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PASEOS EN FAMILIA

Riqueza en su paisaje

En pleno Parque Cultural de Río Martín, Peñarroyas reúne un variado patrimonio: grabados arqueológicos, puntos de interés geológico, arquitectura popular, enclaves botánicos y un paisaje espectacular. Nos adentramos en este rico paisaje.

Corrales y pajares construidos con piedra de rodeno.
Riqueza en su paisaje
PRAMES

Antes de entrar en el pueblo debe estacionarse el vehículo. Ya destacan los estratos de unas pizarras y areniscas paleozoicas que fueron afectadas por esfuerzos, como bien se aprecia en un pliegue sinclinal métrico. El pueblo, organizado en torno a una calle, es muy pequeño. Sus casas son sencillas y emplean los materiales del entorno: el tapial y la piedra, tanto la pizarra como el rodeno. Conviene destacar el conjunto de miradores y terrazas abiertas, dedicados a conservar las cosechas. La calle nos lleva a la plaza, donde se levantan la iglesia dedicada a Santa María y su torre, el antiguo ayuntamiento con su lonja de dos arcos y la fuente. Allí aparece una señal que encamina hacia el mirador del Portillo a través de un sendero marcado como PR. En realidad, se trata de una calzada fabricada con losas de rodeno que, tras dejar el peirón de San Antón, remonta la ladera saliendo por los últimos pajares y eras de la parte alta del pueblo. Las pizarras dan paso al rodeno triásico, mientras se supera el recoleto cementerio. Nos aproximamos a unos cantiles de una arenisca rojiza. Los arbustos rupícolas y las manchas blancas de la colonia de buitre leonado ofrecen un vistoso contraste cromático. Al pie del farallón, un panel nos aporta información sobre el origen de estas rocas y sus estructuras sedimentarias. Aviones roqueros, collalbas negras, roqueros solitarios e incluso el halcón peregrino pueden verse entrando y saliendo al peñasco. En horas de calor, el romero confiere un aroma mediterráneo a la solana y nos advierte de la proximidad del valle del Ebro.

Tras varias lazadas, la calzada alcanza el paso de El Portillo. Aquí se yergue el peñasco sobre el valle, ofreciendo una soberbia panorámica cuya comprensión se complementa con la mesa interpretativa del paisaje que hay dispuesta. El cañón fluvial, la pequeña huerta, los preciosos palomares, los potentes paredones rocosos y las diferentes masas forestales componen un conjunto único. A la derecha, el sendero desciende hacia el río. Antes de alcanzarlo aparece otro mirador sobre los estrechos de Obón y una reproducción de icnitas de un reptil triásico aquí descubierto. Ya en el cauce, si el caudal no está alto y asumiendo algún fácil vadeo, se inicia el retorno. En la orilla opuesta, en la primera curva aguas arriba, desemboca el barranco del Cañuelo. Internándonos en él a través del frondoso carrascal, encontraremos la cascada del Tajar y un enclave de interés botánico con especies umbrófilas. Con suerte, puede verse alguna cabra montés. Remontando el Martín, tras un meandro encajado, aparecen los pozos Bolletes, zona de acumulación de enormes bloques desprendidos en el cauce que crean un conjunto de rápidos, pozas y cascadas, al pie de enormes paredes rocosas. Por la orilla opuesta, un sendero retorna entre un caos de bloques -atención a las ondulaciones en la arenisca- en cuyas umbrías se desarrolla una abigarrada flora, en la que se intercalan especies más termófilas (romerina, latonero) con otras de la montaña mediterránea (guillomo, heléboro, arce), mostrando su rasgo de frontera biogeográfica. Junto al camino aparece un vallado que protege unos grabados prehistóricos sobre roca. Ya en el pueblo, hay un conjunto de pajares en cuyas eras las losas de rodeno crean composiciones geométricas.

Tras varias lazadas, la calzada alcanza el paso de El Portillo. Aquí se yergue el peñasco sobre el valle, ofreciendo una soberbia panorámica cuya comprensión se complementa con la mesa interpretativa del paisaje que hay dispuesta. El cañón fluvial, la pequeña huerta, los preciosos palomares, los potentes paredones rocosos y las diferentes masas forestales componen un conjunto único. A la derecha, el sendero desciende hacia el río. Antes de alcanzarlo aparece otro mirador sobre los estrechos de Obón y una reproducción de icnitas de un reptil triásico aquí descubierto. Ya en el cauce, si el caudal no está alto y asumiendo algún fácil vadeo, se inicia el retorno. En la orilla opuesta, en la primera curva aguas arriba, desemboca el barranco del Cañuelo. Internándonos en él a través del frondoso carrascal, encontraremos la cascada del Tajar y un enclave de interés botánico con especies umbrófilas. Con suerte, puede verse alguna cabra montés. Remontando el Martín, tras un meandro encajado, aparecen los pozos Bolletes, zona de acumulación de enormes bloques desprendidos en el cauce que crean un conjunto de rápidos, pozas y cascadas, al pie de enormes paredes rocosas. Por la orilla opuesta, un sendero retorna entre un caos de bloques -atención a las ondulaciones en la arenisca- en cuyas umbrías se desarrolla una abigarrada flora, en la que se intercalan especies más termófilas (romerina, latonero) con otras de la montaña mediterránea (guillomo, heléboro, arce), mostrando su rasgo de frontera biogeográfica. Junto al camino aparece un vallado que protege unos grabados prehistóricos sobre roca. Ya en el pueblo, hay un conjunto de pajares en cuyas eras las losas de rodeno crean composiciones geométricas.

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