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La Sotonera: el buen yantar que cumple medio siglo

La Venta del Sotón, a la vera del pueblo de Esquedas, cumple este mes cincuenta años de existencia con la familia Acín al frente y se plantea nuevos retos, sin perder de vista su tradición.

En la cocina de la Venta del Sotón, en Esquedas, se cuidan todos los detalles.
La Sotonera: el buen yantar que cumple medio siglo
Laura Uranga

En La Venta del Sotón se come bien. Muy bien. Eso se sabe; no solamente en la zona, sino en toda España. Situado en la entrada al pueblo de Esquedas desde la carretera que une Huesca con Ayerbe, cumple este mes medio siglo de existencia, siempre con la familia Acín al frente. El abuelo León primero, sus hijos Jesús, Luis y Lorenzo después y su nieta Ana ahora; al frente del negocio desde el año 2000, la benjamina de la saga ha sabido mantener la impronta del restaurante y, al mismo tiempo, conducirlo hacia nuevos retos.

"Nosotros somos de Huesca. Mi abuelo León compró la gasolinera en 1964 –precisa Ana– y puso a trabajar a sus hijos con él. Ofrecían un servicio integral de puesta a punto para los coches y la gente empezó a sugerirle que diera algún servicio de comida, porque hasta Puente La Reina no había nada. Pensaban en bocadillos, pero finalmente se les ocurrió montar un asador y compraron el terreno contiguo".

La Sotonera: el buen yantar que cumple medio siglo

Ana recuerda que la idea tomó forma en una servilleta. "Alberto, primo hermano de mi abuelo, dibujó nuestra gran chimenea, las mesas y la barra. Se inspiró en las del Alto Aragón, pero pensó en hacerla de un tamaño suficiente para comer dentro de ella. Lorenzo, mi padre, era el más chistoso y estaba en la barra; mi tío Luis se encargaba de la brasa y mi tío Jesús, en las mesas. Mi abuela cocinaba guisos tradicionales, el ajoarriero le salía buenísimo, y el pollo al chilindrón. Y no quiero olvidarme de mi bisabuela, que estuvo al pie del cañón hasta los noventa años, ayudando en todo".

Los Acín vieron enseguida una oportunidad para marcar diferencias en la zona. En 1969, dos años después de la apertura, empezaron a hacer bodas y a meter algo más de riesgo en la carta. "Los clientes –señala Ana– les enseñaron mucho; como viajaban, les sugerían probar cosas nuevas, vinos... en mi casa, la calidad siempre ha estado por encima de todo; mi padre me lo inculcó, junto a la idea de trabajar con cariño y pensar siempre en cómo querrías ser tratado tú".

Famosos en acción

Personalidades políticas aparte, incluyendo jefes de Gobierno, Ana recuerda de manera especial a tres famosos que se fueron muy complacidos de su negocio. "Shakira se comió casi media carta… venía de visitar Loarre, llegó a las 16.45 y preguntó humildemente si todavía podía comer. Recuerdo que llevaba una gorra gigante y chándal; estaba muy contenta por el anonimato. Me dijo que le gustaba muchísimo comer, y que hacía un montón de ejercicio para poder disfrutarlo. También fueron muy amables Ridley Scott y Orlando Bloom en el rodaje de ‘El reino de los cielos’, se hicieron fotos con todo el personal. Y Moncho Borrajo me ilustró un plato, que conservo con mucho cariño".

Ana Acín estudió psicología y periodismo, además de realizar un máster en dirección de empresas en San Luis (Missouri). Cuando regresó a España, su padre Lorenzo le pidió que estuviera un año en casa para ver si le convencía el oficio. Por desgracia, murió poco después, en 2002, y su hija tuvo que tomar las riendas antes de lo previsto. Un reto que, gracias a su ética de trabajo, superó a la perfección.

No vale cualquier cosa

Ana es la presidenta de la asociación Jóvenes Restauradores de España, institución que recoge la pujanza de una nueva generación. No obstante, sus máximas fundamentales en la gerencia están arraigadas en las enseñanzas recibidas de sus mayores. "Nuestra obligación es que el que viene coma bien y a gusto. No vale cualquier tipo de género, ni de tratamiento, ni de servicio, desde el personal de limpieza a los camareros o la cocina. Preferimos los toques clásicos en el servicio, y eso no implica rigidez, simplemente no perder las formas. Calidez y la distancia correcta en el mismo gesto".

