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TOROS

Una Puerta Grande antirreglamentaria

La sesión taurina finalizó con una ovación para Migual Ángel Perera y otra no menos merecida para Alejandro Talavante.

Las Algarras solo lucieron fachada.
Una Puerta Grande antirreglamentaria

Luis López, a la sazón presidente, se quedó con un palmo de narices cuando vio salir en volandas a Perera por la (des) acreditada Puerta Grande. Nadie impidió que alguien descerrojase la puerta y, ¡hala! a la rue en hombros. De momento, el delegado, levantó acta de la infracción antirreglamentaria. Luego, la autoridad, si no se traspapela la denuncia, empapelará al responsable de 'tan horrendo crimen'. Que así sea. Amén.

Ayer no debió ser el día bueno del cuerpo. No. El acta del sorteo y apartado que se ofrece a la prensa estaba equivocada. O alguien alteró el orden de lidia, que sería peor. Para un día que la corrida está correcta de presentación, la fastidiamos con sospechas.

Los de Algarra lucieron fachada. Y pitones. Sospechosamente astifinos. Como las fuerzas, también sospechosas. Y la raza. De suponer ya en el filo de la navaja. Más mansedumbre que otra cosa. Amagos de pelea en el caballo para, seguidamente, buscar el refugio de las tablas. Con esto, César, el otrora emperador, compuso dos faenas místicas. De las suyas. De las que necesariamente debe hincar las rodillas y descalzarse. Una penitencia. Buen chico. Buscó las distancias sin llegar a encontrarlas. Estiró el brazo cuanto pudo para nada. El toro, cansino, pedía matarile. Se lo dio. Al cuarto, un retinto acapachado que se estrelló dos veces, le compuso una faena más sólida, más serena. Series de largo trazo, lentos hasta que el toro dijo que no. César, penitente, pidió la oreja a la solanera a base de rodillazos, con teléfono incluido. Espadazo y oreja.

Talavante no se hizo con su primero en los lances de recibo. Dos verónicas y tres chicuelinas. Cuatro estatuarios de quitar el hipo y al lío. Muy centrado echó la muleta al hocico y ligó series cortísimas. Mucho. De dos a lo sumo. Un natural de frente salió trompicado, el segundo fue un suspiro de hondo y profundo. Las manoletinas quisieron ser de Manolete sin serlo. Un pinchazo que dolió al tendido. Otro que descorazonó pañuelos y se rindieron en una sonora ovación. Al sexto, el mejor toro del encierro le ligó series tan rápidas que parecieron cortas. La movilidad del castaño descompuso por momentos al pacense que acabó desbordado y con la lengua fuera. Aún así, si lo caza, le dan la oreja.

Perera tuvo su cara y su cruz. Al segundo se lo quitó de en medio por mero compromiso, apático. Aquí te cojo aquí te dejo, como el pasodoble. Menos mal que hubo un desarme, calló la música y el toro subió a los cielos sin oreja. Sería por la espada. Al quinto, muy suelto, lo quitó por tafalleras y en un de frente por detrás. Mucho aire y poca gracia. Se fue al centro. Clavó las zapatillas y en pocos metros cuadrados compuso una faena más técnica que pulcra. Larga hasta pasarlo de ídem. Una perpendicular muy suelta acabó con uno que pudo y no fue. Como el resto de la corrida.

Huesca, segunda de abono. Menos de tres cuartos de entrada en tarde de mucho calor.

Seis toros de Luis Algarra, correctos de presentación, de poco fondo y fuerzas.

César Jiménez, de espuma de mar y oro, silencio y silencio.

Miguel Ángel Perera, de botella y oro, oreja y oreja tras aviso.

Alejandro Talavante, de nazareno y oro, ovación y ovación tras aviso.

Presidió Luis López, correcto.

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