Aragón

Tercer Milenio

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Bodas de diamante en la investigación

La biblioteca de la Estación Experimental de Aula Dei, en Zaragoza, se ha convertido estos días en un túnel del tiempo que retrotrae a comienzos de la década de 1940. Lo hace a través de un recorrido documental y gráfico por la historia del centro, desde la posguerra hasta la tecnología más puntera de la actualidad.

Vista aérea del edificio de la Estación Experimental de Aula Dei.
EEAD-CSIC

La biblioteca de la Estación Experimental de Aula Dei en Zaragoza se ha transformado estos días en un túnel del tiempo. Propone un viaje que retrotrae a comienzos de los años 40 y que sumerge en un apasionante recorrido documental y gráfico por la historia de este centro, adscrito al Centro Superior de Investigaciones Científica (CSIC), que celebra ahora sus bodas de diamante.

Comienza el viaje en una España de posguerra, en la que los ciudadanos soportaban toda clase de penurias, incluido el hambre, y en la que se hacía necesario no solo producir alimentos, sino crear estructuras de investigación (escasas entonces, por no decir nulas) que fueran capaces de mejorar el sector agropecuario. Y Aragón tenía ya, allá por esos años, una ventaja competitiva. Se llamaba José María Albareda (natural de Caspe y secretario general del CSIC), Ramón Esteruelas (nacido en Biota, ingeniero agrónomo, científico y funcionario del Estado) y José Sinués (natural de Zaragoza, ingeniero agrónomo y que entonces ocupaba director general de la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (Campzar, hoy Ibercaja) a cuya inquietud científica y afán investigador Aragón debe el haberse convertido en referente de la I+D agroalimentaria ya no solo en España, sino por el mundo.

El empuje de estos tres ilustres aragoneses se hizo realidad el 20 de enero 1944. Ese día, de hace ya 75 años, el Consejo Ejecutivo del CSIC decidía la creación de la Estación de Biología de Cogullada, como así se llamaba en un principio el actual centro investigador. Han pasado tres cuartos de siglo. Y desde entonces mucho ha cambiado el escenario económico en general y el agroalimentario en particular. Y mucho ha cambiado (y así lo muestra la exposición con la que la EEAD conmemora la celebración de su 75 aniversario) la fisonomía de los investigadores, su forma de vestir, incluso el mobiliario de los laboratorios o los equipos técnicos utilizados para desarrollar el trabajo. Pero lo que se mantiene inamovible es la misión con la que nació este organismo. Esto es, iniciar e impulsar trabajos de investigación "sobre aquellos problemas biológicos de mayor interés para su posterior aplicación a la agricultura". Unos trabajos, como dejaron claro ya sus fundadores, en los que tienen protagonismo relevante los relacionados con los cultivos fundamentales del valle del Ebro.

Nació con el nombre de Estación de Biología de Cogullada, un apellido que debía precisamente al lugar donde iba a estar instalada. Porque (y volvamos a 1944), uno de sus impulsores, Campzar (ahora Ibercaja) -que dos años antes había dado forma a la Escuela Rural de Economía Nuestra Señora de Cogullada- ofreció terrenos colindantes a esta institución para situar el nuevo centro de investigación. Pero no pudo ser. En 1946, y ya cuando ya estaban en pie algunas de las dependencias, surgieron problemas para disponer de terrenos suficientes en los que situar las fincas experimentales para los ensayos en campo. Y fue necesario buscar otro emplazamiento. La estación experimental viajó hasta la finca ‘La Cartuja’ donde el prestigioso arquitecto Teodoro Ríos fue el encargado de levantar un edificio de dos plantas de 4.065 m2 y 1.130 m2 de semisótanos, cuya construcción concluyó en 1952. La estación cambia entonces de nombre para ser la Estación Experimental de Aula Dei (en referencia a su proximidad a la Cartuja de Aula Dei).

Los primeros años de la investigación en la EEAD pusieron su mirada en los herbáceos. Y sus desarrollos todavía tienen plena vigencia. "En los inicios se consiguieron obtener variedades de cereales que todavía hoy tiene una inmensa extensión universal de plantación, por ejemplo la variedad de cebada albacete", explica su director, Jesús Val. Este investigador destaca también aquellos avances en el desarrollo del triticale, un híbrido de centeno y cebada que ya se conocía en el siglo XIX, pero que el centro aragonés contribuyó a convertir en una especie de cultivo y, además, productiva.

En la historia de estas investigaciones figura Enrique Sánchez Monge, cuya iniciativa hizo posible que Zaragoza esté vinculada a uno de los más importantes descubrimientos de la citogenética humana. Cuenta Val que Sanchez Monge (ingeniero agrónomo y pionero en la genética española) realizó una estancia postdoctoral en la estación agronómica de Svalov (Suecia). Allí, en 1947, coincidió y trabó amistad con un joven de origen chino nacido en la isla de Java, Joe Hin Tjio, a quien le propuso establecerse en España, más concretamente en Zaragoza, donde permaneció nueve años, en los que se convirtió en director del departamento de citogenética de la Estación Experimental.

