Aragón

Opinión

María Moliner

Por
  • María Pilar Benítez
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Un retrato de María Moliner junto a un ejemplar de su Diccionario, en la Biblioteca de Paniza.
José Miguel Marco

El 30 de marzo se conmemora el nacimiento de María Moliner, y ello o cualquier motivo dará lugar a que se hable y se escriba sobre una mujer que se ha convertido en un mito de nuestra sociedad. Son fundamentalmente cuatro las ideas que han contribuido a esa mitificación y que suelen repetirse: su relevancia durante la II República, su postergación tras la Guerra Civil, el carácter prodigioso de su ‘Diccionario de uso del español’ y su no elección como académica.

Menos tenida en cuenta es la trascendental relación de María Moliner con Aragón. Porque su nacimiento en Paniza no fue casual, sino que la familia materna significó en su vida el arraigo firme en el Campo de Cariñena, a través de los Lanaja, de Longares, y los Ruiz de Azagra, de Encinacorba, que, durante siglos, mimaron campos de cereal y viñedos. Porque un solitario molino harinero, Molino de la Hoz, en Villarreal de Huerva, al pie de San Bartolomé y el Picacho, la acogió cuando su padre abandonó a la familia. Porque el trabajo de secretaria redactora en el Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva y ubicado en la Diputación de Zaragoza, le permitió estudiar, sacar adelante a los suyos y formarse como lexicógrafa, para redactar el mejor diccionario que ha tenido la lengua castellana. Porque Manzanera fue para ella el lugar idóneo para descansar y continuar la labor de la Escuela Cossío de Valencia en verano. Porque, en definitiva y en gran medida, María Moliner fue y existió a través de lo vivido en Aragón.

María Pilar Benítez es profesora y escritora

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