El equipo de Lorenzo siguió con Ana hasta hace tres años. "El antiguo jefe de cocina se jubilaba y traje a Eduardo Salanova, que estudió en la escuela San Lorenzo de Huesca e hizo prácticas en Echaurren y A Poniente. Para apoyarle llegó su segundo, Ismael Cano, y la jefa de pastelería, María Baixauli: ambos han trabajado con Quique Dacosta. La meta que nos hemos marcado es la estrella Michelín: siempre hemos trabajado como si la tuviéramos, y es innegable que te da una relevancia inmensa. Tenemos nuevos proyectos, estamos buscando personal para alguno de ellos".

Ana puntualiza que la relación de La Venta del Sotón con Esquedas es impecable. "La gente viene a comer y luego se da una vuelta por el pueblo: otras veces bautizo en la iglesia, que por cierto tiene un ‘Padre Eterno’ atribuido a Goya, y vienen aquí a comer… nos retroalimentamos. Estamos muy agradecidos al pueblo, siempre han estado ahí cuando los hemos necesitado, y nos aguantan la fiesta cuando hay banquetes los sábados".

La impresionante colegiata de Bolea es monumento histórico–artístico nacional desde 1983

En la cabeza del término municipal de La Sotonera está Bolea, visita de obligado cumplimiento para los amantes del arte. Situado sobre un promontorio, el pueblo tiene en su punto más alto la colegiata de Santa María, monumento histórico–artístico nacional desde 1983. La construyó Pedro de Irazábal entre 1541 y 1559, sobre el antiguo templo románico del siglo XII. Su mayor tesoro son los retablos, especialmente el del altar mayor. Combina escultura y pintura y se compone de 20 tablas pintadas al temple y 57 tallas en madera policromada. Destacan las pinturas realizadas por el conocido como Maestro de Bolea, que presentan novedades en el arte pictórico español de la época: hay influencias flamencas e italianas, como la expresión del sentimiento de los personajes, el dominio del espacio y de la perspectiva, la iluminación o el sombreado. Resulta especialmente excepcional el colorido, en amplia gama de rojos y verdes, totalmente original. No hay que olvidar la relevancia de otros dos retablos del templo, el de San Sebastián y el de Santiago, amén de la majestuosidad del coro y el órgano.

Siete núcleos de población y nuevas mejoras en la comunicación por carretera

El municipio de La Sotonera, llamado así por el río Sotón que lo atraviesa, está compuesto por los pueblos de Aniés, Bolea, Esquedas, Lierta, Plasencia del Monte, Puibolea y Quinzano, y abarca una superficie de 165 kilómetros cuadrados. Todas estas localidades se unieron en la década de los 70 y 80, aunque hay dos precedentes más remotos. En 1845, Puibolea se unió a Lierta, y en 1965 Aniés se unió a Bolea. En 1970 hubo un intento fallido de Puibolea para segregarse de Lierta y unirse a Bolea. Finalmente, en 1973 se llevó a cabo la fusión de los cinco municipios que quedaba: Bolea, Esquedas, Lierta, Plasencia del Monte y Quinzano.

Una de las principales necesidades a la hora de agilizar las conexiones entre los siete núcleos es la mejora de las carreteras comarcales, demanda antigua que recientemente tuvo una respuesta positiva en forma de asfalto: un nuevo tramo de 3,3 kilómetros entre Bolea y Puibolea. La Diputación Provincial de Huesca ha invertido más de 625.000 euros en esta obra, que ha mejorado un trazado sinuoso, de pavimentación deficiente y ancho insuficiente, que sufría además problemas de drenaje debido a los barrancos que lo cruzan.

LOS IMPRESCINDIBLES

‘Hanami’ antes de comer

La primavera nipona tiene en esta práctica (veneración de la belleza de las flores, especialmente la del cerezo, ‘sakura’ en japonés) uno de sus alicientes. Los campos de la apreciada cereza de Bolea han albergado esta actividad.

La Virgen de la Peña

Esta espectacular ermita de origen románico y actual interior barroco se encuentra en Aniés. De fácil acceso, a pesar de lo recóndito de su localización, su visita suele combinarse con la del cercano castillo de Loarre.

Defensor del aragonés

Natural de Bolea, el investigador y cronista Agliberto Garcés dedicó buena parte de su vida (murió nonagenario, en 2002) a narrar los aconteceres de la vida de la zona en lengua aragonesa, además de recopilar miles de vocablos locales.

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