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Heraldo del Campo

Una amenaza menos... o más

A partir de finales de este año, estará prohibido el uso al aire libre de tres insecticidas neonicotinoides por su letal efecto sobre las abejas. Los apicultores aplauden la decisión de la UE, los agricultores temen su efecto.

Un apicultor revisa la situación de sus colmenas en una explotación cercana a Fraga.
Un apicultor revisa la situación de sus colmenas en una explotación cercana a Fraga.
Patricia Puértolas

Ya es definitivo. Y cuenta con el respaldo de 26 de los 27 Estados miembros, entre ellos España. La Unión Europea ha decidido dar el paso y prohibir tres insecticidas neonicotinoides (que actúan sobre el sistema nervioso central de los insectos), considerados como la gran amenaza de abejas y los causantes de su declive. Los agricultores tendrán que dejar de utilizarlos al aire libre desde finales de 2018, aunque se permite su uso en invernaderos.

Con el nombre de imidacloprid, clotianidina -ambos fabricados por la multinacional Bayer- y tiametoxam -un producto con sello de Syngenta-, estos pesticidas, con los que se combaten las plagas que amenazan cada campaña a las cosechas de maíz, girasol y colza especialmente, ya estaban sujetos a importantes restricciones desde 2013.

Pero la incansable campaña del sector apícola, la batalla planteada por las organizaciones ecologistas frente a cualquier producto químico dañino para el medio ambiente, y, sobre todo, un nuevo informe publicado en febrero por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) que confirma que la mayoría de los usos de pesticidas neonicotinoides representan un riesgo para los polinizadores silvestres y las abejas de la miel, ha hecho decantar la balanza en favor de la prohibición total.

La decisión, que fue respaldada el pasado 27 de abril por España (que mantuvo en secreto el sentido de su voto hasta el último minuto), Alemania, Estonia, Irlanda, Grecia, Francia, Chipre, Italia, Luxemburgo, Malta, Holanda, Austria, Eslovenia, Suecia, Portugal y el Reino Unido, que recibió el rechazo de la República Checa, Dinamarca, Hungría y Rumanía y contó con la abstención de Bulgaria, Bélgica, Croacia, Letonia, Lituania, Polonia y Eslovaquia, tiene el aplauso de los conservacionistas. También de los apicultores, que festejan la victoria total después de haberse quedado con la miel en los labios cuando en 2013 la Unión Europea puso condiciones al uso de estos productos, pero solo en determinados cultivos.

Para los agricultores es una derrota. La aceptan con resignación, como ya lo hicieron con aquellas restricciones de hace cinco años, pero comienzan a echar cálculos de las pérdidas que tendrán que soportar si no pueden utilizar estos neonicotinoides para salvar sus cosechas de plagas provocadas por insectos. Porque como lamentan los responsables de las distintas organizaciones agrarias -que celebran el éxito de los apicultores- el peso (económico) de esta decisión recae, una vez más, en el bolsillo de los agricultores, ya que son pocas las alternativas a estos insecticidas y las que haya «seguro que serán mucho más caras».

La prohibición de la Unión Europea ha destapado la caja de los truenos. Y el éxito de unos se ha convertido en la preocupación de otros. Los más satisfechos con la decisión de Bruselas son los ecologistas, que llevan años blandiendo informes técnicos para demostrar con datos lo que defienden con palabras. «La ciencia es clara y contundente: los insecticidas neonicotinoides son una gran amenaza. Las abejas no pueden esperar», señalaba el responsable de Agricultura de Greenpeace España, Luis Ferrerim, unos días antes de que se votara en Bruselas el futuro de estos insecticidas. «El Gobierno español no tiene ninguna razón para no apoyar una prohibición», decía Ferrerim y la ministra del ramo, Isabel García Tejerina, le dio la razón alineándose con los países que dieron el sí a esta medida.

Para los apicultores es un alivio. Esperaban esta decisión desde 2013, cuando organizaciones como la asociación aragonesa apícola Arna, lamentaba que la UE no hubiera sido más valiente y en lugar de una moratoria hubiera optado por una medida contundente para eliminar de una vez por todas los neonicotinoides del medio ambiente. Ahí la tienen. Y la aplauden, porque durante años han visto cómo sus colmenas se despoblaban y se reducía drásticamente la producción de miel. Son conscientes de que estos pesticidas no son los únicos enemigos de las abejas, pero están convencidos de que son el principal protagonista del declive de estos insectos polinizadores. Según sus cifras «con los neonicotinoides, están en peligro de extinción el 40% de las abejas, unos insectos vitales ya que son los responsables del 70% de los cultivos de los que nos alimentamos en España». Aún más, recuerdan que la polinización realizada por las abejas melíferas y el resto de los polinizadores es «un servicio insustituible» en los cultivos valorado en más de 22.000 millones de euros en toda Europa.

