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Aragón, pueblo a pueblo

Libros: un horno de pan entre la montaña y la carretera

Libros, pegado a la N-330 y al abrigo de la Peña Grajera, busca cómo revivir tras un pasado minero sin eco ahora. Hay poco empleo, pero muchas ideas a la espera de inversión para materializarse.

María Ángeles Moreno / Jorge Escudero 02/01/2019 a las 05:00

Todo el mundo en Libros guarda alguna vinculación con el poblado minero que en torno a un yacimiento de azufre, a 4 kilómetros del casco urbano, estuvo activo de 1906 a 1956. Hasta 2.000 personas vivían allí, muchas más que en la localidad. Además de decenas de casas-cueva excavadas en la roca, había iglesia, hospital, escuela, cuartel de la Guardia Civil, panadería, carnicería, economato y varias tascas. El lugar, recuerdo de un pasado industrial sin reminiscencias en la actualidad, espera una inversión que lo consolide y promocione como atractivo turístico.

Rosa Serrano es la nieta del que fuera cartero de las minas recorriendo a diario kilómetros de atajos por el monte para llegar cuanto antes al peculiar poblado. Esperanza Escudero, hija de minero, no nació allí por poco, pues sus padres no hacía mucho que se habían mudado a Libros. También el esposo de Justa Martínez conoció la dureza del oficio, si bien su hogar estaba en la localidad. Todas estas mujeres comparten cada mañana café y tertulia en el bar que regenta José Luis Vázquez, el único que queda abierto en el pueblo en cuanto el verano dice adiós. A menudo,  como ocurre en  el momento de preparar este reportaje, en torno a un bizcocho con manzana y chocolate elaborado por Teresa de Miguel, la dueña del horno –también el único– de la localidad.

Teresa, junto con José Luis, son algunas de las pocas personas en edad activa que hay en el pueblo. "Este es un municipio con muchos jubilados y poca gente joven", lamenta Teresa. "Se vive muy bien en Libros, pero hay demasiada tranquilidad y falta empleo", apostilla Esperanza. Sesenta años después de aquella eclosión minera, Libros, con un centenar de habitantes, busca la manera de ofrecer alternativas laborales a sus vecinos como freno a la despoblación.

"Si estuviera mejor la carretera, tendríamos más puestos de trabajo", dice, muy convencida, Teresa. Y es que la Nacional 330, vía de salida y entrada a esta localidad, es famosa por sus malas condiciones, la más grave, carecer de arcenes, lo que dificulta los adelantamientos de turismos a los muchos camiones que circulan a diario por ella. "Para ir al médico a Teruel, a solo 30 kilómetros, hay que salir una hora antes", se queja Maribel Carreño, otra de las tertulianas. "La gente acaba marchándose", sentencia esta mujer.

No solo azufre esconde la tierra de Libros. Ese mineral pudo contribuir a la formación de unos fósiles únicos en el mundo, los de las famosas ‘Ranas de Libros’, al petrificar, además de los esqueletos de estos anfibios, también sus tejidos blandos, como la médula ósea. Pese a la originalidad e importancia científica de estos fósiles, repartidos por museos de medio planeta, no es posible admirar ni uno de ellos en la localidad, como explica el alcalde, Raúl Arana. Tan solo algunos paneles con fotografías de estas piezas colocados en el poblado minero –donde se encontraron– y en una zona recreativa del municipio junto al río Turia hablan de la gran aportación que ha hecho Libros al mundo de la paleontología. También esto lamentan las mujeres de Libros, seguras de que un museo sobre el pasado geológico del pueblo sería un buen señuelo para el turismo.

Libros impresiona nada más poner un pie en la plaza donde está la iglesia, dedicada a San Roque y San Juan. La gran pared vertical de la Piedra Grajera, de más de 100 metros de alto y a cuyo abrigo se encuentra gran parte del caserío, empequeñece la torre del templo, alta de por sí. La vía ferrata que desde hace unos meses recorre de arriba abajo esta gigantesca roca se ha convertido para los aficionados a la escalada en una de las más atractivas, tanto por la dificultad que encierra como por permitir divisar el pueblo a vista de pájaro.

