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Música de 'Candilejas' para un número muy emotivo

El mago trabajó seis horas al día durante más de tres años para fabricar los aparatos y trucos con los que ganó el premio.

Javier Antón y su hija, en 1985, en el número que les valió el Campeonato Mundial.
Javier Antón y su hija, en 1985, en el número que les valió el Campeonato Mundial.

Hay magos que intentan conseguir un Campeonato Mundial a lo largo de toda su vida y no lo logran. Javier Antón ganó el Campeonato Nacional en 1984, al primer intento y casi sin haber actuado frente al público. Al año siguiente probó el Mundial... y volvió a ganar. Lleva contadas las representaciones del número que le dio tanta gloria: 18, ni una más, ni una menos.

"Las dos primeras fueron en el Campeonato de España –señala–, la del concurso y la gala de premiados. La tercera, en Televisión Española, la cuarta en un congreso de magos que se celebró en Playa de Aro y la quinta en el ‘Un, dos, tres’. Sexta y séptima fueron las del Mundial, concurso y gala de premiados. Las cinco siguientes, en Alemania, luego hice dos en Montecarlo ante la Familia Real, una en Holanda, una en Bélgica, otra en Francia y la última en Inglaterra. Y me vine a España".

El triunfo le abrió las puertas del mundo. Y, ¿cómo era el número ganador? Para entenderlo hay que remontarse a mediados de los 60, cuando Javier Antón, que ya había actuado en espectáculos benéficos junto a un amigo, decidió dejar los escenarios y concentrarse en el negocio familiar. "Vi que todos repetíamos los juegos de siempre y tenía la sensación de no estar aportando nada. Empecé a tener otro concepto de la magia –recuerda ahora–, estudié teatro, música, luminotecnia...". Fue una labor sorda, de años, hasta que diseñó el número con que volver al escenario.

Era una pequeña obra de teatro. Al subir el telón, aparecían un mendigo en un banco y una niña con un gato blanco. La niña –Ana, la hija de Javier Antón–, se acercaba al mendigo y este, queriendo congraciarse con ella y tras evocar al gran ilusionista que una vez fue, empezaba a fabricar prodigios: hacía desaparecer el gato; con sus dedos, ‘robaba’ luz de la farola; convertía una jaula de palomas en un acuario con 45 peces dentro; con un simple pase, cambiaba a la niña de vestido; convertía una papelera en una fuente con varios caños de agua; hacía reaparecer el gato dentro de la farola; y, finalmente, tras acostarse en el banco y cubrirse de periódicos, cuando la niña iba a despedirse de él y empezaba a retirar los papeles... descubría que el mendigo había desaparecido.

Todo el número se acompañaba de la música de ‘Candilejas’ y de la del poema sinfónico ‘Así habló Zaratustra’ de Strauss, y la iluminación se había calculado al milímetro. Al acabar el número rodaban las lágrimas tanto entre el público como en el jurado. Pero llegar allí no fue fácil. Hubo un enorme trabajo previo. Antón fue el primero del mundo, por ejemplo, que ‘cogió’ luz con los dedos. Lo hizo diseñando su propio sistema, con una diminuta bombilla de despertador y una pila de reloj pegados a las yemas.

"Antes de presentarme al Nacional, cuando acabé el guión de lo que quería hacer, alquilé un sótano y, con la ayuda de Antonio Rosales, estuve trabajando en los trucos durante tres años. Nos metíamos allí todos los días de 9 de la noche a 3 de la madrugada, salvo domingos y festivos, que estábamos de 9 de la mañana a 3 de la madrugada. Fabricábamos todos los aparatos y comprobábamos su efecto; si no estábamos satisfechos, vuelta a empezar. Sudábamos a chorros, incluso en invierno; nuestras chanclas chapoteaban en charcos de sudor".

Lágrimas por el triunfo

Y todo ese trabajo prácticamente a ciegas, sin saber si gustaría, si sería entendido. "Creía que ese era el modo de hacer magia, que había que esforzarse en poner en escena una pequeña obra teatral en la que los números se encadenaran de forma natural. Pero la verdad es que tenía muchas dudas de si no era una locura todo aquello. Unas semanas antes de competir en el Nacional me enviaron un vídeo de un chico de 20 años del que se estaba hablando mucho en Norteamérica. Y fue una inyección de energía porque teatralizaba sus números, hacía lo mismo que yo creía que se debía hacer". Era David Copperfield.

Tras su actuación en el Nacional, el presidente del jurado se puso en pie y rompió a aplaudir. Javier Antón se echó a llorar. Llevaba más de 20 años siendo un mago ‘oculto’, sin actuar en público; era un desconocido para todo el gremio. "No he llorado más en mi vida, ni incluso cuando al año siguiente gané el Mundial. Porque en aquella actuación se sintetizaban 30 años de estudio y más de tres de duro trabajo. Me di cuenta de que había acertado".

Lograr el Campeonato Mundial cambia la vida de un mago y le supone una lluvia de contratos por todo el mundo. Javier Antón no quiso entrar en esa dinámica y regresó a su Zaragoza natal. Hoy mira hacia atrás sin acritud. "Mis padres, el negocio familiar... No sé. Hasta ahora no me he arrepentido de haberlo dejado. Si hubiera seguido, habría sido más famoso y hubiera ganado mucho más dinero, pero no sé si hubiera sido más feliz".

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