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Aragón

Ezequiel Hernández : "La ciudad de Zaragoza me tendió la mano"

Ezequiel es un buen reflejo de esos cientos de sorianos que emigraron a la capital aragonesa y que hoy son parte de la razón de ser de esta tierra.

Ezequiel Hernández
Ezequiel Hernández

Ezequiel Hernández (Almenar de Soria, 1930),  es uno de esos sorianos que llevan grabado en la mirada, y en el corazón, el dorado de tierras castellanas y el azul del cielo zaragozano. Él, como muchos otros, dejó la tierra que le vio crecer para buscar en Zaragoza un futuro y según dice, Zaragoza le tendió la mano.

Ezequiel nació en 1930, un año convulso para España en el que en los pueblos pequeños, como Almenar de Soria, se trabajaba duramente la tierra y el ganado. Pero en los 60 la forma de vida cambió. "Llegó la modernización y la maquinaria. Me quedé sin trabajo y mi mujer y yo nos vinimos a Zaragoza en el 65", recuerda Ezequiel.

Tan duro es dejar tu casa como emprender de cero una vida nueva, pero se hace camino al andar. "Encontré trabajo en un pequeño taller de estampaciones metálicas de la calle Arias. Hacíamos once horas y media todos los días más las dos que me costaba ir y volver en el tranvía", explica.

Un tranvía que en nada se parece a lo que conocen las nuevas generaciones de zaragozanos. "Iba tan lleno que teníamos que ir agarrados a las puertas de fuera".

Después de siete años Ezequiel encontró un trabajo mejor. "Conseguí un puesto en la fábrica Fibras Eso, la que ahora se llama Nurel, y fue un cambio muy importante para mí". Para entonces, Ezequiel, su mujer Margarita, que también trabajaba duramente en una sastrería, y sus dos hijas eran felices en Zaragoza.

Sin embargo había algo que no le dejaba dormir. "Yo decía 'tantos pisos que hay aquí y que no pueda yo tener uno' ". En 1970 Margarita y Ezequiel se compraron un piso en San José, en el que siguen viviendo a día de hoy. "Nos costó 270.000 pesetas, en cinco años conseguimos ahorrar la mitad, las otras 135.000 pesetas nos las prestó la Caja Inmaculada a pagar en otros diez años".

Pero si algo recuerda con intensidad son los momentos felices. "Los sábados por la tarde, Margarita pasaba a buscarme por el taller, tomábamos una cerveza y nos íbamos al cine de Torrero en el que siempre echaban películas de vaqueros".

Este soriano afirma con cariño: "Tengo 84 años, cuatro nietos que nacieron en Zaragoza y estoy muy agradecido a esta ciudad". Y es que siempre se ha destacado el carácter noble de los zaragozanos, quizá nuestras virtudes sean fruto de la convivencia con aquellos que un día llegaron de fuera y siempre se sintieron como en casa.

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