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Un disparo mortal a bocajarro por unas escrituras mal entendidas

El fiscal pide 18 años de prisión para Cecilio Giménez por asesinar al vecino de Épila que le había vendido una cueva. El acusado alega que padece doble personalidad y solicita la absolución.

El presunto autor del disparo, custodiado por la Guardia Civil durante su traslado al juzgado.
El presunto autor del disparo, custodiado por la Guardia Civil durante su traslado al juzgado.
Aránzazu Navarro

La Audiencia Provincial sentará en junio en el banquillo de los acusados a Cecilio G. G., de 52 años, como presunto autor del disparo a bocajarro que acabó con la vida Javier Martínez Gracia, de 57 años, en Épila. El homicida, conocido por el alias de La Carmen, lleva en prisión provisional desde que ocurrieron los hechos, el 3 de febrero de 2017. Pero podría pasar encerrado mucho más tiempo, ya que el ministerio público pedirá al Jurado que lo condene por asesinato y que se le impongan 18 años de cárcel.

Pero, ¿cuál fue el motivo por el que presuntamente el encausado empuñó una pistola y abrió fuego contra la víctima a escasos 30 centímetros de distancia? Según la Fiscalía, Cecilio G. G. reclamaba al ahora fallecido 6.000 euros por las obras que había hecho en el patio de la casa-cueva que le había comprado cuatro años atrás. Al parecer, el presunto asesino había cubierto una zona anexa a la vivienda pensando que en las escrituras quedaba claro que dicho espacio era suyo. Pero cuando le explicaron que no era así y que se trataba de un patio común, la Carmen la tomó con Javier Martínez Gracia, a quien responsabilizaba del malentendido.

Según la acusación pública, obsesionado con el tema, el acusado fue a casa de la hermana de la víctima, en la calle Loriente de Épila. Cuando llegó, sobre las cuatro de la tarde, la mujer se hallaba en la puerta hablando con otras vecinas. Pero al presunto asesino le importó poco, ya que interrumpió bruscamente la conversación para exigirle a gritos los 6.000 € que había invertido en las obras.

La Carmen no atendía a explicaciones y estaba empeñado en hablar con el hombre que le había vendido la cueva. La hermana de Javier Martínez Gracia le pidió insistentemente que se marchara, pero lejos de hacerlo, Cecilio G. G. le dijo que ese día se arreglaría todo porque los iba a matar a los dos. Asustada, la mujer decidió llamar finalmente a su hermano, que acudió allí en cuestión de minutos.

Según la Fiscalía, «ante la presencia del Javier Martínez, el encausado parece calmarse y retoma con el mismo una conversación dialogante que nada hacía prever el fatal desenlace final». Pero cuando el hombre se giró para meterse en casa de su hermana, su interlocutor sacó un arma corta que llevaba escondida y apretó el gatillo. Un primer disparo alcanzó a la víctima en el hombro izquierdo, con tan mala suerte que el proyectil le atravesó una arteria y provocó su muerte por shock hemorrágico. Hubo un segundo disparo, pero este no dio a nadie.

Según los testigos, el homicida huyó enseguida y la Guardia Civil tardó unas dos horas y media en dar con él. Para entonces, ya se había cambiado de ropa y aseado por completo. Cuando los agentes le explicaron el motivo de su detención, Cecilio G. G. negó ser el autor de asesinato y aseguró haber estado toda tarde en casa esperando a un familiar para ir al médico. Cuando declaró después en el juzgado, la Carmen dijo que tenía esquizofrenia y sufría alucinaciones y manía persecutoria. Por todo ello, su abogado, Javier Elía, pedirá al jurado su absolución.

El rastro de pólvora le delató

Por el orificio que causó en la sudadera que llevaba puesta la víctima, la Guardia Civil concluyó que el disparo que mató a Javier Martínez Gracia se hizo con un pistola de tamaño medio o pequeño y con proyectiles de entre 5,56 y 9 milímetros. El arma nunca se encontró, pero el laboratorio de criminalística pudo probar que fue el acusado, Cecilio J. J., quien apretó el gatillo.

La Benemérita tardó dos horas y media en localizar al sospechoso, que para entonces se había lavado y cambiado de ropa (según los testigos que lo vieron disparar contra la víctima). Pero parece que el encausado no se aseó a conciencia, puesto que la prueba de la parafina permitió hallar restos de pólvora en sus manos.

Según los especialistas, la combinación de partículas de plomo, antimonio y bario que se encontró en el cuerpo del presunto homicida solo aparece en personas que han efectuado un disparo con un arma de fuego. La Carmen no tenía licencia de armas, por lo que la acusación particular también le imputa un delito de tenencia ilícita.

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