Aragón

El Aragón que inmortalizó Cervantes

Se cumplen 400 años de la publicación de la II parte de ‘Don Quijote de la Mancha’, que tiene muchos escenarios y vínculos aragoneses: el Ebro, Pedrola y el palacio de los duques, Alcalá de Ebro y la Ínsula Barataria, Sansueña o el soldado de Ibdes, Jerónimo de Pasamonte.

El Quijote’ está envuelto en enigmas. Una de las preguntas que, tantos años después, seguimos haciéndonos es: ¿estuvo Miguel de Cervantes (1547-1616) alguna vez en Zaragoza o en Aragón? No se sabe con certeza, aunque se dice a menudo que en el invierno de 1568, cuando huía de Madrid tras agredir a un hombre, pernoctó en el palacio de los duques de Villahermosa, gobernado entonces por Martín de Aragón y Gurrea, aficionado a la poesía y a las bellas artes. Cervantes, según esa hipótesis, acompañaba al cardenal Giulio Acquaviva, camino de Roma. Luego su vida le llevaría por distintos lugares y acabaría, convertido en superviviente manco más que en héroe, en la batalla de Lepanto (1571) y de recluso en Argel.

Nos detenemos un instante en Lepanto para recordar otra conexión aragonesa: allí coincidió con el soldado Jerónimo de Pasamonte, que había nacido en Ibdes (Zaragoza) en 1553, al que luego criticará en la primera parte del ‘Quijote’ (1605). Este, que redactó su autobiografía, se vengaría con la redacción del ‘Quijote apócrifo’, firmado por Alonso Fernández de Avellaneda y publicado en Tarragona en 1614, un año antes de la aparición de la segunda parte del ‘Quijote’ en 1615. Quería tomarle la delantera del éxito. ¿Son Avellaneda y Pasamonte la misma persona? Para Martín de Riquer, y algunos más, sí: anunció la teoría en 1969 y la concretó en 1988 en el volumen ‘Cervantes, Passamonte y Avellaneda’ (Sirmio). Este es otro de los misterios cervantinos: ha hecho correr ríos de tinta. Y sigue haciéndolo.

Los pies en Zaragoza

Hace no demasiado tiempo, Antonio Sánchez Portero, estudioso bilbilitano, publicó un libro –‘Cervantes y Liñán de Riaza. El autor del otro Quijote atribuido a Avellaneda’ (2012)– donde afirma que el toledano Pedro Liñán de Riaza, afincado en Calatayud, sería la máscara real de Avellaneda, quien, a la postre, también resultaría decisivo en la continuación de la novela. Cervantes le hace decir a su héroe que, tras haber leído ese volumen, "no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno". Aunque no ponga los pies en Zaragoza, Sansueña en el libro, es la ciudad más citada y está muy cerca de algunos de los lugares donde ocurren episodios centrales de la segunda parte: el Ebro, el palacio de Buenavía de los duques de Villahermosa o Luna, el caserón donde ejercerá Sancho Panzo de gobernador (en una magistral burla que se vuelve contra los burladores) y la Ínsula Barataria.

Los estudiosos, historiadores y filólogos han puesto nomenclatura exacta allí donde Cervantes solo sugiere o enmascara deliberadamente. El palacio de los duques estaría en Pedrola y la Ínsula Barataria, citada por primera vez en el capítulo XXV y escenario capital a partir del XLV, sería Alcalá de Ebro. Martín de Riquer, en una de sus ediciones del Quijote, advierte en el capítulo XXX: "Téngase en cuenta, no obstante, que no hay identificación total entre los duques de la novela y los históricos de Luna, pues Cervantes ni menciona jamás su título ni da el nombre de la residencia en donde viven". Otro tanto cabría decir a propósito de Alcalá de Ebro y la Ínsula Barataria.

Pellicer y Alcalá de Ebro

¿Cómo surgió entonces esa identificación? La formuló en 1797 el erudito Juan Antonio Pellicer (Encinacorba, Zaragoza, 1738-Madrid, 1806); en ese año publicó una biografía del autor y editó, en cinco tomos, el libro para Antonio de Sancha. La audacia –que tenía su fundamento por la proximidad, por los meandros que dejaba el río y por el número de habitantes, etc.– tuvo fortuna y son muchos los estudiosos que se han abonado a esa idea, entre ellos, por citar un ejemplo, el cervantista Luis Astrana Marín, experto y traductor de otro autor bajo sospecha de identidad: William Shakespeare.

En el capítulo XLV, Sancho Panza toma posesión de su isla: "Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba la Ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recibirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron muestra de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria". A partir de este instante, Sancho empieza a juzgar con admirable sensatez como si fuera el rey Salomón.

Alcalá de Ebro asumió pronto, con la habitual timidez aragonesa, su condición de espacio de la imaginación universal. Le dedicó una calle a Miguel de Cervantes, ha colocado diversas placas y leyendas en el edificio del ayuntamiento, y ha instalado a orillas del río una escultura, verdosa, de un Sancho meditabundo, con una inscripción cervantina, que realizó el escultor Carlos Pérez de Albéniz, ya fallecido. Hace poco tiempo a la escultura se le ha construido una especie de protección o navío para que no se deteriore con las las inundaciones, tal como explica el fotógrafo de la Ribera Alta José Ignacio Iguarbe.

Ahora, el solitario Sancho encara la curva del Ebro y lo mira de frente: al fin y al cabo, en su corriente y en su ribera, vivió algunas aventuras. La más fascinante y peligrosa fue la del barco encantado. En este caso, la padeció en compañía de su señor Don Quijote: este vio una barca de pescadores del río y la confundió con un barco hechizado. "¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? –dijo Sancho- ¿No echa a ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?". Se subieron al bote y le cortaron las amarras con la ribera. "Calla, Sancho –dijo don Quijote–; que aunque parecen aceñas, no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan su ser natural los encantos". La frase es casi una poética general del Quijote. Lo que sucedió luego es un episodio de humor, horror y locura.

Pedrola, Clavileño y la ruta

Cerca de Alcalá de Ebro, pero no a las dos horas que dijo Cervantes, está Pedrola. En el centro de la población, pero alejado del cauce del río, se sitúa el palacio desde el cual los duques urdían sus burlas y trapacerías, que Cervantes define con el término "busilis". Allí suceden algunas cosas: la más impresionante es la del caballo Clavileño, que tiene el atributo de volar y de poder llegar al reino de Candaya, donde hay un mágico ungüento que permitiría acabar con las barbas de tres mujeres que le imploran ayuda a Don Quijote. Si se va por tierra, le indican, "hay cinco mil leguas, dos más o menos; pero si se va por el aire y por línea recta, hay tres mil y doscientas y veinte y siete". La candidez del Caballero de la Triste Figura daba para todo.

También le dicen que si algún día viniera un caballero libertador, el famoso mago Malambruno le mandaría "una cabalgadura harto mejor", que es, ni más ni menos, que "Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante". La aventura de Clavileño y la dueña Dolorida es desternillante y es "una de las más famosas del Quijote" y "desarrolla paródicamente un tema propio de novelas medievales", según escribió Martín de Riquer.

Aragón no ha creído mucho en su patrimonio cultural jamás. No sorprende que no exista una ruta cervantina: esa es una asignatura pendiente y se fantasea con aprobarla con nota en cada efemérides. También ahora. Y quizá el año que viene: se cumplirán cuatro siglos de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, el amigo misterioso de Aragón.

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