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Heraldo del Campo

Las dos caras de la sequía

La falta de lluvias también se ha sentido en el sector de la alfalfa deshidratada. Ha reducido su producción, sí, pero también ha impulsado el «mejor tono» mostrado por la demanda nacional. La cruz han sido los precios.

Fabricación de balas de alfalfa en una industria deshidratadora. En Aragón se encuentran 33 de las 72 fábricas que hay por toda España.
Fabricación de balas de alfalfa en una industria deshidratadora. En Aragón se encuentran 33 de las 72 fábricas que hay por toda España.
Aefa

La grave sequía que tuvo que soportar el campo español durante el pasado año también se ha dejado sentir en el sector de la alfalfa. Pero en esta producción los efectos de la ausencia de precipitaciones han mostrado una doble cara.

Durante la presente campaña (termina el próximo 31 de marzo) la producción de alfalfa deshidratada en España se situó, según las últimas previsiones de la Asociación Española de Fabricantes de Alfalfa (AEFA), rondando los 1,45 millones de toneladas, un 10% menos que el pasado año. Un descenso que mira especialmente hacia Castilla y León, donde la «brutal sequía» ha reducido la cosecha a la mitad, pero que ha sido amortiguado por la producción aragonesa, cuya caída se cifró en un 4%, gracias a que el 98% de sus cultivos están situados en tierra de regadío en las que no ha habido restricciones de riego.

Y es que, de la evolución de la campaña de este forraje en España, líder en la Unión Europea, tiene mucho qué decir Aragón, el principal productor nacional y el segundo mundial detrás -aunque a mucha distancia, eso sí- de Estados Unidos. En las casi 80.000 hectáreas que ocupa esta cultivo en la Comunidad se han producido este año 825.000 de los casi 1,45 millones de toneladas, que ha sumado la producción total del país, según las cifras de AEFA, cuya sede se encuentra en Zaragoza.

Pero la sequía también ha sido uno de los protagonistas de la evolución de las ventas de este sector. Y no para mal. Por la ausencia de precipitaciones se explica el «mejor tono mostrado por el mercado nacional», detalla el director de AEFA, Joaquín Capistrós, que matiza que la falta de lluvias ha mermado los pastos en el norte español, obligando a sus ganaderías a adquirir este forraje para aportar alimento adicional al ganado. Y ha sido también la sequía el motivo que ha impulsado las ventas entre los clientes europeos.

Pero con ser positivas estas ventas, la buena marcha de la comercializaciones de la alfalfa mira hacia mercados mucho más lejanos. Sus grandes cifras llegan desde Asia, donde no solo cuentan con mercados estables de alto valor añadido, como los Emiratos Árabes, sino donde el forraje aragonés, y por extensión el español, se está abriendo paso (con más o menos dificultades) convencido de la enorme potencialidad de clientes como China, Irán o Corea del Norte, sin descuidar Arabia Saudí.

A estas dos caras de la sequía -una menor oferta, una mayor demanda- se une una cruz, la que sufren todas las producciones agrícolas, esto es, unos precios «que se han situado a la baja durante toda la campaña», matiza Capistrós. Y eso hace temer, dice el director, que una menor rentabilidad pueda desincentivar al productor y se pierda superficie.

El ligero avance de las ventas en España es bienvenido por el sector que, sin embargo, tiene su gran mercado fuera de las fronteras del país. «Ha sido un buen año», señala el director de AEFA, Joaquín Capistrós, que recuerda que el 75% de la producción española (un porcentaje que se eleva al 80% si hablamos de la aragonesa) se exporta a los más lejanos destinos.

Según las estimaciones de AEFA, durante esta campaña, que finaliza el 31 de marzo, se habrán comercializado en el exterior alrededor de 1,07 millones de toneladas. Una cifra que se sitúa «dentro de la tónica de estos últimos años», puntualiza Capistrós. Eso hablando en general, porque cada mercado ha mostrado este año en sus cifras sus peculiaridades, su potencial y sus dificultades.

En Europa, Francia e Italia son los principales importadores de la alfalfa española. Hasta allí han viajado 57.000 y 55.000 toneladas respectivamente, lo que supone un incremento del 27% y del (nada menos que) 104%. Semejante aumento tiene mucho que ver con los caprichos que el clima, ya que, señala Capistrós, una «fuerte sequía» en algunas regiones italianas ha dejado a las fábricas sin existencias de forraje deshidratado y, por tanto, les ha obligado a incrementar sus importaciones.

La potente demanda árabe

Más allá de las fronteras comunitarias, y sin desmerecer ningún mercado, los productores no pierden de vista las necesidades de Emiratos Árabes Unidos (EAU). Es su principal cliente, al que destinan el grueso de su producción. Lo hacen desde hace ya 18 años cuando los agricultores y las empresas deshidratadoras se encontraron a los importadores de este exótico país llamando a las puertas de su casa en busca de un producto de calidad con el alimentar a su no menos exótica ganadería.

Se estrenaron con unas ventas de 30.000 toneladas. Este año han sido unas 593.000 las toneladas de alfalfa deshidratada (la mayoría con sello aragonés) las que han viajado hasta este país para alimentar a las ganaderías (mayoritariamente) de camellos y dromedarios, pero también de vacuno de leche y de ovino-caprino. La cifra supone un incremento del 6% si se compara con la campaña anterior. Podría parecer escasa, pero el porcentaje no desanima al sector.

