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Aragón
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1967

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Por las grises avenidas, avanzan ruidosos los viejos tranvías.

“¡La manga y riega, aquí no llega, si llegaría, me mojaría, cómo no me ha llegao, no me ha mojao!”
-Estos zagales, mira que son malos. –Dijo Pedrito.
-Bueno… travesuras de críos. –Respondió Eusebio- ¿Dónde quieres que vayamos?

-Ay maño, tú has de decir, que yo hace 'muchísmo' que no vengo por aquí, desde la mili. –Contestó Pedro.

-¿Te apetece comer algo?

-Chico… no. Si acaso…

-Dime.

-¿No sabrás tú… dónde puedo comprar condones? Al pueblo nos los traía el Cosme, lo han jubilao y nos han jodido. El cartero que han puesto en su lugar, es más seco que el tinto de Lécera. No abre la boca ni pa respirar.

-Nos pasamos por el Tubo y compras los que quieras.

-¿¡En el Tubo!?

-Claro, las mujeres que venden tabaco, tienen todos los que necesites.

-¡Joder! ¡Las mujeres del tabaco!

-Pedro, tú me estás tomando el pelo. Todo el mundo sabe lo de las mujeres del tabaco y los condones.

-Primo, que no te estoy tomando el pelo, he estado muy pocas veces en Zaragoza. El plazo más largo, cuando hice la mili, y entonces no usábamos condones.

-Bien, bien, te creo. Vamos, de paso compraré tabaco y si quieres, nos metemos en el Plata.

-Venga. –Contestó Pedrito- y añadió: -Aunque… ¿Si quieres que vayamos a otro sitio…?

Esperó nervioso mi respuesta, mirándome a los ojos con una ansiedad infantil, deseando escuchar lo que yo le respondí:

-Pedro…

-¿Sí…?

-Sólo llevo cinco duros, con eso…

-¡Rediosle! Llevo perricas de sobras primo. Llévame a un sitico de esos que tú sabes, y no te preocupes de los dineros, que eso es cosa mía.

-Hombre, Pedro, no me parece bien que…

-Venga, venga, sa acabao. No mentes más las perras ¡Rediós! Y aviva, que no tenemos mucho tiempo.

-Aquí cerca está el Pato Rojo, no sé si…

-Ese, ese, que ma dicho el Moreno que están mu buenas.

-¿José Luis te lo dijo?

-Sí

-Vamos pues.

“¡Serenooo…!”- Plas, plas, plas - “¡Ya vaaa…!” Clink, clink, clink. “Buenas noches”. “Frescas, don Joaquín, frescas.” “Peores las he conocido en el frente de Teruel”. “Claro, don Joaquín, claro”. “¿Qué tal la familia, don Joaquín?” “Bien, como siempre”. “Me alegro don Joaquín, me alegro.” “Adiós Don Joaquín. Adiós.”

En la noche, sólo los pulidos adoquines parecen tener vida. El agua de riego los viste de espejo, reflejando la mortecina luz de las farolas. Aquí no hay estrellas. Para qué.

-Esa Piluca estaba como un tren.

-No estaba mal.

-¡Rediós! Dice que no estaba mal. ¿Las visto las tetas?

-¡Joder, Pedro!, claro que le he visto las tetas, bueno, lo que se podía ver.

-¡Todo! Con esa blusa medio transparente… ¡si se le veía todo el sujetador!

-¡Tío!, tú estás un rato salido, ¿eh?

-Eusebiooo…, a ver si me vas a salir maricón.

-Sí, maricón de playa.

-¡Quió! Mira.

-¿El qué?

-¿Pero no ves?

-Dime qué es lo que tengo que ver.

-Mira esa gachí.

-¡Qué le pasa?

-¡Qué le va a pasar...! Que va pidiendo guerra.

-¿Quién? ¿La de la blusa roja?

-Esa, la de la blusa roja.

-Pedrito…, que te estás equivocando.

-Que no primo, que no me equivoco, esa, es puta.

-¿De dónde sacas que es puta?

-Las diez de la noche y sola por la calle…

-Pedro, mira que eres bestia. ¿Acaso crees que todas las mujeres que hay ahora en la calle son putas?

-Hombre primo, a estas horas por la calle…

-Pedrito… tienes la cabeza llena de pájaros. Esa señora con la blusa roja no es puta. Ni aquélla otra que para el taxi. Ni todas esas que ves montadas en el autobús. Bueno, quizá alguna lo sea, pero de ahí, a que todas las que ves sean putas...

-Vamos a ver si la de rojo lo es.

-¿Dónde vas? ¡Animal!

-¿Pues no has dicho que alguna sí podía ser? La de rojo lo es.

-Quieto, si no quieres dormir entre rejas.

-Qué exagerao eres, primo.

-Ni exagerao, ni leches. Tranquilízate y hazme caso, que sé lo que me digo.

-Vale, vale, no te alteres. Aunque pa mí, que esa… esa es puta.

José Bernad Royo

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