Despliega el menú
Aragón
Suscríbete

Pirineístas: primeros enamorados

En el siglo XIX, el valle aragonés de Ordesa comenzaba a recibir viajeros que acudían a conocer sus bosques, cascadas y montañas. Su pasión por este entorno se conoció como pirineísmo y fueron los primeros en difundir todas sus bellezas.

Lucien Briet, en la cascada de los Estrechos del río Arazas, a principios del XIX.
Lucien Briet, en la cascada de los Estrechos del río Arazas, a principios del XIX.
Lucien Briet Musée Pyrenéen, Lourdes

El 10 de agosto de 1802, el francés Ramond de Carbonnières subía por primera vez a la cumbre del Monte Perdido y veía desde la cima un valle que se abría, invisible a los que miraban los Pirineos desde la vertiente gala. Ese valle era Ordesa y Carbonnières se prometió volver y descubrirlo mejor. Días antes Carbonniéres había mandado de avanzadilla a dos guías locales para que prospectaran la ruta, y pusieron tanto énfasis en el encargo que se dice que llegaron a la cumbre el día 7, hurtando ese honor a Carbonniéres a quien la historia oficial mantiene, sin embargo, como el primero en subir a Monte Perdido.

La presencia de Carbonnières por Ordesa fue tal que el pico Soum de Ramond, una de las Tres Serols, lleva su nombre. Fue el primer explorador que se adentró en el valle, subió por el Arazas, quedó fascinado ante los bosques de hayas, las gradas de Soaso, las cascadas, los pastos... Carbonnières era botánico por vocación, abogado de formación y político de ejercicio: fue diputado en la primera asamblea tras la Revolución Francesa, participó en conspiraciones, estuvo a punto de morir en la guillotina... ¿Qué hizo que un personaje de una personalidad tan arrolladora y tan metido en su tiempo quedara subyugado por Ordesa, por esos Pirineos que conoció por casualidad desde su exilio político en Barèges? Probablemente lo atrapó la fuerza de este espacio natural, estas montañas y valles que, amados por sus habitantes, empezaban a ser conocidos por los montañeros galos. Carbonniéres, que está considerado el primer pirineísta, escribió tres libros sobre Ordesa que sirvieron de manera fundamental a la divulgación de este espacio.

Veinte años por los Pirineos

Lucien Briet leyó esos libros en la escuela; ya de adulto viajó durante más de veinte años por los Pirineos y, en su amor a Ordesa, fue el primero en hablar de protegerlo como Parque Nacional. Briet es la figura más conocida del pirineísmo, un movimiento nacido entre los aficionados franceses a la montaña, sumándose al amor por las cumbres iniciada por el alpinismo de los amantes de los Alpes, que había comenzado a surgir en esa época.

Este parisino llegó al Pirineo en 1889, asomándose a la brecha de Rolando desde a Gavarnie; al año siguiente, subió al Monte Perdido desde Tucarroya y fue en 1891 cuando vio por primera vez Ordesa. Briet subió y bajó las montañas pirenaicas, recorrió los valles, conoció los pueblos, y todo lo fotografió, realizando cientos de placas, muchas de ellas, de Ordesa. Y escribió su decisivo ‘Bellezas del Alto Aragón’, un libro cuya primera edición, costeada por la Diputación de Huesca en 1913, fue de solo 300 ejemplares, que se regalaron. Será sin embargo, la obra decisiva que ponga a Ordesa en el imaginario popular de todos los amantes de la montaña y la naturaleza más pura y silvestre. El escritor José Luis Acín recuperó estos recorridos en su libro ‘Tras las huellas de Briet: Bellezas del Alto Aragón’ (Prames, 2000).

De Briet se sabe por lo que dejó escrito, pero todavía queda mucho por conocer. En especial, ¿por qué no estuvo en la inauguración del Parque Nacional, donde tanto se le echó en falta? A este respecto, el fotógrafo y montañero Esteban Anía, con más de 20 años de trabajo en la Fototeca de la Diputación de Huesca, recordaba en una reciente conferencia en Zaragoza que el Museo de los Pirineos de Lourdes, donde están depositados los fondos del pirineísta, "apenas ha abierto unas cajas, Briet aún dará muchas sorpresas".

Se dice que los franceses veían los Pirineos desde arriba mientras que los aragoneses, que vivían en los valles como Ordesa, los miraban desde abajo. El ejemplo de Briet, Carbonniéres y otros pioneros del pirineísmo parece ratificarlo y, aunque sus guías eran vecinos de Torla, Tella y otros pueblos cercanos, fueron los viajeros galos los que, desde su posición de élite cultivada y con medios para hacerse oír, más exhibieron su pasión por esos picos y valles.

