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Aragón
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San Juan de la Peña, carisma del rey

Por
  • Guillermo Fatás
OPINIÓNACTUALIZADA 24/06/2018 A LAS 05:00
Un monumento excepcional. Además de su importancia histórica y monumental, el monasterio de San Juan de la Peña es el panteón más destacado del Reino de Aragón. Es el lugar donde tradicionalmente han descansado los restos de algunos monarcas de origen navarro que reinaron en Aragón, los primeros condes aragoneses, y Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I, junto a sus esposas.
Un monumento excepcional. Además de su importancia histórica y monumental, el monasterio de San Juan de la Peña es el panteón más destacado del Reino de Aragón. Es el lugar donde tradicionalmente han descansado los restos de algunos monarcas de origen nav
Javier Blasco/Heraldo

Tras un desorientador silencio de varios días, el presidente Sánchez recibió a dos untuosos periodistas de TVE. En el primer minuto afirmó que no pensaba adelantar las elecciones; y, aunque con ello negaba de plano su plan previo, los entrevistadores no repreguntaron, sino al contrario: un rápido quite con el manido tópico de Pablo Iglesias alejó al engorroso morlaco.

Y, si en el primer minuto los complacientes entrevistadores evidenciaron el tongo tácito, ya en el segundo dio el presidente una lección de historia sui géneris, al afirmar en tono profesoral que en España hay cuatro ‘comunidades históricas’ (sic): vasca, catalana, gallega y andaluza, los apellidos de cuyos presidentes enunció, por si cupieran dudas. Cuatro, ni más, ni menos. Podría tomarse a risa esta frivolidad, si no fuera porque, sobre base tan endeble, Pedro Sánchez viene postulando la calidad plurinacional de España (una nación con otras cuatro dentro, según se ve ahora), con olvido arriesgado y culposo de la Constitución.

San Juan y el rey de Aragón

Hoy, 24 de junio, Aragón prende los fuegos del solsticio y peregrina a San Juan de la Peña. Como Leire en Navarra u Oña en Castilla, la Peña fue la primera sede simbólica del poder real en Aragón. En simbiosis con los monjes –intermediarios de Dios, entonces su monopolio local–, asentaron en aquel roquedo santo su carismática primacía. Reyes ‘por la gracia de Dios’, la Iglesia bendecía su espada frente al islam enemigo y ungía a su persona sobre eventuales poderes locales o contra los reinos cristianos vecinos, en ocasiones, enemigos políticos del monarca.

El rey, adornado así con un aura sobrenatural, era ‘creado’ como poder prevalente, hegemónico. Ya muerto, reposaba eternamente entre sus muros, en unión de sus familiares y junto a los monjes mismos y sus abades. Allí están, aunque no han podido individualizarse (pero sí adscribirse al linaje), los huesos de los primeros reyes de Aragón, Ramiro, Sancho y Pedro, tres activos jefes de guerra santa, con parte de sus esposas e hijos,

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El sentido del cenobio lo ha sintetizado muy bien Carlos Laliena: «Los reyes del año mil saturaban de carisma su propia figura mediante la realización de largas y costosas peregrinaciones, el intercambio de regalos exóticos, la circulación de mujeres ajenas a las parentelas nobiliarias próximas para forjar alianzas que aumentaban el lustre de la dinastía, y, sobre todo, anudando relaciones muy estrechas con los monjes que custodiaban las reliquias de los santos e intercedían ante ellos por sus patronos». Los monjes, por añadidura, anotaban tales sucesos y convertían así su ‘scriptoriun’ en nuncio de la historia aragonesa.

En 1932, el tremendo lugar impresionó a Miguel de Unamuno: «En un socavón de las entrañas rocosas de la tierra, en una gran cueva abierta, una argamasa de pedruscos se corona con cimera de pinos. En aquella hendidura (...) el santuario medieval en que se recogieron monjes benedictinos, laya de jabalíes místicos, entre anacoretas y guerreros, que verían pasar en invierno, hollando nieve, jabalíes irracionales de bosque, osos, lobos y otras alimañas salvajes. Bajo aquel enorme dosel rocoso sentirían que pasaban las tormentas. Los capiteles románicos del destechado claustro -le basta la roca por cobertor- les recordarían un mundo no de mármol ni de bronce helénicos o latinos, sino de piedra, un mundo berroqueño, en que la humanidad se muestra pegada a la roca y no exenta de ella (...) En aquel refugio, casi caverna, bajo la pesadumbre visual de la peña colgada, se le venía a uno encima una argamasa de relatos históricos, de leyendas».

Esta mañana, el presidente del la Diputación General de Aragón, Javier Lambán, oficiará el reintegro de las regias osamentas a sus antiquísimas sepulturas. Fueron exhumadas para su estudio, que transcurrió en varias fases (en 1985 ya trabajaron algunas Carlos Esco y J. I. Lorenzo, en Huesca). Luego, un equipo de forenses, antropólogos, radiólogos, genetistas e historiadores de la Universidad de Zaragoza, dirigidos por B. Martínez Jarreta bajo estrictos protocolos, ha convertido los huesos en reveladores documentos que merecen tanta reverencia y atención como el más bello códice o el mejor retablo. Ojalá que la publicación no se haga esperar. El Carbono 14 data la ocupación de las tumbas, que restauró el conde de Aranda, al menos desde el siglo IX. Acaso yazgan, pues, allí ancestros anteriores al reino, nacido en 1035. Es un lugar milenario, testigo imponente de la historia de Aragón.

El ritual se hará en compañía de una hermandad religiosa actual, al modo de las del Medievo, que presidida por Félix Longás, lleva el nombre y el emblema de San Juan de la Peña y vela por su decoro.

El presidente Sánchez cree que en España hay cuatro ‘comunidades históricas’ y, además, que una es la vasca y otra, la andaluza. Quizá Javier Lambán pueda invitarlo a San Juan de la Peña y, como doctor en historia, explicarle allí algún día lo más básico del caso.

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