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Aragón

El día en el que Aragón dijo adiós a su gigante

Fermín Arrudi, el aragonés más alto de la historia, falleció el 2 de mayo de 1913. Se ganó la vida exhibiéndose en multitud de países.

El gigante aragonés, Fermín Arrudi
El gigante aragonés, Fermín Arrudi
Biblioteca Nacional de Francia. Gallica.bnf.fr

“El más grande, el más fuerte, el mejor hecho del mundo entero”. Con este reclamo anunciaban en el país vecino, al otro lado de los Pirineos, la llegada a sus ciudades de Fermín Arrudi, el hombre de Sallent de Gállego que llegó a conocerse dentro y fuera de nuestras fronteras como ‘El gigante aragonés’. Arrudi falleció un día como hoy hace ya la friolera de 105 años. El 2 de mayo de 1913. Desde entonces, no hay constancia de que haya habido en Aragón persona más alta que él y sigue figurando en los registros sobre el tema como la cuarta persona más alta de la historia de España.

En febrero de este año ‘Handia’, la historia de El gigante guipuzcoano, se convirtió en la película española con más premios Goya en su haber. Diez cabezones se llevó el filme. Entre ellos, los de mejor dirección y mejor guión original. Pues bien, Joaquín Eleizegui, el hombre en el que está inspirada, falleció en 1861 a los 43 años y su historia tiene mucho que ver con la de su homólogo aragonés. Como el hecho de que los dos nacieran entre montañas en pequeños pueblos del norte, de que los dos terminaran ganándose la vida ‘exhibiéndose’ de ciudad en ciudad por distintos países, de que los dos fueran recibidos en audiencia por la reina (Isabel II en el caso del guipuzcoano y la regente María Cristina, en el del aragonés) y de que los dos terminasen agotados de la vida pública y retirándose a la tranquilidad de sus verdes valles natales para perecer rozando los 43 años de edad.

El ‘O Chigán Aragonés’ nació el 7 de julio (de ahí el nombre) de 1870. Nueve años después de la muerte de ‘Handia’ (grande en euskera). Según cuentan los periódicos de la época, el sallentino resultó ser un bebé pequeño y no comenzó a sobresalir por su estatura hasta la temprana adolescencia. Entonces, empezó a crecer y nunca paró. De hecho, en 1907, cuando Arrudi ya llevaba una temporada apartado de los escenarios, un cronista de HERALDO que visitaba Sallent de Gállego junto al fotógrafo Gustavo Freudenthal dejó constancia de ello: “Fermín Arrudi, el gigante aragonés, se ríe de nuestra sorpresa. Lo encontramos desconocido. Desde sus buenos tiempos de exhibición ¡ha crecido! Calculen ustedes cómo estará la criatura”.

Según se relata en una edición de HERALDO de 1897, la primera vez que Arrudi se “exhibió” con ánimo de lucro tenía 18 años. “Pesaba 170 kilos, medía una altura de dos metros 27 centímetros y las botas tenían 41 centímetros de largas”, contaban reputados personajes de Zaragoza a los periodistas de la época. El joven se presentó en la capital aragonesa, alentado por vecinos de Sallent, con la intención de darse a conocer…Y vaya si lo logró.

“Quiso que se exhibiese y que la cantidad íntegra que produjese la exhibición la percibiera Arrudi. Merecía la pena porque se trataba de un hombre extraordinario (…) El respetable D. Mariano Royo se ofreció a cubrir el déficit que resultase de la exhibición de su paisano. Son curiosos los gastos que ocasionó exponerle al público: el traje de frac costó 500 reales, los guantes 45, las botas ¡nueve duros! Venía con el pelo de la dehesa y decorarle costó 12 reales sin contar el valor de las navajas estropeadas…”, contaban años después quienes vivieron aquel episodio.

El experimentó tuvo éxito y en tres días ingresaron con la función 2.814 reales. Arrudi hacía demostraciones de fuerza y también tocaba algún instrumento. “El filón estaba encontrado y se comenzó a explotar. El encargado del negocio lo hizo redondo y Arrudi se dijo ‘¡por algo me llamo A-rrudi! Y… se echó a rodar por el mundo”.

En efecto, ya bajo el nombre de El gigante aragonés, Arrudi fue primero a Andalucía y Madrid y después recorrió España, Portugal, Francia, Alemania, Bélgica… incluso varias ciudades de Estados Unidos, Sudamérica y el continente africano, según él mismo narraba. Fue exhibido, incluso, en la Exposición Universal de París de 1900, ciudad en la que había conocido a la mujer que se convirtió en su esposa en 1897.

“Iré con mi mujer y mi hermano a recorrer Cataluña –contaba el propio Arrudi en una entrevista concedida en enero de 1900 a un redactor de HERALDO que se lo encontró en el palco del Teatro Principal de Zaragoza- Más tarde visitaré Argelia y otras poblaciones de África… En mayo iré a la Exposición de París, donde estaré algún tiempo...”.

Si en algo se diferencian las historias del aragonés y del guipuzcoano, es que el primero pudo disfrutar, al fin y al cabo, de una vida acomodada. Sí, se ganó la vida ‘exhibiéndose’ como ser extraordinario, pero disfrutó de cierta autonomía, de la música –cantaba jotas y tocaba decenas de instrumentos- y de la compañía de su mujer. Se calcula que acumuló una pequeña fortuna de 20.000 duros y fue muy apreciado en Sallent por sus aportaciones y obras de caridad. Por el contrario, el vasco de Handia firmó un contrato por el que se pasó años viajando a cambio de que le pagaran todo el tabaco y le dejaran ir a misa a diario. Eso sí, los dos vivieron aquejados, a causa de su gigantismo, de recurrentes dolores de cabeza y de huesos, ya que estos no soportaban su propio peso.

A la muerte de Arrudi, diez hombres portaron el enorme féretro de 2,40 metros de largo y 90 centímetros de ancho. El 3 de mayo de 1913 HERALDO le dedicó estas palabras de despedida al gigante aragonés: "Fue gigante hasta el momento definitivo de su adiós a la vida. Al entrar en el periodo agónico intentó entonar una copla de nuestra jota, nuestro canto bravío, que era su favorito. Descanse en paz".

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