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Aragón
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S. J.

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De todos los colores. De todos los tamaños. De aventuras, de misterio, otros más realistas. En esa parte de la estantería descansaba una docena de libros. Uno por año. Desde que aprendí a leer. Cada 23 de abril uno se sumaba a la colección. ¡Menuda tradición!

De repente, uno de ellos viéndose vencido por la fuerza de la gravedad se precipitó hacia la mesa contigua. ¡Pum! Aplastó el calendario que miraba Alberto ensimismado.

- Leyenda de San Jorge – leyó en la portada.

Entonces el libro lo absorbió. Una corriente mágica recorrió ligeramente el breve espacio entre las primeras hojas y su cara. Alberto sintió un vacío en su estómago y una sensación de mareo que cesaron en cuanto volvió a pisar tierra “firme”. Miró en derredor. Aturdido, levantó inconscientemente las manos y se frotó los ojos. Volvió a mirar. Una ráfaga de aire le regaló un dulce perfume a jazmín. Se percató de que en medio de ese solitario y seco paisaje no estaba solo. Cerca del enorme lago que dominaba su visión yacía arrodillada una chica sollozando. Sus cobrizos cabellos cubrían la mitad de su espalda morena por el sol. Poco a poco el joven se acercaba. Los suspiros de la chica se oían cada vez más fuertes. Su respiración se aceleraba por el miedo. Por fin…

- ¿Qué te ocurre? – se agachó aparentando tranquilidad.

Giró la cabeza asustada e interrumpió durante un breve instante sus lágrimas.

- ¿Qui-qui-én eres? – balbució indecisa.

- Me llamo Alberto – y añadió sonriente – puedes confiar en mí.

- Voy a sacrificarme por mi pueblo, o lo que queda de él. – hizo una pausa y se explicó – No quiero morir, pero el dragón me matará.

- ¿Qué dragón? – Alberto cada vez entendía menos y se asustaba más.

- El que vive en este lago. – contestó extrañada.

Mientras la joven, que resultó ser princesa, le contó el problema del “animalito” del lago en su pueblo africano, la cara del zaragozano se deshacía en muecas de incredulidad e impotencia. Pero su sorpresa fue mayor al ver su reflejo en el agua: su chándal se había convertido en una armadura de la que colgaba una espada. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Dónde estaba? ¿Cómo demonios había llegado…?

Los primeros rayos de sol empezaban a deslumbrar a los más madrugadores… Amanecía aquel brillante día en la capital aragonesa. San Jorge. La tradicional cabalgata afinaba sus últimos retoques. Los puestos de libros iban surgiendo en el Paseo de la Independencia. Como cada año. No, como cada año no. Esta vez sería diferente…

- Dos cruasanes por favor. – pidió Alberto bostezando. No había dormido bien aquella noche. Había tenido un sueño muy raro.. Se había despertado pronto y no había querido arriesgarse a continuar con aquella pesadilla.

Un poco más tarde, tras haberse recuperado del shock con un buen desayuno, bajó de nuevo al centro. Tenía que añadir un libro a su colección, así que se paraba en cada puesto. Ya llevaba un par de casetas vistas cuando hubo algo que le llamó la atención en la siguiente. No exactamente un libro, sino la que lo sostenía. Alberto tenía la sensación de haber visto antes a aquella chica. Sus rizos cobrizos y su tez morena le resultaban familiares. Ella, al notar su presencia, giró suavemente el cuello y vio el verde penetrante de sus ojos, reconocible en cualquier lugar. Él tuvo un dèja-vu. Tanto visual como olfativo. Sintió de nuevo esa fragancia a jazmín. Antes de abrir la boca, aquella princesa ya se había marchado. Al salir de su asombro, se fijó en el libro que había dejado de golpe: “Ruletas, trampas, dragones y princesas”. Notó cómo una hoja sobresalía. Abrió esa página. El escudo de Aragón. En un segundo vistazo leyó: “Gracias. Te necesito, ven.” Y una flecha señalaba el cuarto cuadrante, las barras aragonesas. Además, en la esquina inferior: “S.J.”

Alberto deseó no haberse levantado ese día. ¡Qué narices era eso! Deambulando por el paseo, algo frenó su mirada. Con flores, en el suelo, al lado del Justicia. La bandera de Aragón. Las barras. Levantó un poco más la vista. Apoyada en la estatua, allí estaba.

- Te dejaste esta hoja – corrió hacia ella.

- Es para ti, Alberto. Necesito tu ayuda. Tenemos que impedir el atentado terrorista de este mediodía. Han colocado una bomba…no hay tiempo. Busca en esa zona, yo lo haré por aquí.- y antes de desaparecer - confío en ti.

- ¡Ay! – se quería despertar, pero no lo conseguía ni a pellizcos.

Tenía que ser una broma. ¿Cómo iba a encontrar una bomba? Y si la encontraba ¿qué? Caminaba fijándose en cada transeúnte. De pronto, unos ojos grises. Siguió ese impulso. Siguió a ese hombre. El mismo iris que el dragón de su sueño. Y allí se paró y entró, justamente en un dragón. El del desfile. No se lo pensó dos veces y se abalanzó sobre él…

- ¡Hoy es San Jorge! ¡Feliz día del libro! ¡Viva Aragón! – se oía por los altavoces. La cabalgata de aquel día parecía la de todos los años, pero no para él. Como recompensa por desenmascarar al terrorista, disfrutaba de las vistas subido al dragón. Ni siquiera había tenido tiempo de buscar a la joven de rizos. Sin embargo, ella sí se había preocupado de buscar a su héroe…

Había sido un día intenso. Alberto no dejaba de pensar en ella ni mientras se ponía el pijama. ¡Qué rabia no saber ni su nombre! Pegó una patada al aire. ¡Ay! Su pie se había chocado con algo bajo su cama. ¿¡Una espada!? La cogió y leyó la inscripción: “Todos podemos ser héroes. SJ.” La volvió a dejar en su sitio. se dijo mientras apoyaba su cabeza en la almohada. Pero la notó dura y al pasar la mano por debajo… Claro, el de este año. Otro para la colección: “Ruletas, trampas, dragones y princesas” escrito por la joven psicóloga Sandra Jiménez…

Lorena Franco Rubio

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