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Díez, el artista como médium

El artista expone en Demodo Gráfico una muestra vinculada a la tierra.

Germán Diez vuelve «tras una etapa de reflexión, poco pródiga en exposiciones» (Ratia dixit).
Díez, el artista como médium
Demodo Gráfico

En su momento Germán Díez dictó una lista de palabras que lo definían: "las arenas, la sangre, el fuego, lo recóndito, el cieno, las entrañas, las supuraciones, lo cavernoso, los huesos, la roca…" Una lista bastante larga que venía a describir a un tiempo cuál era la materia prima de su trabajo y cuál la materia de la que éste hablaba. En realidad, una misma cosa, porque en este artista la distancia entre el procedimiento y el significado es muy pequeña. Germán Díez pertenece a una tradición que, en Aragón, cuenta con el precedente de Alejandro Molina. A nivel nacional es la tradición que pudo inaugurar un artista llegado desde Austria, Adolfo Schlosser, y que se mantiene de forma subterránea, pero fértil en creadores más jóvenes como Miguel Ángel Blanco. En ellos, materiales tomados de la naturaleza, arrancados literalmente de la tierra, se ofrecen con ligera manipulación, pero atribuyéndoles un aura. Un aura que no es algo que el artista pretenda atribuirse, como manipulador, sino algo que se pretende descubrir, o a lo que se pretende señalar. Por eso, en un texto muy oportuno, Ester Minio dice que "un modo eficaz de cuidar y cultivar la naturaleza consiste en ser eslabón animal, mineral, vegetal, para actuar como un médium que recibe y transmite el itinerario cíclico de amor y muerte, las sucesivas fases del proceso".

Lo cíclico se relaciona con la agricultura, y con lo mítico que acompaña el eterno retorno, las muertes y resurrecciones rituales, las celebraciones e incluso cierto grado de crueldad instintiva y fascinante -el que aparece en los sacrificios humanos del ‘Edipo Rey’ de Pasolini. Díez siempre ha estado cerca de la tierra y de los arquetipos. Sus materiales nacen directamente del suelo. En su exposición, una de las piezas contiene una raíz desenterrada. Esta raíz humanada nos recuerda a la mágica mandrágora. Los arquetipos remiten a modelos prehistóricos, que pueden convertirse también en homenaje a Ana Mendieta y sus figuras humanas simplificadas, semejantes a tumbas antropomorfas. Y remiten también a los símbolos que proliferaron en el Medievo. Uno de ellos es el Árbol de Jesé, tema que se populariza en el siglo XII. Del vientre de Jesé, padre de David, nace un tronco recio y alto en cuya cima aparece Cristo. Esta imagen fuerte del árbol naciendo del hombre es uno de los elementos de la instalación de Germán Díez.

Con su talento escenográfico su instalación juega también con las luces y las sombras. Y ese árbol aludido se prologa en su sombra y se duplica en otro árbol reproducido en la pared. Esta es otra de las soluciones plásticas, y dramáticas, de los últimos trabajos del artista, la superposición de imágenes, el uso de los estratos de información visual. Conviene celebrar el regreso de Germán Díez no menos potente que antaño, pero posiblemente más sutil y meditativo.

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