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Aragón

Sabina se exprime al máximo en una noche eléctrica de espíritu anticrisis

Seis mil espectadores jalearon al ubedano en el pabellón Príncipe Felipe, ante la emoción genuina del homenajeado. El concierto se alargó más allá de las dos horas, con cinco bises y un rosario de éxitos.

Público heterogéneo, entusiasta y pintón en las sillas de pista: menudearon los bombines y las sonrisas
Público heterogéneo, entusiasta y pintón en las sillas de pista: menudearon los bombines y las sonrisas
Guillermo Mestre

"En mi casa solo se oye buena música, por eso no suenan nunca discos míos, pero un día Panchito -Varona- me puso un whisky, empecé a oír ‘19 días y 500 noches’... al tercer whisky no me pareció tan malo, y un rato después ya lo situaba entre el ‘Sgt. Pepper’ de los Beatles y la novena sinfonía. Por eso me atreví a montar esta gira, recordándolo, quince años después". Solamente Joaquín Sabina es capaz de echarle tanta jeta a un discurso en mitad de un concierto. Solamente Joaquín Sabina tiene la certeza de que ese discurso –que puede y suele afilarse mucho más– será recibido con sonrisas cómplices y aplausos encendidos. Lo sabe, se pone a prueba y gana siempre. ¿Ayer? También.

Hace un cuarto de siglo, más o menos, Joaquín Sabina dejó de ser un artista de masas para convertirse en un icono viviente. El público está siempre rendido de antemano, cosa que le preocupó en su día y que agradece ahora con una mirada de brutal honestidad, que diría Calamaro. Las pantallas del pabellón Príncipe Felipe mostraron varias veces en primerísimo primer plano los ojos de un hombre que ha asumido las huellas de su propia historia y sigue maravillado cada noche con la respuesta que obtiene de su público: un clamor corregido y aumentado en cada etapa.

Sin sobresaltos de ningún tipo, con su proverbial buen humor en solfa y un punto extra de cariño hacia la tierra que pisaba, el ubedano ofreció en Zaragoza un concierto redondo, respaldado por el bandón que le acompaña; el dúo dinámico –Varona y De Diego–, la guitarra de Jaime Asúa y la voz de Mara Torres son la columna vertebral de un sonido impecable. El arsenal de recursos escénicos de su jefe y amigo hizo el resto. La gira ‘500 noches para una crisis’ repasa el disco antes citado, y el resto del repertorio se trufa de grandes éxitos. La intro, con Marlene Dietrich cantando ‘Lili Marlen’, dio ayer paso a un ‘Ahora que’ gobernado magistralmente por la eléctrica de Antonio García de Diego. La puesta en escena estaba presidida por unas cortinas rojas a lo ‘Twin Peaks’: en la pantalla central, los primeros planos de los músicos se alternan con un montaje basado en dibujos y garabatos del propio Sabina.

El segundo plato fue ‘19 días y 500 noches’, esa historia que compara la duración de un amor con los peces de hielo de un whisky ‘on the rocks’. Luego, ‘Barbie Superstar’ –con Jaime Asúa, ex guitarrista de los añorados Alarma, metiendo riffs del ‘Cocaine’ de Clapton– puso al respetable en modo navegador por las calles de Madrid, escenario mutante que tantas veces se convierte en bajorrelieve de un montón de historias relatadas por su bardo andaluz favorito. Josemi Sagaste, saxo de la banda, es de Ejea: salió a escena con un kilt escocés, y Sabina no se resistió a remangárselo un poco para enseñar que, en este caso, no se cumplía la leyenda que acompaña a esta prenda: el cincovillés se había protegido del frío y de las posibles bromas.Lágrimas, risas y amigos

Enseguida surgiría el Sabina cronista, el del monólogo travieso y confesor, que conecta con una de sus piezas más logradas: ‘La Magdalena’, con Mara Torres encarnando –y dando réplica al cantor– a la prostituta de la canción. Fue el primero de muchos momentos dibujados para poner a trabajar los lacrimales: la combinación de esas letras geniales con la ambientación adecuada y las teclas del piano hicieron enmudecer a las 6.000 personas que habían pagado entrada, y a los centenares de invitados o currantes que les acompañaron. Muy grande.

Sabina tiene buenos amigos en Zaragoza, y una alforja llena de recuerdos de todo tipo, que naturalmente incluye los inconfesables. En la grada estaba uno de esos cómplices suyos, Luis Alegre, a quien saludó con afecto desde el escenario: también se acordó de un cuasimaño, David Trueba, con quien dijo compartir ese singular amor que le cogen muchos ‘foranos’ a Cesaraugusta. Y puso el concierto al trote: dos horas largas con paradas técnicas para la nostalgia y acelerones intensos que dulcificaron el tránsito de los fieles a sus respectivas realidades.Cinco bises, ovación y mutis.Sabina, el hombre de verde, triunfó.

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