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Aragón

Cubla: un destino laboral forjado con sus propias manos

La cercanía de la sierra de Javalambre y de Teruel  alimenta la esperanza de José Miguel Cortés de vivir del Castillo de Celia, un establecimiento turístico levantado durante 4 años de esfuerzo personal.

José Miguel Cortés, en la terraza del Castillo de Celia, su proyecto turístico y vital, con la sierra de Javalambre al fondo.
José Miguel Cortés, en la terraza del Castillo de Celia, su proyecto turístico y vital, con la sierra de Javalambre al fondo.
Antonio García/bykofoto

"Quería un cambio de vida, con un proyecto personal y que me permitiera vivir en mi pueblo, Cubla". José Miguel Cortés construyó con sus propias manos la casa de turismo rural que le ha permitido acercarse a su sueño de cambiar su trabajo en Teruel por un empleo en su localidad natal. Está a medio camino de conseguirlo. Ha reducido su jornada laboral como mecánico en la capital turolense para centrarse en El Castillo de Celia, un establecimiento turístico que lleva el nombre de su madre y que levantó en sus horas libres. Tiene capacidad para 18 personas en seis apartamentos con espectaculares vistas a la sierra de Javalambre.

La proximidad de la sierra y sus pistas de esquí fueron otros argumentos para volcarse en el sector turístico. El Castillo abrió las puertas en mayo de 2016 después de cuatro años de obras en las que el promotor hizo de albañil, fontanero y carpintero. Hasta codiseñó el proyecto con un amigo arquitecto. "Tengo facilidad para el trabajo con las manos, aprendo deprisa y me gusta", explica este mecánico con vocación hostelera.

Cubla: un destino laboral forjado con sus propias manos

Recuerda que tuvo apoyo de los vecinos, tanto moral como práctico. Le echaron un mano porque en el pueblo se conocen "todos" y también él, llegado al caso, ayuda a sus convecinos. Admite, no obstante, que hasta completar la edificación, llevó un ritmo de trabajo "duro", sin apenas tiempo para descansar. "Dormía dos o tres horas y me ponía a trabajar, fue pesado, pero lo hice con mucha ilusión", aclara.

Se muestra orgulloso del resultado, porque ha puesto a Cubla "en el mapa" del turismo, con una difusión internacional a través de internet y de las redes sociales, dos herramientas promocionales que sigue con atención. Además de lanzar un negocio del que aspira a vivir, ha dado "vida al pueblo".

Su experiencia como hotelero ha resultado más reconfortante de lo que podía imaginar. Por sus apartamentos han pasado cientos de turistas españoles, pero también llegados de los Estados Unidos, República Checa, Eslovaquia y Francia. "Es un trabajo muy gratificante porque me permite tratar y compartir mi tiempo con gente de culturas totalmente distintas de la mía. Es muy enriquecedor, y ha sido un premio añadido. No me lo esperaba, pero ha resultado un aliciente más", cuenta José Miguel entusiasmado.

La proximidad de la sierra de Javalambre con su estación invernal y el observatorio astronómico del Cefca, la cercanía de Teruel capital –a 15 minutos de viaje– y la relativa vecindad de la Comunidad Valenciana hacen del Castillo de Celia un lugar perfecto para disfrutar de las vacaciones en un remanso de tranquilidad pero a tiro de piedra de recursos turísticos de primer orden. Señala que los llenos de la capital turolense en Las Bodas de Isabel y La Vaquilla cuelgan también el cartel de completo en su establecimiento.

Este emprendedor no se queda conforme con ofrecer alojamiento en medio de la naturaleza y programa también actividades de ocio vinculadas a la montaña o que desarrolla en su casa de turismo rural. "La gente agradece mucho que plantee propuestas lúdicas, que, además, son muy bien valoradas en internet", explica. Su proyecto inmediato es una ruta con vehículos clásicos –es propietario de ocho de estas reliquias sobre ruedas– por la comarca.

Una actividad que también quiere potenciar es la observación astronómica. La sierra de Javalambre está catalogada como Reserva Starlight por su nula contaminación lumínica. Es un nicho turístico con posibilidades y ya prepara un curso de iniciación para aprovechar este filón. "Incluso dentro del pueblo, la visibilidad de las estrellas es espectacular", señala.

Pero las inquietudes de José Miguel no se limitan a su incipiente actividad hotelera. Es uno de los socios más activos de la Asociación Cultura El Olmo, que toma su nombre del gigantesco árbol que presidía la plaza del pueblo y que la grafiosis se llevó por delante. Con este colectivo, acondiciona miradores y senderos y ha consolidado una antigua ermita. "Aunque casi todo el pueblo está asociado, otra cosa son los socios activos, que no somos más de media docena", señala. Además de forjar su propio negocio, está empeñado en "hacer cosas por el pueblo". "Estoy enamorado de Cubla y quiero que esté lo mejor posible", dice.

La concentración parcelaria, una mejora para el campo que llega demasiado tarde

Bautista Mínguez es con sus 82 años, 17 de ellos como alcalde, una enciclopedia andante de la vida local. Su buena memoria le permite repasar la historia de Cubla desde el pueblo bullicioso de su infancia a la envejecida y despoblada actualidad. Recuerda que cuando era pequeño había una escuela para niños y otra para niñas con treinta alumnos en cada una, una situación que contrasta con la actualidad de una población sin colegio.

La escuela cerró hace 40 años, recuerda Bautista. El Ayuntamiento consiguió levantar un edificio nuevo para el colegio, pero solo permaneció abierto media docena de años y cerró por falta de alumnos. Los pocos que hay se desplazan a Teruel.

El desplome demográfico afecta a todos los aspectos de la vida local. Cuando en 1914 el agua llegó a Cubla y abasteció un abrevadero para el ganado, medio centenar de mulos acudían a diario a abrevar. "Ahora –explica Bautista Mínguez– solo quedan dos o tres agricultores en todo el pueblo". El municipio tiene 55 residentes censados, pero menos de la mitad viven todo el año aquí. Algunos vecinos se desplazan a diario a Teruel, a 15 minutos de viaje, para trabajar.

La explicación de la emigración masiva desde la década de los cincuenta del siglo XX es calcada en toda la provincia. "La gente se marchó a Barcelona y Valencia porque aquí no había forma de ganarse la vida", resume Bautista. Una economía basada en la agricultura cerealista no podía alimentar a la población. La inminente concentración parcelaria mejorará la rentabilidad del sector, aunque, según el exalcalde, "llega 50 años tarde".

LOS IMPRESCINDIBLES

Una peña emblemática

A las afueras del pueblo se levanta la peña conocida como el Picarzuelo. Cuentan que, durante la Guerra Civil, el corneta se subía encima para que su toque se escuchara más lejos y llegara a todos los soldados acantonados en Cubla.

La Virgen de Loreto

La ermita de la Virgen de Loreto, una de las cuatro que rodean el pueblo, se restauró en la posguerra. Situada a las afueras del casco urbano, había quedado muy dañada tras la contienda, especialmente el pórtico.

Tierra de rayos

En 2009, un rayo causó graves daños en el campanario de la iglesia parroquial. En 2017, otra descarga eléctrica durante una tormenta alcanzó mortalmente a un veraneante cuando circulaba en bicicleta por la vecina Valacloche.

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