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Aragón

Guerra de letras

El móvil pitó anunciándome una entrada a la altura de la plaza del Pilar. Junto al Ebro todavía estaba discurriendo como redactar el microrrelato para el concurso. Soñé con mis letras en el Heraldo y de tan absorto, fui incapaz de descifrar el contenido del mensaje a la primera. Parecía proceder de un destinatario desconocido y tras husmear un poco leí en la pantalla “Monterroso”. Mi estupefacción fue máxima. No me extrañó lo que ocurrió después. Las letras saltaron de mi cabeza para perderse entre las baldosas; dispuestas a pegarse en suelas de zapatos y cuerpos con historias que contar. Me habían declarado la guerra porque mi corazón no sonaba a nueces recién cascadas sino a saxofón rasgado y eso les daba risa. Las vi girarse muy engreídas, sacarme la lengua y hacerme momos con los dedos sobre la nariz. Era su forma de decirme que jamás pasaría de aprendiz del maestro. Así que arrugue el cuento, aunque me temo que si lo estás leyendo es porque se me escapó volando.

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