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Aragón

¿Hamburguesa o bocata de calamares?

El bocadillo de calamares tan típico de Zaragoza se disputa la primera posición con las hamburguesas de los 'garitos' de siempre.

Bocadillo de calamares del 'Calamar Bravo'.
Bocadillo de calamares del 'Calamar Bravo'.

Un hilillo de salsa picante se abría paso por la comisura derecha de sus labios y amenazaba con derramarse sobre la camisa blanca impoluta. Había puesto la corbata a buen recaudo en el bolsillo de la americana en cuanto sintió la imperiosa necesidad de recordar viejos tiempos en los que aún no vestía traje. Y allí estaba, acodado en una mesa alta del bar de la calle Cinco de Marzo, dando cuenta de un apetitoso bocadillo de calamares ante una cerveza bien fría.

Todavía era un niño y ni siquiera conocía Zaragoza cuando le explicaron que este modesto tentempié accesible a todos los bolsillos era todo un símbolo en la ciudad. Fue su padre, quien rememoraba sus tiempos en la mili y el ritual de pasear por el centro con parada obligada en el Tubo para comerse un delicioso bocata del popular cefalópodo cortado en anillas, rebozado y frito. Todo un manjar en comparación con el rancho. "Cuando vayas a Zaragoza, no te olvides de comerte un bocadillo de calamares –le recomendaba su progenitor–. Es como si vas a París y no visitas la torre Eiffel".

Años después, ya haciendo vida de estudiante en la capital, fue él mismo quien aplacó el hambre muchas noches de sábado peregrinando al pequeño local de la calle Moneva, número 5, antes de que el Ayuntamiento ordenara la demolición del edificio tras declararlo en riesgo de ruina inminente. A veces, él y sus amigos aguardaban eternos minutos en la cola para conseguir el preciado bocadillo, que degustaban en las escalinatas próximas de la calle Sanclemente. Allí trazaban los planes para una noche de diversión que se aventuraba larga. Y bromeaban sobre los beneficios del aceite de la fritura del calamar para proteger el estómago ante la que se avecinaba...

Inmerso en sus pensamientos ‘calamarísticos’, le entró la duda de si se mantenía o no la tradición en la familia. Así que wasapeó a su hija, que ya llevaba varios años atrapada en la adolescencia y, por tanto, desconocía sus gustos a la hora de calmar el estómago en sociedad: "¿Cuál es tu bocata preferido cuando sales con tus amigos?". Tras los primeros mensajes de sorpresa, "papá, ¿has bebido?, ¿a qué viene esa pregunta?", llegó por fin la respuesta: "Yo siempre propongo ir al Calamar Bravo o al de al lado, pero se suele imponer la hamburguesa". "Me lo temía", pensó el padre, mientras se agolpaban en su cabeza una serie de teorías conspiranoicas sobre los efectos de la comida basura en el devenir social de los aragoneses. Pero su hija no había acabado: "Así que aprovecho cuando vienen los amigos del pueblo y nos damos un festín de bocadillos de calamar. ¡Están riquísimos!", sentenció. El hombre esbozó una sonrisa de victoria al descubrir que su estirpe seguía optando por los bocados de mar y amistad. Y, acto seguido, una mueca de pánico asomó a su rostro al ver cómo el hilillo de salsa picante se depositaba sobre su inmaculada camisa.

Las hamburguesas llegaron a finales de los 50 para quedarse

Pocos bocados como la hamburguesa representan en Zaragoza los cambios a lo largo del tiempo de sus gentes y costumbres. Por la influencia de la base americana, la capital aragonesa fue de las primeras de España en adoptar este bocata que ejemplifica como pocos la globalización y, a la vez, se adapta a las costumbres más acendradas e intransferibles de los zaragozanos. Desde aquel ketchup casero del Nevada a los nuevos y sofisticados aires ‘gourmet’, la hamburguesa es pura historia popular de Zaragoza.

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