Eso sí, los apicultores aragoneses reconocen el perjuicio que esta prohibición puede causar a los agricultores e incluso se muestran dispuestos a «ir de la mano» para encontrar soluciones y alternativas «satisfactorias para ambos sectores».

Daños en las cosechas

Para los agricultores, especialmente aquellos que se dedican a la producción de maíz, girasol o colza, y especialmente para los que sus explotaciones están situadas en zonas como el Valle del Ebro, donde tienen que hacer frente a plagas endémicas, la decisión europea ha caído como un jarro de agua fría. Las organizaciones agrarias lamentan la prohibición, que puede causar daños de hasta un 30% en las cosechas. Critican la criminalización de los agricultores a los que la prohibición europea parece culpar «por todos los problemas que afectan a la salud de las abejas», cuando hay informes, destacan los sindicatos, que demuestran que la pérdida de colonias tiene también mucho que ver con factores tan variados como el cambio climático, enfermedades como la varrosis o la nosemosis, o especies invasoras como la avispa asiática. Recuerdan, además, que los productores agrícolas siempre han sido proclives y han estado dispuestos a tomas las medidas necesarias para minimizar el posible impacto de los tratamientos fitosanitarios tanto en el resto de sectores agrarios como en el conjunto del medio rural.

El Copa-Cogeca, el órgano europeo que defiende a los profesionales agrícolas y las cooperativas de la UE- también se ha pronunciado. Valora la labor de las abejas para la polinización de los cultivos y para garantizar la biodiversidad, pero cree que se debería haber dado alternativas y no hacerlo extensivo a todos los cultivos. Con esta decisión «se ha reducido la caja de herramientas de muchos agricultores», dice este organismo, que advierte que la prohibición europea está poniendo en peligro «la misma forma de subsistencia y producción de alimentos».

«No se conoce lo suficiente el efecto de los pesticidas sobre la población de las abejas como para atribuirle a los neonicotinoides toda esta situación», señalan con contundencia desde la organización agraria Asaja, que insiste en que «siempre con el respeto a la abeja», la organización agraria no está dispuesta a dejar desprotegidas a otras áreas «que tienen un importante peso en la producción española». Por eso Asaja, que explica que ya intentó introducir algunas excepciones a esa prohibición, como el caso de la remolacha azucarera o lo cereales «que no son atractivos para la abeja», augura que la desaparición de los neonicotinoides obligará a emplear con más intensidad otras sustancias para combatir las plagas y enfermedades de las plantas.

Pérdidas millonarias

«La prohibición genera grandes incertidumbres a los agricultores que usaban esos productos para luchar contra plagas, que son y seguirán siendo un problema real para la obtención de alimentos», destacan los representantes de UPA.

La organización agraria vaticina que la decisión europea provocará un incremento de costes en el campo, ya que «las pocas alternativas que existan serán más caras». Y, en consecuencia, advierte, el productor deberá asumir un gasto que será muy difícil repercutir en el encarecimiento de los productos, por lo que empeorará la rentabilidad de las explotaciones.

UPA admite que «es una buena noticia para los apicultores», pero demanda a la UE y a los Gobiernos que impulsaron el veto, como el español, «que inviertan ahora en investigación para ayudar al agricultor a buscar sustitutos a estos insecticidas».

Anove ha puesto cifras a los daños anunciados por las organizaciones agrarias. La asociación que agrupa a los obtentores vegetales -también afectados por la prohibición ya que una de los usos de estos insecticidas en el cultivo es aplicarla en la semilla- calcula que la decisión europea supondrá solo en España la pérdida de entre el 7% y el 10% de la cosecha de maíz, o lo que es lo mismo en torno a las 420.000 toneladas, por lo que el sector dejará de ingresar 97 millones de euros. En los cultivos de girasol los daños podrían afectar a unas 232.000 toneladas, que se traducirán en pérdidas cercanas a los 116 millones de euros.

Y si se produce menos, señalan desde esta organización que no está convencida de que la prohibición resuelva el problema de salud de las abejas, será obligado realizar mayores importaciones para satisfacer la demanda actual con lo que se producirá un descenso de la competitividad del sector agrario español y de la economía en general.

