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Aragón

Fortanete: un pan de lujo en un pueblo sitiado por montañas

Por el horno de Fortanete no pasa el tiempo. Todos los productos son artesanos y se cuecen con leña. El alma de este negocio, María Dolores Monforte, quiere conservar la esencia del Maestrazgo.

La historia de María Dolores Monforte es la de muchos habitantes del Maestrazgo turolense, esa extensa comarca natural que encierra multitud de tesoros naturales y pueblos sorprendentes cuyos habitantes luchan día a día por sobrevivir en un mundo que los olvida. En su semblanza asoman el afán de superación y el tesón para resistir en un territorio que pierde población muy a su pesar.

Le hubiera encantado estudiar, ser profesora de Infantil o incluso médico, una profesión que valora enormemente ahora que tiene que cuidar de sus mayores, pero no pudo ser y acabó elaborando el pan para los vecinos de Fortanete, una localidad a más de 1.300 metros de altitud entre montañas cuyas cumbres superan los 1.800 metros de altura.

Fortanete: un pan de lujo en un pueblo sitiado por montañas

En el cálido horno de leña que ahora regenta con su esposo, Victorino Gómez, un lugar envuelto por el suave olor del pan recién hecho y del azúcar tostado de las tortas de manzana, su mente vuela hacia atrás, hasta la masía Casica Blanca, en el paraje de Mercadales, en la que nació y vivió hasta los ocho años, rodeada de naturaleza y tranquilidad, quizá demasiada para su espíritu inquieto.

A diario tenía que caminar durante una hora y media –algo menos si iba en mula– para recorrer la distancia que separaba su hogar de la escuela, en el pueblo. Ahora bien, el colegio le compensaba por todas las dificultades. "El solo hecho de tener amigos y sentir que pertenecía a un grupo, me llenaba de ilusión", recuerda. Y es que en la masía no había más niños que sus dos hermanos. Si acaso, cuando en invierno se hacía el matacerdo o la hoguera de San Antón, fiestas que reunían a las familias de varias masadas próximas, acudían otros chavales de su edad.

Como en el pueblo había "más vida", la familia acabó instalándose en Fortanete. Aún así, en esta pequeña población del Maestrazgo las oportunidades laborales escaseaban y María Dolores pasó su juventud bordando a máquina todo tipo de ropa de hogar y prendas de vestir. Ya casada con Victorino y con dos de los cuatro hijos que tendría la pareja, al saber que se jubilaban los dueños del horno de la localidad, no lo pensaron dos veces y el 2 de enero de 1992 se hicieron cargo del negocio.

"Quisimos dar un futuro mejor a nuestros hijos", afirma con emoción, si bien confiesa que aquella fecha se le ha quedado grabada a fuego, pues su vida cambió, y de qué manera. "Este trabajo es muy esclavo y en un pueblo pequeño –200 habitantes–, al ser esta la única panadería, no tengo siquiera quien me sustituya para disfrutar de unas vacaciones", se lamenta.

María Dolores y su esposo tuvieron que aprender el oficio desde cero. Primero tenían un ‘horno moruno’, en el que la leña arde dentro de la cavidad hasta que se alcanza la temperatura deseada para cocer el pan. Después, modernizaron la instalación, pero la leña ha seguido siendo el combustible que produce el calor necesario para dorar la masa.

A cambio del esfuerzo, María Dolores puede estar orgullosa de elaborar unos panes y unos dulces de gran calidad y con el sabor de antaño. Todo, absolutamente todo, se elabora a mano cada día con el único secreto "de levantarse a las tantas de la madrugada para que las cosas estén listas a su hora". El pan se hace con masa madre y levadura de pastilla preparada el día anterior para darle tiempo a que fermente, "como se hacía hace un siglo", dice.

También su ‘harinoso de manzana’, una torta típica de Fortanete rellena de esta fruta, se hace siguiendo una antigua receta del pueblo y lo mismo ocurre con  las magdalenas, los mantecados y todos los productos que vende en su panadería, por la que se diría que no ha transcurrido el tiempo. "Nos pasamos la noche trabajando y luego queda la mañana para despachar el pan", destaca. Para poder sobrellevar este ritmo de trabajo, se acuestan a las diez de la noche y una siesta después de comer, siempre que sea posible, no sienta nada mal.