«Mantenernos desde hace siete años en cifras de entre las 600.000 y 700.000 toneladas, que representan el 40% de su demanda total de este mercado, es meritorio», dice el director de esta asociación. Más, explica Capistrós, si se tienen en cuenta que en los últimos años han sido numerosos los nuevos proveedores que han entrado en este mercado (Italia, Rumania, Sudán, Sudáfrica, etc.) mientras Estados Unidos, «que hace siete años estaba en nuestras cifras», ha visto cómo sus ventas se reducía a la mitad.

Hay otro mercado, también situado en el entorno del golfo Pérsico, que abre amplias expectativas a los productores aragoneses. La exportación a Irán comenzó en la campaña 2016/2017. Había entonces «contratos muy importantes», explica Capistrós, pero apenas pudieron venderse 15.000 toneladas, porque era necesaria la firma de un protocolo de exportación entre estados que no llegó hasta septiembre del pasado año. Con él documento ya en la mano, las ventas se han duplicado durante esta campaña. «Este país puede ser uno de los destinos importantes de nuestra alfalfa», porque, de momento, solo España es la que exporta y al mayor exportador mundial, EE. UU., le está prohibido el acceso», explica.

La otra cara de la moneda de la demanda árabe la ha protagonizado este año Arabia Saudí, cuyas importaciones han caído un 69%. Los productores no encuentran un motivo claro a este descenso. Creen que tal vez la causa haya que buscarla en las grandes ganaderías de vacuno de leche de aquel país que han comprado grandes extensiones de tierra en Estados Unidos, Argentina o Sudán para producir su propio forraje.

El lento avance asiático

El interés que la demanda china mostró en 2014 por la alfalfa deshidratada española fue entendido por el sector como la gran esperanza blanca. Pero el mercado se está presentando más complicado de lo previsto. Durante la pasada campaña se exportaron al gigante asiático 66.000 toneladas, apenas 2.000 más que el año anterior.

«Es un país ‘colonizado’ por Estados Unidos, que ha sido su único proveedor durante seis años», señala Capistrós. Y no solo por el volumen de las ventas que llegan desde el país norteamericano, sino por las características de la producción, ya que la alfalfa estadounidense es henificada/comprimida por lo que sus características organolépticas son algo diferentes a la deshidratada. «Por eso nosotros tenemos que convencer a los importadores chinos de que aunque nuestra producción no tenga el mismo aspecto, es capaz de producir la misma cantidad y calidad en la leche», detalla. Para eso fue para lo que pusieron en marcha en 2017, en colaboración, un Plan de Promoción en aquel país que está previsto se prolongue hasta 2020.

Y más hacia el este, el sector comienza a confiar en las exportaciones a Corea del Sur, el cuarto importador mundial de forrajes tras Japón, China y Emiratos Árabes. Las ventas a este mercado se han incremento un 110% y aunque en números absolutos la cifra no supera las 21.000 toneladas el sector confía en tener «un amplio recorrido en este país».

Con una menor producción y una buena marcha de las ventas, AEFA estima que el stock en poder de la industria apenas alcanzará unas 70.000 toneladas, «el más bajo de nuestra historia», señala Capistrós, que esta circunstancia debería traducirse en unos mayores precios.

Parámetros razonables para medir la calidad

Los productores de alfalfa aragoneses saben bien lo que es moverse por el mundo. Pero es precisamente esa experiencia lo que les ha enseñado que para abrir las puertas de los mercados internacionales clientes hay que llamar con unos estándares de calidad que sean susceptibles de ser auditados. El problema es que los actuales indicadores de calidad que se manejan en España son muy subjetivos (cuando de lo que se habla es del color del producto) o exigen elementos tecnológicos muy caros y complejos para su validación.

Ante esta situación, el sector tiene la sensación de que su producto tiene una calidad mucho mayor que la que reconocen sus clientes en el exterior. Y quiere demostrarlo. Lo hará a través del grupo operativo para la estandarización de la calidad de la alfalfa, creado al calor del Programa de Desarrollo Rural de Aragón, y del que forman parte la Cooperativa Virgen de la Corona de Almudévar -que actúa como coordinadora del grupo- la Sociedad Cooperativa Agraria San Licer de Zuera, la Sociedad Cooperativa Agraria San Lamberto, la Asociación Española de Fabricantes de Alfalfa Deshidratada, (AEFA). En el también colaboran centros tecnológicos como la Universidad de Zaragoza (a través del Grupo de Sistemas de Información Avanzados del I3A) y el Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA).

Su trabajo se centrará en la especificación de protocolos así como en la identificación de tecnologías que permitan, con costes asumibles, establecer la estandarización y la trazabilidad de la calidad de la alfalfa, explican desde el CITA. Y eso conllevará la necesidad de identificar las disponibilidades tecnológicas actuales y futuras para poder establecer y, posiblemente, incentivar su desarrollo, las líneas de actuación para contar con las herramientas necesarias, matizan los investigadores del I3A.

Tres son los tipos de destinatarios en los que tiene puesta la mirada los resultados del proyecto, explican sus responsables. Servirán a las cooperativas y empresas deshidratadoras que se dedican a la producción de alfalfa que contarán de esta manera con una herramienta de trazabilidad para la calidad de sus productos.

Servirán a los clientes de estas empresas y cooperativas, a los que se podrán facilitar mecanismos de certificación de la calidad del producto que están comprando. Y servirán también a los agricultores que proveen del cultivo, que podrán acceder a un precio justo en función de la calidad del producto que aportan y, de este modo, incentivarles en una mejora de la misma.

Más información en el Suplemento Heraldo del Campo

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