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Cuando la mala racha se prolonga demasiado

Desahuciados, peleados con sus familias o parados de larga duración. Muchos de quienes comen en el Carmen o duermen en el Refugio no se explican cómo han llegado a esta situación.

Vanessa Bergasa, en el ropero de la sede de Amasol (Octavio García Burriel, 2).
Vanessa Bergasa, en el ropero de la sede de Amasol (Octavio García Burriel, 2).
Raquel Labodía

Ruth tiene apenas 6 años y en su última carta a los Reyes Magos pidió un trabajo para su mamá. Sus Majestades de Oriente le han hecho caso solo a medias porque ahora su madre limpia escaleras en distintas viviendas pero su salario no le da para cubrir las necesidades básicas. De hecho, se ve obligada a pedir subvenciones para pagar el agua y la luz, aunque –al menos– Ruth ya no tiene que hacer los deberes apenas iluminada con unas velas.

Esta es una de las tristes escenas que se dan en los 30.000 hogares aragoneses que recurren a subvenciones para costear alquileres o, incluso, medicinas. Las ayudas de urgencia (que tardan unos dos meses en llegar) facilitan el día a día de familias en situación de vulnerabilidad: el Ingreso Aragonés de Inserción (IAI) alcanzó en marzo su récord de perceptores (7.500 beneficiarios) y la petición de ayudas del Consistorio de Zaragoza crecieron un 14% y alcanzaron a 5.300 familias atendidas.

Los hay que no se explican cómo han acabado devorados por la crisis y se culpan a sí mismos de una "mala racha" que parece eterna. El trabajo psicológico de los empleados sociales es vital para deshacerse de los estigmas y tratar de recuperar una confianza sin la que no se puede romper el círculo vicioso de la pobreza. "Nuestro único objetivo es desaparecer, ojalá dejen de necesitarnos", dice Vanessa Bergasa, que trabaja con familias monomarentales vulnerables, cuyo número se ha disparado en los últimos años.

"Tenía familia, trabajo e, incluso, en verano me iba unos días de vacaciones", cuenta Fabio, junto a una enorme mochila a las puertas del comedor del Carmen. "Un mal día se torció mi estrella y he acabado pidiendo caridad", dice, al tiempo que se felicita de, al menos, estar acogido y no dormir en un cajero. Solo en Zaragoza medio millar de personas pernoctan a diario en centros de acogida o al raso, en asentamientos que se van desmantelando bajo el Huerva o en el Camino del Vado.

Algunos de los transeúntes han sido desahuciados, otros están peleados con la familia y los menos se ven lastrados por alguna adicción. Pocos los que quieren contar su historia, pero sí dan alguna pista: "Nunca piensas en que puedes acabar así, pero un mal día te metes en un lío y...".

"Confío en la recogida de la fruta. Desde que perdí el IAI no tengo nada"

"Confío en la recogida de la fruta. Desde que perdí el IAI no tengo nada"

Miguel Ángel Ballarín, zaragozano de 48 años, representa como pocos el perfil de parado de larga duración. Desde 2011 no tiene un trabajo fijo aunque ha ido "haciendo algunas chapucillas" para poder sobrevivir. Hace unos meses perdió la prestación del Ingreso Aragonés de Inserción y se encontró desamparado y sin ningún recurso. Para no acabar en la calle acudió al Refugio, donde "al menos duermo, tengo ducha y puedo comer caliente". Ballarín, que tiene experiencia en el sector de la construcción y también en el de la seguridad, confía en que la campaña de recogida de la fruta le salga algún empleo para poder aliviar su situación. De las casi 500 personas que han pernoctado en lo que va de año en las instalaciones de Crespo Agüero el 20% son aragoneses.

"Estamos desbordadas. Nunca antes habíamos tenido tanta demanda"

La Asociación de Madres Solas comenzó a funcionar en el año 2000 y siempre había podido atender a todo el que llamaba a su puerta. Este año, sin embargo, ha tenido que cerrar la entrada a nuevas familias. "La situación es dramática y no damos abasto", dice Vanessa Bergasa, trabajadora social de Amasol, que cuenta con casi 700 socias y unas 60 mujeres en lista de espera. Superar la vulnerabilidad no es sencillo porque "una ayuda no es la solución: hace falta un trabajo integral, incluso psicológico, para reorientar a las personas al mercado laboral hacia sectores del trabajo que permita estabilizar ingresos". En Amasol precisan personal para atender nuevos casos, sobre todo, porque las familias monoparentales han aumentado en pocos años y muchas están en riesgo de exclusión.

"Tuve que vender el coche y me quedé sin un sitio donde dormir"

Alfonso López pasa la noche en el albergue de transeúntes porque hace cuatro meses vendió su coche y ya no tiene donde cobijarse. A sus 55 años, este bilbaíno está aquejado de una "enfermedad seria" y confía en que cuando le den cita hospitalaria –retrasada por problemas de empadronamiento– pueda volver a tomar la medicación que necesita, fortalecer sus defensas y tener una nueva oportunidad. "He trabajado durante mucho tiempo de camarero en distintos bares y locales de Castellón", explica, por lo que quizá en verano pueda desplazarse a la costa para probar suerte en los chiringuitos. A Alfonso le llama la atención "la cantidad de gente joven, chavales de apenas 20 años, que "por meterse en líos o discutir con la familia" tienen que recurrir a los servicios del Refugio.

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