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Aragón

Victoria de Primera

El Real Zaragoza se impone al Almería por tres goles a dos en un partido sensacional. Cabrera dio el triunfo en el tiempo de descuento. También anotaron Wilk y Ángel.

Jorge Díaz recibe una entrada del almeriense Fatau.
Jorge Díaz recibe una entrada del almeriense Fatau.
alcorta/ navarro

El encuentro de ayer en La Romareda fue un partido entre candidatos al ascenso a Primera, unas elecciones primarias si se quiere decir así, habida cuenta de que la liga no ha hecho si no empezar y en el largo trayecto que Real Zaragoza y Almería deben cubrir hasta el próximo mes de junio pueden suceder muy diversos episodios.

En todo caso, ambos dieron ayer muestra de quienes son y, sobre todo, de quienes quieren ser en esta competición. Nadie se guardó nada. El choque resultó vibrante, entretenido, apasionante, con alternativas en el fútbol y en las ocasiones y con dos conjuntos que no cedieron en su empeño por ganar.

La natural prudencia de los minutos de tanteo la rompió el Almería con un disparo peligroso cuando se alcanzaba el primer cuarto de hora. Allí se abrieron las hostilidades, y el Real Zaragoza buscó sus opciones de adelantarse en el marcador. Wilk avisó de modo serio con un disparo duro y seco desde la frontal del área, balón al que Casto respondió con esfuerzo. Los saques de esquina, que en años previos fueron jugadas inocentes, empezaron a cargarse de peligro. Amenazaron Rubén y Cabrera, hasta que Wilk encontró el remate preciso, limpio. El gol era una consecuencia del empuje local, de un empeño y una voluntad.

Sin embargo, los beneficios del gol de Wilk no los pudo aprovechar el Real Zaragoza como esperaba. El Almería reaccionó enseguida. En dos minutos puso el encuentro donde estaba: en las tablas y en una trabajada igualdad. A la salida de un córner, Morcillo marcó desde dentro del área. Quizá Bono pudo hacer algo más en ese lance. Pero no despejó con fuerza. El balón, suelto dentro del área, tuvo el destino más o menos común: el castigo a quien falla. En todo caso, el golpe no hizo mella en la voluntad de los futbolistas de Ranko Popovic, que siguieron empleándose con seriedad en la búsqueda de otras ocasiones. En el remate de un córner, Ángel envió el esférico al larguero, cuando Casto ya estaba superado. El suerte se puso en este caso del lado andaluz y privó al bloque aragonés de una nueva ventaja.

Serio, ordenado, con pulmón y energía, el Real Zaragoza acaso presentó más batalla de la que esperaba la escuadra entrenada por Sergi Barjuán. Por momentos, el encuentro tuvo el ropaje y el contenido de una categoría superior.

Miguel Ángel Corona, con mando de operaciones absoluto, no encontró las vías por las que llevar a sus hombres de vanguardia a las inmediaciones de Bono. En este aspecto, la defensa aragonesa funcionó con precisión, cerrando espacios y líneas de pase. Cuando no, se interpretó de modo medido la práctica del fuera de juego. Por segunda jornada consecutiva, los dos centrales, Mario y Cabrera, estuvieron a una gran altura. También sobresalió el trabajo del polaco Wilk, que tuvo músculo para todo, para cerrar, marcar de cabeza y disparar con peligro.

Cuando las dinámicas del partido condujeron a las ofensivas locales, los hombres de arriba, por su parte, supieron crear espacios o jugar al primer toque, tanto si el desarrollo del juego iba por una banda o por la otra. Pedro aportó las soluciones conocidas. Jorge Díaz, del que no se tenían referencias, hizo lo propio por el flanco opuesto, con Ángel siempre flexible.

En el periodo de descanso, ninguno de los técnicos quiso realizar movimientos, señal inequívoca de que los dos equipos estaba funcionando como preveían los generales de campo y síntoma, asimismo, de respeto al rival.

Por el lado aragonés, esta posición era de esperar. El Almería es un recién descendido y no ha perdido las hechuras con las que ha competido en la élite durante unas cuantas temporadas. En Sergi Barjuán, esta postura llamó más la atención, porque se intuyó que no tenía todas consigo.

En la reanudación, Quique adelantó al Almería en una jugada de contragolpe; pero luego respondieron de modo soberbio Ángel y Cabrera, para abrir un sonado festejo de La Romareda.

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