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Aragón
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La espera

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Metió la rosa bajo la cazadora. Se agitó y se apoyó en el cañón mientras miraba a la gente subir y bajar por el paseo. Se encontró ridículo y volvió a enderezarse. La vio salir del centro comercial hablando por un móvil, entre las oleadas que iban, venían o simplemente esperaban como él. No destacaba en nada, pero la encontró diferente a todas. Jamás la había visto, pero era tal y como ella se había descrito en el chat.

Se le paró el corazón, creyó que era adorable. El corazón latió de nuevo, en un espasmo, y él contuvo una sonrisa y notó su rubor: lo que le faltaba. ¿Le habría salido algún grano? ¿Se habría despeinado con el cierzo? ¿Llevaba un móvil demasiado viejo? La impaciencia se le agarró a las entrañas. Ella se detuvo hablando junto a la columna. Miraba a dos niños que corrían en el parque.

Otra chica apareció y entre risas se acercó a la del móvil. Se abrazaron y se besaron. Hablaban a gritos pero por más que lo intentaba, el chico no las entendía. El corazón se rompió y los pedazos se condensaron en una nube de plomo que le aplastó. Y él quedó helado junto al cañón, roto y entero a la vez.

Un trueno retumbó en el cielo gris y la gente, junto al kiosco, alzó la vista. Alguien llamó a los niños.

A. Martínez Bermúdez

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