Pero, sin duda, la reacción más airada ha llegado desde las multinacionales productoras de los insecticidas. «Un día triste para los agricultores y una mala noticia para Europa». Así titulaba Bayer la nota de prensa que el fabricante alemán remitía nada más conocerse la decisión de la UE de restringir el uso de los neonicotinoides a aplicaciones en invernaderos permanentes.

Bayer asegura que más allá de los costes que esta prohibición supondrá para los agricultores europeos, las restricciones existentes hasta ahora ya han tenido «consecuencias imprevistas considerables». Y entre ellas cita la falta de soluciones alternativas; más aplicaciones en pulverización, lo que genera más emisiones de CO2; un mayor riesgo de resistencias a los insecticidas; y un regreso a productos químicos más antiguos y menos efectivos.

Y el fabricante suizo Syngenta, que se muestra «decepcionado» con la decisión de Bruselas, considera que el documento en el que la Comisión Europea sustenta su prohibición «es conservador y muy alejado de la realidad de la agricultura actual».

El enemigo a vencer «entre todos»

Los neonicotinoides no son los únicos enemigos a batir para garantizar la supervivencia de las abejas. El sector tiene también otros temores. Le inquietan plagas como la varroa, le preocupan las masivas importaciones de miel a bajo precio y les desconcierta el impacto que el cambio climático tiene en la floración. Y a todo ello se suma una especie invasora, originaria de Asia y que llegó a España en 2010. Se llama vespa velutina, pero se le conoce más popularmente como avispón asiático o avispa asesina.

En Aragón no existe la alarma que este feroz insecto ha generado en el norte de la Península, donde se ha extendido por miles de avisperos, pero el sector está en alerta. Porque aunque, de momento, solo han aparecido dos nidos, uno en las Cinco Villas y otro en la Jacetania, los expertos afirman con rotundidad que «tarde o temprano» terminará asentándose en territorio aragonés, ya que «la tenemos en la puerta de casa».

Por eso, y aunque para los humanos su picadura no es más peligrosa, aunque si más dolorosa, que la de una avispa común, el sector insiste en que «es un problema de todos», por lo que solicita colaboración a la ciudadanía para prevenir y poder destruir los posibles nidos de este avispón.

Si los especialistas lanzan ahora esta advertencia es porque con la llegada de la primavera cientos de reinas de avispa asiática dejan su hibernación para comenzar a construir sus nidos. Buscan cobijo bajo bordas, almacenes abandonados, aleros de tejado, en las ramas de los árboles… donde comenzarán a hacer un avispero primario que irá engordando para alcanzar a primeros de junio un tamaño superior a un balón de playa. Es ahora cuándo hay que estar en alerta. Así que sea apicultor o no, viva en el pueblo o en la ciudad, tome nota sobre qué es lo que hay que hacer si se encuentra con uno de estos nidos.

"La avispa es fácilmente distinguible tanto por su tamaño como por su coloración y sus nidos, que no son cera sino de celulosa, se reconocen especialmente por su dimensión", explica Rafael Blanc, presidente de la ADS Apícola número 1 de Huesca.

Eso sí, si se topa con uno de ellos, ni lo toque, ni se acerque, ni lo destruya. Lo único que hay que hacer es llamar a las instituciones pertinentes explicando su forma y su localización. Puede ponerse en contacto con el Servicio de Sanidad Animal y Vegetal, o con el servicio Provincial de Desarrollo Rural y Sostenibilidad, llamando al teléfono 974 29 32 06. También puede dirigirse a cualquier asociación de apicultores, a los agentes de protección de la naturaleza o incluso al ayuntamiento de la localidad donde ha detectado el nido. Lo que no hay que hacer, insiste Blanc, es llamar al 112, «porque se trata de una alerta, pero no de una emergencia y no queremos colapsar o molestar a este servicio por un asunto que no tienen una máxima urgencia».

Y, sobre todo, nunca actúe por su cuenta, ni lo tire, ni lo queme. Los expertos hacen esta advertencia no porque consideren que existe un riesgo para su integridad física, sino porque hay una avispa autóctona -la ‘Vespa crabro’- con la que puede confundirse, y no hay ninguna razón para su desaparición. Por eso, Blanc reitera que si se considera que el nido puede albergar avispa asiática lo único y lo mejor que puede hacer es avisar de su localización. Nada más.

Más información en el Suplemento Heraldo del Campo

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