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Aragón

Heraldo Saludable

"Era tal el nivel de obsesión que tenía por la comida que mi cuerpo la rechazaba"

Un grupo de afectadas por trastornos de la conducta alimentaria cuentan su dura y larga lucha contra la enfermedad. Alzan la voz para reivindicar que Sanidad abone sus terapias en centros privados a través del seguro escolar.

Muchas jóvenes con trastornos alimentarios reciben terapia en centros privados.
Muchas jóvenes con trastornos alimentarios reciben terapia en centros privados.
Guillermo Mestre

A sus poco más de 20 años, Carmen, nombre ficticio, relata la dura batalla que ha librado contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) durante los últimos doce. Recuerda cómo empezó a "sentirse mal" con tan solo 10 años, cuando su nivel de perfeccionismo y exigencia la llevaba a buscar el constante reconocimiento de su familia, sus amigos, sus compañeros de clase... "Quería quedar bien con todo el mundo. Pensaba que en el instituto todo iba a cambiar, pero no fue así. El verano de segundo de la ESO adelgacé, la gente me dijo que estaba más guapa y ahí empezó todo", recuerda. "Quise buscar el control a través de mi cuerpo", añade.

Carmen empezó a perder peso, a hacer deporte de manera convulsiva y a ver cómo su organismo reaccionaba vomitando gran parte de los alimentos que ingería. "Era tal el nivel de obsesión por la comida que mi mente hacía que mi cuerpo la rechazara, yo no me provocaba los vómitos", comenta. "Parecía una niña de África, empezaron a pensar que tenía un problema digestivo y me llevaron al médico", añade.

Recuerda esos años como una "montaña rusa" en la que se sucedieron los especialistas, los ingresos, la recuperación temporal de algo de peso y las recaídas. No fue hasta los 18 cuando entró en terapia y "encontré la solución". "Yo creo que hay que comparar la enfermedad con una cebolla. El problema con la comida son las capas de fuera, pero hay que llegar al problema de fondo, al interior", reconoce.

La respuesta la encontró en la Unidad de los Trastornos de la Conducta Alimentaria del hospital Prisma de Zaragoza, donde ha recibido no solo una reeducación del hábito alimentario sino también las herramientas necesarias para "conocerme a mí misma" y "ver la vida de manera diferente". "He aprendido a comer normal, a hacer deporte disfrutando y no estar pensando todo el día en la comida", reconoce.

Ella todavía acude a terapia con otras personas que también han pasado o lo están haciendo por esta enfermedad. Sus nombres, edades y circunstancias concretas cambian, pero coinciden en una sola voz a la hora de exponer los aspectos más generales de la dolencia y sus principales reivindicaciones.

"Es una enfermedad mental"

La docena de jóvenes con un trastorno de la alimentación (anorexia nerviosa o bulimia) que asisten al encuentro con HERALDO lamentan que las tachen de "niñas caprichosas que solo piensan en estar guapas y en la comida" cuando para ellas es una "enfermedad mental". Todas han llegado a la terapia de un centro privado después de sucesivos ingresos en la unidad infanto-juvenil del hospital Clínico de Zaragoza o en los servicios de Psiquiatría de adultos de los diferentes recursos del Salud. "Los servicios públicos hacen lo que pueden con los recursos que tienen. Su atención se centra en ayudarnos en ese momento, que recuperemos peso, pero esa no es la solución. Mi experiencia cuando me hospitalizaron fue horrible. Aprendí las peores ideas de cada una de las chicas", asegura Laura, también nombre ficticio. "Cuando me ingresaron en Psiquiatría recuerdo estar con casos mentales realmente graves. Veía esos cuadros y pensaba: ¿Qué hago yo aquí?", afirma otra.

Evitan contar hasta dónde llegaron por su obsesión con la comida, si la escondían, burlaban los controles o cuántas veces se provocaban el vómito al día. Prefieren que no se "frivolice" con su enfermedad. Ahora no saben lo que pesan y tienen prohibido hablar de kilos, precisamente, para dar esquinazo a la obsesión que las encadenó durante años y que en algunos casos las llevó incluso a pensar en quitarse la vida.

La califican de "enfermedad de la mentira", con ellas mismas –"porque pensamos que siempre tenemos el control" y con nuestro entorno. "Tus padres se preocupan, vigilan que comas, intentan ayudarte, pero muchas cosas se les escapa, les engañas… Solo te puede ayudar un especialista", asegura otra de las asistentes. "La enfermedad llega a destrozar a algunas familias y se pierden amigos, compañeros...", añade otra.

Llega un momento en el que el deterioro físico de algunas es tan acusado que se les retira la regla, las hormonas se revolucionan, los niveles de colesterol se alteran e incluso "sufrimos de osteoporosis", una enfermedad propia de la menopausia en la que se produce una disminución de la densidad de masa ósea.

Unidas para pedir mejoras

Aunque todavía están en terapia, ellas ya se sienten fuertes para poder levantar la voz e intentar luchar por lo que consideran un "injusto agravio comparativo" de las enfermas aragonesas respecto a las de otras comunidades. Han llamado a varias puertas en busca de apoyo, incluida la del Justicia de Aragón, para solicitar que el Gobierno de Aragón abone sus tratamientos en centros privados a través del seguro escolar obligatorio. Así lo hacen otras comunidades y lo hacía Aragón hasta hace 12 años.

Todos los escolares, recuerdan, pagan el seguro escolar obligatorio que garantiza, entre otras cuestiones, una asistencia neuropsiquiátrica completa. Aquella, por ejemplo, que puede afectar a la continuidad de sus estudios. En 2006, el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) ofreció a las comunidades la posibilidad de traspasar la gestión de la prestación sanitaria del seguro escolar y siete, entre las que se encuentra Aragón, la asumieron.

A partir de ese momento, el problema radica en la falta de una "gestión integral" por parte del Servicio Aragonés de Salud del enfermo con TCA. Aseguran que una vez finalizadas las intervenciones de "urgencia" o "primeras hospitalizaciones", se sienten perdidas ante una enfermedad en la que, insisten, es mental y se debe tratar el problema de fondo.

Más de 10.000 euros al año

Una vez terminada esa fase, quedan muchos años por delante de tratamiento. Aseguran que salvo algunos casos "excepcionales" en los que el Salud presta algún tipo de atención médica, los enfermos tienen que acudir a centros privados, cuyo coste en terapias puede ascender a más de 10.000 euros al año. "Normalmente un tratamiento completo puede prolongarse de media unos cuatro años. Hay que trabajar los aspectos que han hecho que la persona enferme", asegura la coordinadora de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria (UTCA) del hospital Prisma de Zaragoza, Laura Andreu.

Para las afectadas, Sanidad utiliza el concepto de hospital de día de manera "poco rigurosa", porque ofrece un servicio de apoyo de estancia breve que, aunque con "buenos profesionales y una enorme experiencia", está muy lejos "de lo que necesitamos". "Queremos que se nos escuche y luchar por aquellas que no pueden pagarse esta terapia", defienden.

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