Alimentando fiestas

La tertulia femenina llega a su fin. Teresa tiene que salir con su coche a repartir el pan que elabora cada día –tras grandes madrugones– por varios núcleos de población cercanos, como Mas de Jacinto, Mas de la Cabrera, Riodeva, Tramacastiel o El Cuervo. No solo el pan para Libros y su entorno sale de este horno. Allí se cuecen los más de 400 ‘regañaos’ de sardina y jamón con que los vecinos reponen fuerzas cada 3 de mayo en lo alto del monte de la Cruz. Desde allí, el párroco bendice todos los campos del término cuando la primavera se encuentra en toda su plenitud.

Para el Pilar, en octubre, cuando el pueblo celebra sus fiestas mayores, Teresa se ocupa de preparar las pastas más típicas de la localidad, magdalenas y tortas finas, sobre todo, con la receta tradicional. "Tal y como las hacía mi madre", subraya. Para San Andrés, el último fin de semana de noviembre, la especialidad del horno de Teresa es el ‘pan dormido’, una torta dulce que exige una cuidadosa elaboración y que, troceada, se reparte para todo el pueblo en la iglesia tras la misa dedicada al santo. "Con cada fiesta hago un producto especial", señala con orgullo.  

Un mirador en lo alto de la montaña para disfrutar del paisaje que dibuja el río Turia

De entre las casas de Libros que están pegadas a la travesía de la N-330 –conocida popularmente en la provincia de Teruel como la carretera de Cuenca– parte una calle que lleva hasta las afueras del casco histórico. La calle acaba por convertirse en un sendero que serpentea entre pequeñas construcciones agrícolas al tiempo que asciende por la montaña. La subida, muy empinada, es posible gracias a la instalación en algunos tramos de escaleras metálicas con barandillas de madera.

Al final de este camino, el senderista se encuentra recompensado con un gran mirador que permite ver desde lo alto, como en un balcón, todo el pueblo, unido indisolublemente a la carretera y también al cauce del Turia, pues una y otro discurren de manera conjunta y peleándose por el espacio. De hecho, resulta imposible ensanchar por algún lado la travesía urbana de la N-330, encajonada entre una hilera de casas y el curso del río. Los camiones que circulan por ella se ven obligados a aminonar la marcha –cuando no a parar–, al cruzarse con otro en sentido contrario, para no colisionar. 

La torre de la iglesia de San Roque y San Juan Bautista necesita una restauración

Si algo caracteriza la silueta del casco urbano de Libros es la torre de la iglesia dedicada a San Roque y a San Juan Bautista. Tiene cinco cuerpos, tres cuadrangulares y dos octogonales, que acaban en un chapitel de tejas blancas y azules con una veleta de hierro. Sobresale por encima de cualquier otra construcción, como un faro en mitad de un mar de tejados variopintos.

Pero la torre no se encuentra en sus mejores momentos. Los vecinos relatan que el mal estado que presenta hace que a menudo caigan a la plaza y a las calles anejas a la iglesia cascotes y otros materiales que se desprenden del pináculo. "Cualquier intervención en una construcción de estas características requiere un gasto muy elevado y, además, la iglesia es del Obispado, no del Ayuntamiento", explica el alcalde de Libros, Raúl Arana.

El primer edil de esta localidad recuerda, no obstante, que ya se llevó a cabo hace algunos años, con una inversión de 24.000 euros, un proyecto que permitió reparar el tejado de la iglesia, evitando así que el progresivo deterioro afectara a su interior. La torre tendrá pues que esperar a mejores tiempos para poder recuperar su esplendor

En datos

Comarca: Teruel.

Población: 103 vecinos.

Distancia a Teruel, su capital de provincia: 28 km.

Los imprescindibles

A vista de pájaro. 

Libros, al abrigo de un gran peñasco, puede verse desde lo alto. Para ello hay dos opciones: subir al mirador situado al norte del pueblo o ascender por la vía ferrata instalada en la Peña Grajera, de más de 100 metros de altura. 

El agua del Turia.

El Turia define a Libros. Sus aguas riegan huertos y anuncian el cercano mediterráneo. Las vides que trepan por algunas construcciones a las afueras del pueblo, ofreciendo uva negra al paseante, parecen despedir el frío de Teruel.





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