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La Rona: "Primero no me dejaban participar, y luego fui la presidenta de los gitanos de Aragón"

Pilar Clavería, La Rona, fue la primera mujer que dirigió una asociación gitana. Hoy, con 71 años, sigue presidiendo la Federación de Asociaciones Gitanas de Aragón.

Pilar Clavería, la Rona, en la sede de la Federación de asociaciones gitanas de Aragón (FAGA)
Pilar Clavería, la Rona, en la sede de la Federación de asociaciones gitanas de Aragón (FAGA)

Con 71 años, diez hijos, 16 nietos y una bisnieta, la Rona sigue yendo a trabajar cada día. Pilar Clavería puede ser la gitana más conocida de Aragón. Fue la primera mujer presidenta de una asociación gitana (la Asociación de Promoción Gitana de Zaragoza), elegida en 1990 y reelegida varios mandatos. Hoy continúa como presidenta de la Federación de Asociaciones Gitanas de Aragón (FAGA), y forma parte del Consejo Estatal del Pueblo Gitano y de la junta directiva de la Federación de asociaciones de mujeres gitanas Kamira.

La Rona acude a diario a la sede de FAGA, en el paseo del Canal de Zaragoza, donde se imparten cursos de formación para los que hay lista de espera. "La situación del pueblo gitano ha cambiado mucho, a mejor, pero aún quedan cosas que reivindicar. Aún hay problemas de vivienda, prejuicios contra los gitanos, paro", afirma. Por su despacho aparece gente cada día que busca su consejo, su ayuda o su mediación. Su voz es muy respetada en la comunidad gitana. En los últimos treinta años, como representante de su comunidad, ha recorrido mercadillos, despachos de políticos, poblados chabolistas, escuelas, las Cortes de Aragón y hasta el Congreso de los Diputados.

Pilar nació accidentalmente en Moyuela (Zaragoza), porque su padre era tratante de ganado y estaba trabajando allí. Vivió su infancia en Azuara, donde fue al colegio "y tenía muchas amigas payas". De niña le empezaron a llamar 'la Rona' . Después sus padres se trasladaron a Zaragoza y ella empezó a trabajar con 16 años sirviendo en una casa. A los 19 años se casó y a los 20 se quedó embarazada de su primer hijo. Años después, con diez hijos, comenzó su camino en el asociacionismo.

La Rona fue pionera en un mundo de hombres, y los inicios no fueron fáciles. "A mi casa venían amigos de mi marido a tomar café y hablaban de cosas de la asociación. Al principio no me dejaban participar, pero poco a poco yo iba interviniendo y daba mi punto de vista. Después me propusieron como vocal. Y luego me eligieron presidenta. Algunos no querían que una mujer les liderase, decían que iba a romper la cultura gitana. Pero eran una minoría, y poco a poco me fui ganando el respeto de hombres y mujeres. He ayudado a todos", cuenta.

Desde el principio, la vivienda, la educación y la visibilidad de la mujer fueron sus principales campos de batalla. "La mujer gitana es muy trabajadora y muy luchadora, pero no se le veía. Quería visibilizar a las mujeres, que dieran un paso adelante, que salieran a trabajar", apunta. Acompañó a muchas a sacarse el carné de conducir para que pudieran trabajar en los mercados (ella misma se lo sacó aunque no conduce). Ayudó a muchos hombres y mujeres a inscribirse en el paro, a pedir pensiones o becas a las que tenían derecho pero desconocían los trámites.

La Rona vivió en los años ochenta en la Quinta Julieta, un poblado a las afueras de la ciudad en el que llegaron a residir más de 200 familias gitanas. Se trataba de un proyecto piloto -y fallido- del Ayuntamiento de Zaragoza dentro de un plan de erradicación del chabolismo. "Aquello era un gueto. Estábamos abandonados, sin servicios, sin limpieza. En unos carteles ponía 'programa experimental'. Luchamos mucho para que aquello se desmantelara y nos dieran viviendas dignas. Los niños iban a la escuela puente, un colegio solo para gitanos. Siempre he peleado para que nos mezcláramos y tuviéramos los mismos derechos", recuerda.

El absentismo y el abandono escolar de la población gitana se han reducido mucho en estas décadas, pero aún hay una gran brecha. El 75% de los gitanos no acaba la ESO en España. "Muchos chicos jóvenes no quieren seguir estudiando cuando llegan al instituto. Eso me da pena. El sistema falla si no consigue atraer y formar a estos chicos. Hay referentes gitanos, como abogados, maestros, policías, pero falta que sean más conocidos. Me gustaría que todos los niños gitanos estudiaran, que vean que pueden optar a todos los trabajos", reflexiona.

Ahora vive en Utebo con su familia, después de que les desahuciaran de su piso en la calle Lugo, en el barrio de La Paz. "Vino la crisis y no podíamos pagar la hipoteca", resume. "Yo sigo trabajando todos los días por el pueblo gitano, siempre como voluntaria". Ella no cobra ninguna pensión y su marido, que fue peón de albañil, una de 700 euros.

En su mesa en la sede de FAGA despliega una carpeta con recortes de periódico que recogen muchos años de lucha: por el rastro de Zaragoza, por la convivencia, por la vivienda, por el reconocimiento del rito gitano del matrimonio... "La Agustina de Aragón me decían", se ríe. En el pasillo le esperan para hablar con ella.

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