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Aragón

Chía y la habilidad para reinventar el futuro del pueblo

Las gentes de Chía tienen una infinita capacidad de supervivencia, lo que hace que esta localidad pirenaica pueda mirar con relativo optimismo un futuro no muy halagüeño para el medio rural.

Vecinos de Chía toman el sol de otoño sin descuidar las prendas de abrigo.
Vecinos de Chía toman el sol de otoño sin descuidar las prendas de abrigo.
Ángel Gayúbar

Amparada por la imponente sierra del mismo nombre, a cuyos pies asienta su apiñado caserío a 1.223 metros sobre el nivel del mar, la villa de Chía tuvo importancia como punto de paso en los caminos que llevaban hasta el fondo del valle de Benasque y los puertos fronterizos con Francia. La apertura de la carretera que discurre junto al río Ésera a comienzos del pasado siglo XX desplazó estas rutas y motivó un declive que se tradujo, entre otras cosas, en la emigración de muchos de sus hijos a la Guinea Ecuatorial española; una aventura que ha dejado huella en el acervo local e impronta en su urbanismo, con la erección de unas ‘casas de los Indianos’ que dan testimonio de esa corriente migratoria y sus resultados, reflejados con éxito en la novela ‘Palmeras en la nieve’ de Luz Gabás.

La experiencia guineana, así como la que protagonizaron muchos chienses en la vecina Francia, buscándose las lentejas que escaseaban en casa, demuestran la capacidad de adaptación e iniciativa de la que siempre han hecho gala las gentes del pueblo, y que ahora mismo tiene un nuevo capítulo en la apuesta por la recuperación de la agricultura tradicional de la zona. Su exponente más destacado es la del cultivo de una patata pirenaica que tuvo una notable fama, cayó en un profundo declive y ha vuelto ahora con el incuestionable refrendo de mercados cada vez más lejanos.

Este favor popular se hace también evidente en el éxito de la Feria de la Patata que, en su séptima edición, celebrada hace unos días, congregó a más de dos mil personas en una localidad en la que residen setenta vecinos. Para echar una mano en la organización, el pasado 3 de noviembre se acercaba desde Villarroé Rubén González, que suele trabajar en Chía y califica a sus habitantes de "gente muy maja". Además, entiende que es un pueblo con futuro, "porque hay muchos niños entre los residentes habituales".

Algo que no puede hacer Enrique Escalona, uno de los jóvenes de Casa Navarro, quien descuenta siempre los minutos que le quedan para volver a estar con los suyos. "Chía es más que un pueblo, hay lazos de sangre y se mastica el respeto a los mayores, a nuestra lengua, el patués, a nuestras tradiciones y costumbres". Pondera lo bien que se vive en plena montaña, aunque reivindica actuaciones en las carreteras y la dignificación de la pista de comunicación con Plan y el vecino valle de Chistau.

La tranquilidad, el clima "excelente, y más solanero que el de buena parte del valle" y la convivencia son aspectos que destacan Mari Carmen y Montse, de Casa Galino, corroborando la esperanza en ese notable número de jóvenes en el municipio que comentaba Rubén, y que han apostado por labrar su futuro en el pueblo. "Además –comentan– hay mucha gente que sube fines de semana y festivos". La decena de casas de turismo rural tienen una demanda constante y, como señalan ambas, "contribuyen a cimentar la economía local ayudando a la tradicional ganadería, sobre todo de vacuno, y a una agricultura que se está recuperando".

Un ejemplo de la diversificación económica es el protagonizado en los últimos doce años por tres hermanos –Begoña, Juanjo y Judit, de casa Chongastán– que han puesto un restaurante y una carnicería, convertidos en referencia indispensable para gastrónomos de variadas procedencias. "Antes de todo somos ganaderos –explican Judit y su esposo Cristian– pero nos planteamos buscar un valor añadido a nuestro trabajo y primero surgió el restaurante, basado en la elaboración de las carnes de nuestros ganados; luego llegó la carnicería, porque muchos de nuestros clientes nos preguntaban dónde podían comprar los productos que servimos". Al aplauso del público siguió un reconocimiento institucional: ‘Empresa comprometida con el territorio’ por el Gobierno de Aragón.

