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La venta del tesoro

"Les recomiendo que lean la historia en las páginas centrales de ‘La venta de Mirambel’, la novela que dio a la imprenta Baroja en 1931".

A mediados del siglo XIX, los paisanos de Mirambel comenzaron a llamar venta del Tesoro a la que quedaba extramuros de la población. Al menos, así lo indica Pío Baroja que, barajando su capacidad de creación literaria con presumibles toques de tradición popular, dedica una veintena de páginas de una de sus novelas de ambiente aragonés a explicarnos por qué se escondió en esa posada "un saco con monedas y varios objetos de oro y de plata", entre los que habría "algunas piezas artísticas de mucho valor" que alcanzarían precios muy altos en el mercado negro de antigüedades, en Valencia.

Los hechos –si realmente sucedieron– deben situarse en 1840. Cuando las tropas liberales tutelaban la comarca, una partida de cinco carlistas (y una rubia) huía con la pretensión de unirse, más allá del Ebro, a las fuerzas de Cabrera. Pasaron una noche en la venta de Mirambel, pretendiendo hacerlo de incógnito. Pero cayeron en una trampa y, tras ocultar el tesoro con el que viajaban, fueron denunciados. Los liberales apretaron el gatillo, matando a tres de ellos y capturando a dos, que fueron enviados a prisión. Entre ellos el que "hacía de jefe", un tal Navarrito, que "tendría ya de veinticinco a treinta años, era moreno, cetrino, curtido por el sol, con las cejas espesas y bajo ellas unos ojos negros, brillantes, como de animal salvaje".

El propietario de la venta (Pitarque le decían) y un hombre sin escrúpulos y exsecretario de pueblos de la zona (don Cayo), fueron los delatores. No les movió idea política alguna, sino la pura avaricia. Calladamente, ellos dos desenterraron el botín. Poco después –entre rumores nunca probados– comenzaron un meteórico ascenso social y económico. "De todo aquello se habló mucho y con gran misterio en el pueblo", apostilla Baroja.

Durante ocho años, el Navarrito tachó los días del calendario en el presidio de Ceuta. Poco antes de que mediara el XIX reapareció por Mirambel, "viejo, canoso y sombrío"... pero también con ganas de recuperar sus perras. Navarrito picó una y otra vez sin éxito en la antigua venta, que ya había cambiado de manos y "se había convertido en un almacén de paja y carros". Ató cabos y, tras enterarse de la muerte de don Cayo, centro todas sus sospechas y su ira en Pitarque.

Acertó Navarrito al intuir la jugarreta que le había gastado años atrás.

Al final, no queda vivo ni el apuntador. "Les recomiendo que lean la historia en las páginas centrales de ‘La venta de Mirambel’, la novela que dio a la imprenta Baroja en 1931".

Por cierto, entre Mirambel y la Cuba hay un alto del Oro, pero es otra historia que les contaré cuando logre enterarme del todo de lo que oculta el topónimo. En todo caso, no se hagan muchas ilusiones porque el franciscano aragonés José Antonio Hebrera y Esmir ya escribió al final del XVII que "en la tierra en que se cría oro, no nace yerba que aproveche, flor que divierta a los ojos, recree al olfato, ni fruta que arrebate el gusto".

O sea, que mejor no hacerse rico.

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