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Relato

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"Era un día más, la misma hora, mismo sonido, misma rutina. Empezaba la jornada, todo igual, nada diferente, la misma secuencia que acababa con mis pasos acelerados persiguiendo a un autobús que aun no había llegado.

Hace aire, y frio como cada mañana en la parada. Tras esperar los minutos de rigor, subo y veo a las mismas caras de todos los días: los adormilados, las ilusionadas, los amargados, las quejicas, los de siempre. Mismos frenazos, mismos murmullos, mismos sonidos dentro del autobús.

Llega el puente, y ya nada me importa. Ya no me fijo en nada ni en nadie. Sólo espero que esté ahí. Miró por la ventana, desde el que considero mi sitio. Nunca me siento, quiero ese sitio de pie reservado para mi, para observarla al pasar, para no perderme detalle.

Son las 7:55, ahí está como cada mañana mirando desde el inicio del puente hacia el horizonte, pienso que está viendo al Sol saludar mientras se asoma sobre el Ebro. No se quien es, ni como se llama, solamente sé que cada día para ahí a contemplar esas bellas vistas y que lleva un broche de un dragón verde, me recuerda a ella. Es como si volviera a sentirla cerca. No necesito saber más. Ese pequeño placer de contemplar esa escena, ese cuadro pintado con colores de ilusión en mi mente me hace sonreír. No puedo considerar ya malo al día por nada que ocurra. Y me siento afortunado de que esto ocurra desde hace tiempo.

Otro día más, la misma hora, mismo sonido, misma rutina. Hoy bajaré antes del autobús. Lo tengo decidido. Bajaré e iré al inicio del puente. No diré nada, solamente miraré hacia donde ella mira, y le preguntaré cómo nadie entre casi un millón de personas nadie más se permite disfrutar de ese lujo de vistas. Seguro que son geniales. Me lo he imaginado miles de veces. Estoy nervioso. Tanto que no estoy en mi sitio, no he mirado como todos los días, pero ya no tengo tiempo para pensar en eso, me toca bajar. Noto un tic en mi labio. Siento nervios e ilusión a la vez, soy pura expectación por saber qué se ve desde ahí. Seguro que esta tensión merece la pena.

Acudo con paso acelerado, no me espera ningún autobús, sino algo mejor. Son las 7:55, veo el puente de Piedra, veo el Sol, veo el Ebro. Pero ella no está. Miró a lo lejos y la vista es preciosa, mejor de lo que me imaginaba. La gente pasa, con prisa, con cascos, móviles, prensa, todos parecen llegar tarde a algo muy importante. Pero el tiempo se ha parado para mí, no puedo dejar de mirar el horizonte. Ella no está, le espero pero miro dentro de mí y entiendo que no va a llegar. Ella se fue hace hoy 3 años, una víspera de San Jorge. Mañana sacaré a la calle ese broche de un dragón que tanto le gustaba y contaré a alguien esa historia que siempre le hacía sonreír en la que el Dragón y San Jorge acababan como amigos. Era su cuento, su historia, su razón para sonreír mientras caminábamos entre libros y claveles alicaídos por el paso del día. Siempre disfrutábamos de la tarde del día del libro para mí y del día del cuento del dragón para ella.

Sigo mirando al horizonte, sobre el Ebro, desde el puente de Piedra. No es al Sol, ni al Pilar donde miro. Miro a otro lado, a un sitio anónimo, a un lugar desapercibido, pero un lugar que me hace feliz: la acera donde le compré su último broche, su broche verde del dragón. Recuerdo los tenderetes, el ruido, los pasos apelotonados de marañas de gente entrelazando sus direcciones. Recuerdo el olor de los puestos.

Mañana será la tarde de mi día del libro, y espero que para alguien sea también la tarde de su día del cuento del dragón.

Al día siguiente srá un día más, la misma hora, mismo sonido, misma rutina. Empezará la jornada, todo igual, nada diferente, la misma secuencia que acabará con mis pasos acelerados persiguiendo a un autobús que todavía no habrá llegado. Y a la misma hora de todos los días miraré por la ventana mientras pasamos por el puente de Piedra…".

David Gómez Claveras

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