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Cien sonetos robados al destino

Josian Pastor. Editorial Huerga &Fierro. Madrid, 2014. 128 páginas.

Josian Pastor, poeta y fotógrafo.
Cien sonetos robados al destino
Lorenzo Izquierdo

Josián Pastor ha pasado del y por encima del ecléctico siglo XX; se ha metido de lleno en nuestro primer tercio del XIX y no tarda ni un soneto en decírnoslo: en el soneto portical ya atestigua sin rodeos su arranque romántico: "¡Buen suicidio el ser poeta! [...] / ¡por eso soy dueño de mi locura!..." Sonetos atentos al nada fácil precepto isabelino, a esa fórmula del 3x4+2 que acomoda la estructura del soneto clásico británico, la elección de esta forma de versificación quedaría en los huesos si no se hubiera alimentado de emancipación social, de venablos contra las perversas prácticas milenarias de la iglesia católica, de la conciencia amarga de sabernos presos de una corona hereditaria. Hay en este libro suficientes referencias a esos y otros sentidos críticos, y también apologías a figuras de la cultura universal cuyo influjo es obvio en su transcurrir vital, incluso gusto por la cita culta, por la exención de lo obvio en la búsqueda léxica y algunas acotaciones a la mitología clásica. Toda una panoplia referencial que da forma a su poliédrico perfil.

Pastor hinca sus raíces de manera directa y sin pretextos en una morfología exclamativa, en la exacerbación de un yo doliente henchido de dudas, aunque capaz de dirigir un pabellón de ánimos dispuesto a defender el espíritu de libertad y el derecho a ser uno mismo; a negar toda oposición a la personalidad del artista y aquello que mate la inspiración y la originalidad e impida el progreso del gusto, todos ellos elementos indispensables de los postulados románticos.

Hijo, pues, de la poesía exclamativa, arengadora, exigente, apelativa, desafiante, dispuesta a todo por un verso, habla del desasosiego que produce tanta palabra en el vacío, de la soledad y decepción del adalid cuando se enfrenta a una sociedad impávida, a un mundo incapaz de prestar atención a la sinceridad vital de sus empeños. Este conjunto de afectos que informa el sensualismo del poeta que ve, escucha, palpa, huele y saborea, se resume en una sensación de soledad y abandono. De hecho, el poeta se pregunta y se responde en estos dos versos sincerísimos: "¿Qué asusta a los hombres, incluso al lobo?: / Perder los amigos... Sentirse solo." Se trata de una aseveración limpia, sin motivos, esencial, fruto de un anhelo de utopía. Pero sabemos que "utopía" (‘u’ ‘topós’) es "el no lugar". Así, cuando nos referimos en abstracto a la utopía, a las utopías, lo hacemos de manera retórica, sin pensar ni mucho ni poco en su etimología. Cuando ese lugar se ocupa, cobra existencia de inmediato y la hipótesis topológica adquiere sentido real. Lo dijo Schiller en Los bandidos por boca de Karl Moor: "Mi destino es conseguir como sea hacerme con mi utopía." Creo que es esto lo que sucede con la propuesta antropológica y ontológica de Josian Pastor.

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