Aragón

28 de abril

ACTUALIZADA 28/04/2019 A LAS 02:00
Elecciones, Urnas, Votaciones, Colegio electoral
Papeletas dispuestas en un colegio electoral.l
Laura Uranga

Existen días en el calendario –como la cita de hoy– que conceden alimento a una democracia. La seguridad en la firmeza de los principios que asientan nuestro ordenamiento ha hecho que no reparemos en la trascendencia y significado que arrastran unas elecciones generales. El roce diario con lo que llamamos normalidad y cierta desmemoria nos llevan a rebajar el peso de muchos de los grandes esfuerzos colectivos que nos han traído hasta este domingo 28 de abril. Nos quejamos, nos indignamos y hasta denostamos a los políticos desde la tranquilidad que concede saber que gozamos de una maquinaria segura y bien engrasada. Nuestra sujeción a la ley, "el instrumento que sirve para garantizar una convivencia ordenada y pacífica en la que se respeten los derechos y libertades de todos", tal y como explicó el pasado 23 de Abril el fiscal del Tribunal Supremo Javier Zaragoza al recibir el Premio Aragón 2019, es la mejor de las garantías para disfrutar de la democracia.

El libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, ‘Cómo mueren las democracias’ –un volumen muy didáctico–, explica que la política estadounidense se encuentra repleta de normas no escritas, aunque "dos reglas sobresalen por ser fundamentales en una democracia que funciona: la tolerancia mutua y la contención institucional". El término tolerancia mutua "alude a la idea de que, siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros. (...) Podemos verter lágrimas la noche electoral si vence el bando contrario, pero no consideraremos su victoria un acontecimiento apocalíptico. Dicho con otras palabras, la tolerancia mutua es la disposición colectiva de los políticos a acordar no estar de acuerdo".

Discrepar desde la diferencia e incorporar el pacto desde el respeto requiere de una cultura democrática que en España, a tenor de la campaña electoral que hemos sufrido, aún tiene margen de mejora. Los dos debates televisivos descubrieron a unos candidatos más preocupados por una victoria mediática que por la oportunidad de confrontar y dar a conocer sus propuestas ante una audiencia millonaria. Los expertos en la mercadotecnia política aseguran que los debates no se ganan, tan solo se pierden y que en esta nueva democracia de las emociones un gesto resulta más efectivo que la lectura de un programa. La ansiedad con la que se conduce la política nacional disfruta de su levedad quemando etapas anticipadamente, relegando la fecha de hoy en beneficio del día después. Es el nuevo bipartidismo ahora sujeto a cuatro o cinco actores, pero bipartidismo al fin y al cabo, y que salvo sorpresas o descaros previamente negados, no parece dispuesto a saltar los límites ideológicos para adentrarse en un mundo de pactos cruzados entre uno y otro bloque.

Discrepar desde la diferencia e incorporar el pacto desde el respeto requiere de una cultura democrática que aún tiene margen de mejora

Habrá que acostumbrarse a esta nueva época, cambiante y acelerada, que las encuestas no alcanzan a reconocer porque quizá no han sabido diferenciar entre los ideológicamente siempre afines –sin miedo a confesar el color de su papeleta y alejados de la indecisión– y los simples votantes, una categoría inmersa en la volatilidad del momento político y que cuenta con capacidad suficiente como para protagonizar más de una sorpresa.

Esta campaña, calificada como «agresiva y con pocas propuestas» por un grupo de lectores de HERALDO a los que pedimos su atención y opinión durante estos 15 días –todo un aviso para los próximos comicios autonómicos y municipales–, se ha descubierto un producto plagado de circunstancias personales. Parafraseando a Ortega y Gasset, los partidos y los candidatos son ellos mismos y sus circunstancias, pero la carrera por la Moncloa merecía un poco más de atención a las urgencias del votante.

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