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Dignidad frente a desigualdad

Al conmemorar hoy el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, debemos ser conscientes de que las sociedades del siglo XXI han de superar los errores del pasado y construir un futuro en el que se aúnen la libertad y la igualdad.

El 27 de enero es fecha de recuerdo y de aprendizaje. Tal día como hoy, en 1945, la llegada de las tropas aliadas a Auschwitz descubrió al mundo el horror de los campos de concentración y exterminio diseñados por el totalitarismo nazi. En 2005, la Asamblea General de Naciones Unidas declaró esta fecha como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Desde 2010, Rolde de Estudios Aragoneses y Amical de Mauthausen organizan el acto central en Aragón de esa celebración. Esta tarde el palacio de la Aljafería reunirá a representantes de colectivos que sufrieron la deportación y exterminio por razones étnicas (los pueblos judío y gitano), y también tendrán presencia aquellos que pagaron por ser distintos o por pensar de forma diferente al discurso dominante, basado en la xenofobia, la eugenesia y la homofobia.

Cada año, un lema preside este Día Internacional. El de 2016, ‘El Holocausto y la dignidad humana’, vincula el recuerdo de aquel doloroso trance con la valía de todas las personas, así como el derecho de estas a vivir sin discriminación y a gozar de igual protección ante la ley (algo consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos y que, por desgracia, sigue siendo hoy día una asignatura pendiente).

Dignidad es la palabra. Una vez más, se escucharán los ecos de aquellos que, tras haber combatido al fascismo en España y sufrir el exilio tras la Guerra Civil, fueron considerados apátridas y atacados en su dignidad, pero nunca despojados de ella. Como José Puy, aragonés de Estadilla, que sobrevivió a Mauthausen, cuya experiencia testimoniará esta tarde su nieto Juan Alberto, al igual que alumnos y alumnas del IES Cabañas de La Almunia de Doña Godina darán cuenta de sus reflexiones al respecto.

Suena a manido hablar del valor presente del conocimiento y la crítica del pasado, de la importancia que sus enseñanzas tienen para las nuevas generaciones. Es un lugar común decir que la historia es un arma de futuro. Pero, como la peor forma posible de superar un problema es ignorarlo, no nos sustraemos a insistir en ello. Tenemos la obligación de ‘pensar históricamente’, en idea acuñada por Pierre Vilar. Este hispanista francés, historiador de raíces marxistas con profundo sentido crítico, denunciaba de qué forma el siglo XX, que recorrió en su biografía, nunca supo encontrar el equilibrio entre libertad e igualdad; manifestaba cómo las ideologías dominantes en la centuria habían sacrificado a la una en aras de la otra. Ese es el reto de nuestro siglo XXI: aprender de los errores, resolver ese debate, ahondar en las libertades contrarrestando un fantasma, el de la desigualdad, que bajo múltiples formas condiciona la convivencia.

Una desigualdad creciente entre el Primer y el Tercer Mundo, pero también dentro de nuestras sociedades occidentales (en la civilizada Alemania, cuna de Gutenberg, Kant y Beethoven, se gestó hace más de noventa años, no lo olvidemos, el nazismo a lomos de la desigualdad). De la desigualdad se alimentan los discursos de odio del populismo neofascista, el miedo al otro, la arrogancia frente a quienes huyen de guerras cebadas por esa misma desigualdad. Quienes manejan el timón de la economía atendiendo solo a las cuentas de resultados, quienes presiden gobiernos haciendo oídos sordos a esos mensajes de alarma, quienes desde su búnker creen poder solucionarlo todo mediante muros de contención, quienes firman tratados y compromisos vacíos sin conexión con la realidad, quienes contemplan con displicencia iniciativas como las del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, basadas en principios de igualdad social y oportunidad económica para inmigrantes… deberían tomar nota.

En la base de todo, debemos creer, porque toca, en una sociedad culta, educada en valores, con derecho a indignarse como manifestación elemental de dignidad, que sepa dotarse de herramientas frente a la desigualdad, consciente de un pasado que, ni inocente ni culpable, solo es testigo de hechos que nunca, bajo ningún concepto, deben volverse a repetir. Demos, pues, una oportunidad al optimismo.

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