora a mano.

Lucía Insa cambiando la hora en Alborge
Lucía Insa cambiando la hora en Alborge
Lucía Insa

Ha llegado la hora de atrasar todos los relojes de nuevo. Ninguna manecilla se libra, ni aunque canten saetas. Sean grandes o pequeñas, modernas o antiguas. En Aragón hay relojes con solera, tanto en pueblos como en ciudades. En Zaragoza, por ejemplo el de la antigua joyería Aladrén, el del Banco de Aragón o el que preside el Coso con vistas a la calle de Alfonso I.

En pocos casos se continúa cambiando la hora de forma manual, ya que las nuevas tecnologías le han ganado tiempo a lo tradicional. Lucía Insa es la alcaldesa de Alborge y fiel defensora del reloj de su pueblo, de cuerda. "A las pesas les cuesta bajar 5 o 6 días, pero a mí me gusta darle cuerda cada pocos días para que se mantenga exacto". En la madrugada de este domingo será la primera vez que Insa cambie la hora, ya que ha estrenado mandato tras las últimas elecciones. "En la anterior legislatura, cuando era concejala, surgió la cuestión de cambiarlo. Nos resistimos a ponerlo eléctrico, preferimos restaurarlo", defiende.

Algo similar que en Alborge ocurre en la capital oscense. "En la parroquia de San Lorenzo es manual y siempre lo cambia un oscense que aprendió de pequeño", apunta Alfredo Pallás, de Relojes Pallás. Él es la segunda generación de relojeros de esta empresa familiar de Lascellas, en la Comarca del Somontano de Barbastro.

En Belmonte de San José, en la provincia de Teruel, cambia la hora manualmante Javier Angosto, un belmontino que ha heredado esta tradición de su bisabuelo y de su tío materno. "Solo se puede hacer en las horas en punto. Por un lado se modifican las saetas y por otro las pesas". Estas últimas se manejan gracias a una regleta de madera donde el bisabuelo de Javier señaló las números. Este reloj de cuatro esferas, que se encuentra en el campanario de la localidad, tiene la firma 'Manufactura Blasco' y es revisado cada dos semanas por Javier. "Es curioso que los desajustes coincidan con los cambios ambientales", indica Angosto.   

Según fuentes documentales, en territorio oscense fue de los primeros lugares donde se marcó la hora en Aragón. "Los de instalación más temprana fueron los de Huesca y Zaragoza", señalan Juan José Morales y María Jesús Torreblanca en 'Tiempo y relojes en Teruel en el siglo XV'. "En el siglo XVI -añaden- el reloj alcanzaba incluso poblaciones, como Abiego y Berbegal en la diócesis de Huesca, Uncastillo o Utebo. En 1506 se levantaba la Torre Nueva de Zaragoza, la decana de las torres-reloj civiles aragonesas". Parte de ese reloj se puede ver en Casa Montal, en la plaza de San Felipe, muy cerca de donde estaba la Torre Nueva.

"Fue causa principal de la edificación de la torre, que debía tener dos campanas, una para señalar las horas y otra los cuartos, cuyo importe, en funcionamiento, ascendió a 100 florines de oro, se encargó al maestro relojero catalán Jayme Ferrer", según publicó en HERALDO José Pascual de Quinto y de los Ríos, académico de la Real de Nobles y Bellas Artes de San Luis. No escatimaron y mereció la pena: "La maquinaria primitiva, según Madoz, fue renovada, por primera vez, en 1680. ¡Había durado 172 años en funcionamiento!".

Detrás de la exactitud de varios relojes de Aragón está Pérez de Mezquía. Fermín es la tercera generación de esta familia relojera. "Trabajamos con el de La Seo, el Pilar, el Ayuntamiento de Zaragoza o el Gobierno de Aragón", señala.

El primero público en Zaragoza fue el de La Seo, desde 1440. Sin embargo, ahora luce en la torre otro de 1912, con esfera labrada en mármol de Carrara y la maquinaria es "de las mejores fábricas de Suiza", según se reflejó en HERALDO hace décadas. Es un reloj con trágico pasado: rayos y tormentas han impactado en su esfera con consecuencias, incluso, mortales. Antes de ser instalada, estuvo expuesta en el local del relojero José Baena, en el paseo de la Independencia. Su esfera tiene una curiosidad como otros: los números son romanos y el 4 no es IV, sino IIII. Muy próximo está el de la Basílica del Pilar, con el emblema de Correos y Telégrafos y que fue restaurado en septiembre de 1968.

Fermín Pérez de Mezquía explica el funcionamiento actual. "La esfera está conectada a un reloj electrónico local, que lleva una hora que no es exacta del todo. Para conseguir la precisión se comunica con una antena que coge la señal de los relojes patrón". Eso es una labor nocturna que se hace a diario."Todas las noches reciben la señal horaria de una centrales que hay en Europa, como por ejemplo de la Frankfurt". Un patrón puede controlar varias esferas.

“El paso del tiempo y el toque de las horas es patrimonio que estamos perdiendo"

Estas nuevas tecnologías ofrecen mucha más concisión en la hora y un mantenimiento más cómodo. Eso sí, las condiciones meteorológicas pueden jugar un papel importante: "En Zaragoza no suelen fallar porque las antenas están en alto y no hay montañas", reconoce Pérez de Mezquía que en la actualidad emprende nuevos tiempos en la calle Josefa Amar y Borbón de Zaragoza.

La firma de estos relojeros también aparece en el de la Diputación de Zaragoza, en la plaza de España de la capital aragonesa, una luminosa esfera que se apagó durante la Guerra Civil. Caracterizado por su exactitud, es un conjunto que ahora es electromecánico, pero al parecer se conserva la maquinaria original. "En un cuarto del palacio se pueden ver poleas, sirgas y el resto de elementos de la maquinaria", relata Nacho Navarro, carillonista de la Diputación.

Esa parte es testigo de cómo era el cambio manual, antes de la renovación. "El primer paso de su automatización fue la conexión a través de antena con el reloj suizo, por esa razón se le llamaba popularmente ‘el reloj perfecto. Iba al minuto", recuerda Navarro. "Más tarde se informatizó a través de un ordenador", añade.

Durante décadas a los pies de su esfera los zaragozanos despidieron el año, al son de las doce campanadas del carillón de la Diputación de Zaragoza. No solo allí, también en el del edificio de Correos, o al menos se intentaba: "Quienes para ingerir las uvas esperen a que sean las doce en el reloj de Correos, ¡moscatel tienen para rato!", decían en los años treinta.

Esos fallos del pasado se han corregido. Óscar de Miguel, persona que cambia su hora, lo asegura: "No se avería, al menos, desde hace una década. Seguramente fue restaurado a la vez que el edificio, en los años ochenta". Tal vez fue entonces cuando se cambio también su funcionamiento: "Se realiza a través de un programador que sincroniza el reloj de la calle con el del interior, donde están los mostradores", señala de Miguel.

Las nuevas tecnologías han restado romanticismo al cambio de relojes, que tal vez viva sus últimas horas. "El paso del tiempo y el toque de las horas es patrimonio que estamos perdiendo", reflexiona Nacho Navarro.

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