Este trabajo de los de Chongastán, de la Asociación de Productores de Patata, los ganaderos o los promotores de la industria turística es algo que aplauden María Luisa y José, de Casa Colau, "porque ha fijado población y abre perspectivas de futuro". Recuerdan que hay otras potencialidades en la promoción de la actividad deportiva o la del patrimonio natural y monumental de la zona, aunque alerta del riesgo de que el pueblo se quede en lugar de residencia de fin de semana.

El patrimonio cultural que tiene una de sus piezas más destacadas ‘emigradas’ en Barcelona, en cuyo Museo Nacional de Arte de Cataluña se exhibe el precioso retablo románico de san Martín, procedente de esta localidad pirenaica y en el que aparecen como motivo ornamental cuatro barras rojas sobre fondo amarillo en la manta que cubre el cuerpo del santo titular. Feli y Jacqueline enseñan una copia que se guarda ahora en la iglesia parroquial de San Vicente y reconocen que en el pueblo no se sabe si se vendió, robó o pignoró a comienzos del siglo XX, "pero el caso es que marchó de aquí".

La patata se ha convertido en el símbolo del relanzamiento económico local

Arturo Lanau, presidente de la Asociación de productores de Patata de Chía, revela que todo empezó por una charla de bar, buscando dar visibilidad al pueblo. De ahí surgió la idea de organizar la Feria de la Patata aprovechando la fama histórica del producto; hace ahora siete años, un grupo de agricultores locales estaba empezando a trabajar en recuperarlo utilizando técnicas tradicionales. La propuesta tuvo éxito y se ha consolidado tras siete ediciones como símbolo de la voluntad reivindicativa de las gentes del entorno rural con su producto autóctono frente a las importaciones de una producción agrícola cada vez más industrializada y deshumanizada. La de Chía es una patata de altura –se cultiva en terrenos entre los 1.200 y 1.500 metros de altitud– que se vende cada vez antes; su recuperación se planteó como relanzamiento de un cultivo tradicional en zona de montaña. Hay además un fuerte componente social, ya que la comercialización del producto la lleva el Centro de Integración Socio Laboral El Remós, en el un grupo de personas con discapacidad del valle de Benasque realizan un gran trabajo.

Las casas ‘indiano-guineanas’ y la emigración de las gentes de Chía al continente africano

El rotundo éxito del libro de Luz Gabás ‘Palmeras en la nieve’ recuperó para el gran público la singular emigración desde los valles pirenaicos a las selvas ecuatoriales que protagonizaron un puñado de ribagorzanos, en buena medida procedentes de Chía. Fue un proceso que se vivió con mucha intensidad en la zona, desde que en los albores del siglo XX Mariano Mora, de la chiense Casa Castán, salió de un valle que sufría por entonces el intenso proceso de emigración hacia Francia, y llegó a África ayudado por los claretianos. Instalado en Guinea, el efecto llamada funcionó con sus convecinos tardando poco en bajar los hermanos Mallo, otros familiares de Chía y de otros pueblos del valle, y así montar una especie de puente aéreo que funcionó perfectamente hasta la independencia de la colonia africana. Esta emigración supuso la entrada de ingresos muy importantes para las economías familiares de muchas localidades de la comarca y dejó su impronta en construcciones como la emblemática Casa Castán, que el iniciador de la hégira montañesa remozó en Chía convirtiéndola en el más señero ejemplo de arquitectura ‘indiano-guineana’ de Ribagorza, que recuerda ahora esa aventura equinoccial.

Los imprescindibles

Guinea en patués

José Manuel Brunet, José Luis Cosculluela y José María Mur publicaron hace unos años este interesantísimo trabajo etnológico, que profundiza en las causas y orígenes de la emigración ribagorzana a Guinea, aún muy poco conocida.

Casa Castán

Es el edificio familiar de los Mora; la última actuación en sus muros, de 1956, lo convierte en el más señero ejemplo de arquitectura ‘indiano-guinena’ de Ribagorza, y evidencia constructiva de las andanzas de los de Chía por África.

Iglesia de San Martín

Este pequeño templo se halla al final del caserío de Chía, y data de finales del XII o principios del XIII. Es de una sola nave, construida en sillarejo y piedra toba, y albergó el frontal con escenas de la vida de San Martín de finales del XIII.

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