Sin ir a la playa

"Solo libro el domingo y en 26 años he tenido vacaciones dos o tres veces, siempre en octubre", relata. Lo que más le duele es no haber podido ir con sus hijos, cuando estos eran pequeños, "a tomarme una ‘coca-cola’ o un día a la playa". "Se pierde vida", confiesa. Le entristece pensar que la dedicación que exige su trabajo le hizo perder "hasta a los amigos".

La suya es también una llamada desesperada para que las Administraciones frenen la sangría de la emigración en los pueblos pequeños. "Piensan que el turismo es suficiente para dar vida a estas localidades y no es así. Los turistas vienen unos días en Semana Santa y un mes en verano, nada más". María Dolores advierte de que en Fortanete y en la comarca "se acaban los niños, y la gente no viene más que en agosto". "O invierten en estos pueblos o el Maestrazgo se va a perder", vaticina.

Casonas palaciegas de sillares de piedra que despiertan el interés del turismo

El casco histórico de Fortanete no pasa desapercibido a los turistas que, camino de la playa, hacia las pistas de esquí, o de veraneo en la comarca del Maestrazgo se detienen en esta pequeña localidad montañosa. En él se conservan varias casonas palaciegas levantadas en los siglos XVI y XVII que hablan del auge que el municipio tuvo en aquella época, la misma a la que pertenecen el edificio de la Casa Consistorial y la imponente iglesia.

Muchas de estas casas solariegas están habitadas durante los meses veraniegos por sus propietarios, lo que ha evitado su ruina, como destacan desde el Ayuntamiento de Fortanete. No ocurre lo mismo con otro edificio noble, la Casa del Marqués de Villasegura –antiguo cuartel de la Guardia Civil–, de propiedad municipal y construida en el siglo XVI, que precisa de una urgente restauración para frenar el deterioro tanto del tejado como de su estructura.

Estas casas, con fachadas de sillería y mampostería que incorporan interesantes elementos decorativos propios de otros siglos, dan belleza a las calles de Fortanete.

El GR-8, un gran sendero europeo que une cinco comarcas de la provincia de Teruel

Si de algo puede presumir Fortanete es, sobre todo, de su paisaje. Quien quiera disfrutar a fondo de él no tiene más que ponerse las zapatillas deportivas y, ayudándose de un bordón, recorrer con calma el tramo del sendero GR-8 que cruza su término, plagado de barrancos y sierras y, en primavera, de extensos campos de rojas amapolas destacando sobre el verde del cereal.

El GR-8 es un sendero de gran recorrido que discurre por la provincia de Teruel. Arranca en los Puertos de Beceite, donde enlaza con el GR-7, y termina en la localidad de Villel, punto en el que se une al GR-10. Forma parte del Sendero Europeo E-7, que va desde Idanha a Nova (Portugal) hasta Nagylak (Hungría).

Así, en su trayecto turolense, con una longitud de 400 kilómetros, el GR-8 vertebra cinco comarcas: Matarraña, Bajo Aragón, Maestrazgo, Gúdar-Javalambre y Comunidad de Teruel. Es fácil suponer la variedad de paisajes que el caminante encontrará, a cual, más impresionante. Los saltos de agua, los nacimientos de ríos, las extensas zonas boscosas o las montañas agrestes, son solo algunos de los alicientes que ofrece este paseo por la naturaleza.

LOS IMPRESCINDIBLES

Zona arqueológica

En un cerro de la localidad se encuentran los restos del Castillo del Cid, fundado en época musulmana. Se conservan paños de gruesas murallas articulados por torreones y el hueco que ocuparía alguna escalera de madera.

El valle de Fortanete

La vista descansa al mirar al amplio y verde valle de Fortanete, con pinos, sabinas, y grandes extensiones de pastos en las que es fácil ver a las reses alimentándose. No en vano, la ganadería es uno de los puntales económicos.

La historia de un pueblo

Los siglos XVI y XVII marcaron un hito en la historia de Fortanete. A ellos pertenecen los edificios más representativos y los palacios que jalonan las calles y en cuyas fachadas se colocaron los escudos de las familias propietarias.

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