El hechizo de Ordesa cayó también sobre el topógrafo y presidente del Club Alpino Francés de Burdeos, Franz Schrader, el primero en hacer, en 1874, un mapa de Monte Perdido. Al conocer Ordesa, Schrader la describió como "asistir al segundo día de la Creación". Este bordelés había leído, como Briet, el ‘Viaje al Monte Perdido’ de Carbonniéres, y ‘Grandes ascensiones a los Pirineos’, de Henry Russell, otra tradicional figura del Pirineísmo. Ambos chocarían con una iniciativa de Schader, probablemente primer acto de turismo masivo por el Pirineo:en 1880, se le ocurrió subir a 32 personas a la cima del Monte Perdido. "Aquello fue visto entonces como ahora mandarlos a Marte", explica el investigador Alberto Martínez Embid, uno de los actuales estudiosos del Pirineísmo. "Russell dijo indignado que era una invasión de la montaña", cuenta. Aunque algo así era el séquito habitual del Barón de Lassus, otro insigne pirineísta que recorría Ordesa con cocinero, cura, barbero, pintor, fotógrafo...

Nuevos datos

En los últimos tiempos han salido a la luz nuevos datos con los que "se está revisando la historia del pirineísmo", afirma este investigador que sitúa su punto de partida en 1785, en casa de Antoine de Lavoisier, donde el químico reunía a lo más granado de la ciencia. "Invitó a un joven ‘friki’: Henri Reboul, inventor del eudiómetro (que medía la densidad del aire), al que convencieron para buscar la montaña más alta del Pirineo. En 1787 coincidió en el valle de Estaubé, uno de los pocos sitios desde donde se ve el Monte Perdido desde Francia, con Carbonniéres y fue Reboul –recordado en su país por fundar el Louvre– quien despertó su interés sobre este pico, que había determinado, érroneamente, que era el más alto de los Pirineos", revela Martínez.

Una historia con su primer capítulo en Yellowstone
La creación en España de los Parques Nacionales en 1918 "fue en aquel momento una idea valiente. El sentimiento del conservacionismo se expandía como una epidemia benéfica, y sigue de plena actualidad, por lo que la celebración de esta efemérides tiene todo el sentido", afirma el biólogo Santos Casado, especialista en historia de la ciencia y los movimientos ambientales.

El origen de ese conservacionismo se sitúa en Wyoming, en 1872, cuando el Congreso de Estados Unidos declara el primer parque nacional del mundo: Yellowstone. "Es un parque público, es decir, de todos, y se protege “For the benefit and enjoyment of the people (para el disfrute y el beneficio de la gente)", explica Casado.

"Esa iniciativa de usar la naturaleza como repositorio de salud y bienestar social respondía a una corriente para la recuperación de la vida natural frente al avance de la industrialización y los modos de vida urbanos", dice el experto. Surgen personajes como el escritor H. D. Thoureau y el activista John Muir, impulsor de Yosemite, que el estado de California había declarado parque natural antes que Yellowstone. "Por el origen glaciar de ambos, aunque uno sea granito y el otro calizo, diría que Yosemite es un poco el Ordesa americano, ya que combina cortados sobrecogedores, densos bosques y valles con prados y riachuelos", afirma el experto.

En España

El fervor por la naturaleza y sus efectos saludables aparece en Europa unido a la pasión por el alpinismo y al inicio del turismo. En España, el geólogo y paleontólogo Juan Vilanova, (autor de la primera descripción del hallazgo de un dinosaurio en España: los restos de Iguanodón en Utrillas) es el primero en conocer la declaración de Yellowstone. Casado recoge la anécdota en su libro 'Naturaleza patria' (Marcial Pons, Madrid, página 241):  "Apenas dos años después de que en 1872 se creara el primer parque nacional del mundo en Yellowstone, una región salvaje y repleta de novedosas maravillas naturales en las montañas Rocosas, el geólogo Juan Vilanova se dirigía en Madrid a sus consocios de la Sociedad Española de Historia Natural, reunidos un 6 de mayo de 1874 en uno de sus mensuales encuentros científicos, para leerles una extensa nota sobre las recientes exploraciones de este extraordinario territorio, a raíz de las cuales “el Gobierno de los Estados Unidos tomó una resolucion muy extraña de su parte; la de sustraer á la colonizacion un espacio de terreno de 65 millas de largo por 55 de ancho, reservándolo bajo el nombre de Parque nacional”. Aunque valorase muy positivamente esta notable iniciativa, pues consideraba que había de quedar “como título de gloria para los representantes del gran pueblo americano”, incluso al cosmopolita Vilanova, no dejaba de parecerle 'una resolución muy extraña' la de segregar una porción de territorio para preservarla de la actividad humana."

Costa, defensor de los árboles

Con anterioridad, el regeneracionista oscense Joaquín Costa ya había llamado la atención "sobre la importancia del medio natural, defendiendo a los bosques como patrimonio de la nación y símbolo de orgullo patrio". Otro aragonés, gran estudioso del Pirineo y Ordesa, el geólogo Lucas Mallada, denunciaba "el maltrato al territorio, el expolio, los incendios, la erosión... como causas de la pobreza y decadencia" de aquella España a caballo entre el XIX y el XX.

Volver al Especial Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Etiquetas
Comentarios
Debes estar registrado para poder visualizar los comentarios Regístrate gratis Iniciar sesión