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Aragón

Huevos más sanos de las gallinas más felices

Entre matorrales y tierra habitan las aves ponedoras de la granja ‘Huevos la brizna’, una iniciativa empresarial que se ha abierto paso en la localidad turolense de Villel.

El avicultor Miguel Ángel Armengod delante de una de las casetas hechas con barro.
El avicultor Miguel Ángel Armengod delante de una de las casetas hechas con barro.
Antonio García/Bykofoto

Siguiendo los apostolados del biólogo japonés Masanobu Fufuoka, la granja de gallinas felices que ha puesto en marcha Miguel Ángel Armengod en la localidad turolense de Villel es biosostenible al cien por cien.

Las 200 aves ponedoras que en una primera fase ha adquirido picotean a sus anchas entre los matorrales que crecen en la finca y entre perales y manzanos recién plantados. Las dos edificaciones que se levantan a la entrada de la hacienda siguen las consignas de la bioconstrucción, mediante el uso de paja, barro y madera; materiales del entorno, e incluso los baños son sostenibles, con la presencia de inodoros secos. «Si la granja fuese abandonada en un futuro y los edificios desapareciesen, no supondrían apenas impacto en el medio natural», asegura el empresario, justificando la filosofía de su proyecto.

La marca con la que Miguel Ángel Armengod -un arquitecto técnico reconvertido en avicultor- comercializa su producción, ‘Huevos la brizna’, viene a ser un homenaje al biólogo japonés, que hizo célebre una frase en la que se resumía su ideología: la revolución de una brizna de paja, algo así como el uso de un método natural para obtener cosechas sin manipulación agrícola (sin labrar ni remover la tierra).

Al lado de la granja, Armengod ha sembrado patatas en plan experimental siguiendo los pasos del procedimiento que defiende el japonés. Es una plantación testimonial, dice, para comprobar si en un clima tan extremo como el de Teruel también es posible este tipo de sistema de cultivo.

La granja produce desde el pasado mes de diciembre huevos englobados en la categoría de camperos, bajo la que se clasifican los obtenidos con gallinas alimentadas con pienso y hierbas del campo y cuya distribución en la explotación avícola es de una proporción de 9 aves por metro cuadrado.

Confía, no obstante, en que a lo largo de este año hayan concluido los largos trámites administrativos que debe cumplir para comercializarlos dentro del grupo de alimentos ecológicos. Un total de 6 gallinas por metro cuadrado y una alimentación plenamente natural son algunos de los requisitos que debe completar el empresario para obtener la certificación que le permitirá vender los huevos en el mercado de los productos ecológicos.

El negocio, cuya producción actual gira en torno a 200 huevos al día, incluye un centro de clasificación -el cuarto de estas características que se abre en la provincia de Teruel-, a través del cual son seleccionados por tamaño y peso. «Esto ofrece un campo más amplio para la comercialización», razona el avicultor. Los planes futuros de Miguel Ángel Armengod pasan por construir cuatro edificios más para albergar hasta 2.000 gallinas, una iniciativa que requiere mucha más inversión y que prefiere acometer por fases por razones principalmente económicas.

De entrada, ya tuvo que desembolsar unos 30.000 euros para iniciar su proyecto de carácter familiar, que, según especifica, se ajusta a su filosofía vital. «Queremos saber lo que comemos y este tipo de producción es la que lo garantiza. Al mismo tiempo con este negocio nos adaptamos a la tendencia creciente del consumidor responsable con su salud y bienestar a través de la alimentación», aclaraba.

Terrenos sin cultivar

Además de la adquisición de las aves, el empresario tuvo que comprar parte de unos terrenos yermos, sin cultivar desde hacía más de 30 años y ubicados cerca del camino del santuario de la Fuensanta. También fue necesario alquilar otros al Ayuntamiento para materializar su proyecto, en un lugar, según indica, en el que el frío y el calor son fácilmente soportables.

‘Huevos la brizna’ se pueden encontrar en buen número de establecimientos de alimentación de la ciudad de Teruel y de algunos pueblos. Más adelante, cuando la producción haya crecido lo suficiente, el avicultor pretende dar el salto a otras vías de comercialización.

Las gallinas felices, unas aves de plumaje marrón y mirada inquietante, salen y entran a su antojo del edificio de barro donde beben, ponen sus huevos y duermen en los aseladeros (los clásicos palos). Cuando los frutales crezcan, también podrán picotear el néctar de aquellas frutas maduras caídas del árbol. La caseta de barro y paja les da cobijo por la noche y en la horas más calurosas del día. En este idílico rincón de la provincia de Teruel, las aves ponedoras permanecerán año y medio entre árboles y arbustos. Después, cuando su periodo de puesta haya concluido, irán directamente al matadero.

Más información en el Suplemento Heraldo del Campo

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