En cereales y humanos

"Tjio era un experto en técnicas de histología y microfotografía, que aplicó esa tecnología no solo a la investigación de los cariotipos de los cromosomas en especies vegetales, sino también de los humanos", explica Val. De hecho, el joven chino tomó muestras de los presos de la cárcel de Zaragoza, aplicó sus técnicas de microscopía y descubrió que el número exacto de cromosomas de la especie humana es 46 y no 48 como se pensaba entonces. "Este descubrimiento ha tenido una repercusión que todavía hoy es relevante y imprescindible para diagnóstico prenatal, amniocentesis, técnicas de análisis de imagen...", señala Val.

No es el único hito que ha jalona la historia de la EEAD. "Ha habido muchos grandes momentos y continuos avances", señala Val. Y comienza una exhaustiva enumeración de grupos de investigación punteros en cambio climático, en resiliencia de las especies vegetales, expertos en emisión de gases de efecto invernadero, en gestión eficaz del agua, en fisiología vegetal, en estrés abiótico, en genética molecular, o fenómica... "Estamos en el mejor nivel de la investigación en ciencias agrarias, incluso yo diría que hemos ampliado el rango y que ya somos referentes en el ámbito de las ciencias agroalimentarias y medioambientales. Ese es nuestro presente y en eso tenemos que basar nuestro futuro".

Porque es cierto que la investigación agraria ha cambiado en estos tres cuartos de siglo. "Evidentemente en los primeros años no había constancia de las amenazas que tenemos hoy en día", explica Val, que reconoce que el cambio climático, la sostenibilidad o el intento de no aportar residuos y contaminantes al medio agrario "no eran prioritarios entonces, ni siquiera se podía pensar que podían ocasionar algún problema en algún momento". Hoy en día, sin embargo, señala el director, ninguno de los grupos de investigación de la estación trabaja o investiga fuera de ambos escenarios.

Son también muy diferentes las herramientas utilizadas. "Han evolucionado muchísimo, hoy en día se trabaja con marcadores moleculares, ahí están las nuevas técnicas ‘smart agro’, o el ‘big data’. La digitalización está marcando también nuestro camino y no estamos ajenos a las nuevas tendencias", insiste Val. Como ejemplo describe el "potente" grupo de biocomputación -técnica inusual en el sistema agrario- "referente en este ámbito, no solo por ser usarios sino también creadores de esa tecnología", señala.

Generaciones de científicos

Para ello, "han sido cientos de investigadores los que han pasado por este centro", señala Val, que asegura no poder dar una cifra concreta del número de científicos que han ocupado las salas de la estación durante estos 75 años. Explica, sin embargo, que si ha sido numerosa la plantilla, también es destacado el número de expertos formados en la EEAD y que en la actualidad ocupan cargos de responsabilidad académica en otros centros. "Los maestros de fruticultura de todo el territorio español se formaron en la Estación Experimental", recuerda Val, que señala que dado que este centro albergó los inicios el Instituto Agronómico Mediterráneo, "se puede uno imaginar las generaciones de técnicos, tecnólogos y científicos que han pasado por aquí y que están repartidos por todo el mundo".

Y por todo el mundo está repartida también la ciencia nacida en los laboratorios de este centro zaragozano para mejorar la producción agraria. Sus logros tienen repercusión especialmente en España y en Europa, pero también al otro lado del Atlántico. "Tenemos grupos que trabajan en los Andes, o en la Antártida, o que investigan en modelización del clima y predicción de sequía cuyos avances triunfan en Estados Unidos", dice su director.

Actualmente, en la EEAD-CSIC trabajan 37 investigadores, a los que hay que sumar, señala su director, los doctores ‘Juan de la Cierva’ o los que está realizando su tesis doctorales, pero la cifra "por desgracia" es menor que la de hace unos años. "La amenaza que nos atenaza es no ser capaces de reponer a todos los que se nos están yendo, aunque tengo la esperanza de que la situación se corrija en los próximos años", lamenta Val, cuyo deseo es que la ciencia tenga una fuente de financiación independiente del signo político del partido que Gobierno el país, la comunidad autónoma o incluso la Unión Europea.

Sus investigadores, y personal de campo, trabaja en los laboratorios, pero también en las instalaciones de cultivo de plantas en condiciones controladas, invernaderos y en las cámaras de cultivo con las que cuenta la EEAD, que dispone además de dos fincas, una de 43 hectáreas en régimen de regadío en este entorno del edificio de la estación y otra de 13 hectáreas de secano en el camino de Peñaflor.

Y por eso, para celebrar toda esta fructífera trayectoria, la EEAD ha transformado su biblioteca en un túnel del tiempo que ofrece una retrospectiva "de una enorme peculiaridad llena de momentos históricos completamente desconocidos para la sociedad aragonesa", señala Val. Eso sí, con la vista puesta en el futuro más innovador.

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